“Cuando escribo no pienso en géneros”: Luisa Josefina Hernández

Once obras conforman Los grandes muertos, la saga teatral más compleja de la dramaturga y novelista mexicana. Presentamos una conversación con la autora de la novela Apostasía.
La obra
(Cortesía)

Ciudad de México

La obra ensayística, narrativa y dramatúrgica de Luisa Josefina Hernández condensa ironía, inteligencia, sa­biduría y humor. Dedicada a la enseñanza desde hace cuarenta años, su método de análisis dramático le ha revelado a cientos de actores, directores y críticos, parte del enigma que habita esta disciplina. Autora de 27 novelas (10 inéditas), 60 obras, traductora de Brecht, Anouilh, Chéjov y Dylan Thomas, en estos días será homenajeada con los montajes, por vez primera, de seis de sus once obras pertenecientes a Los grandes muertos, acerca de la historia, las costumbres y atavismos de una familia campechana en el periodo de 1862 a 1909.

Los grandes muertos es una recolección de historias que mi madre siempre me contaba -dice en entrevista-. Al cambiar el siglo, ya en 1999, sentí que ese material no debía perderse, porque tiene un fuerte valor emotivo y también informativo. No he seguido las historias como ocurrieron, rescaté el carácter, el valor de muchas acciones, los sentimientos de las personas y, claro, el ambiente.

“Toda mi familia es campechana, fui a Campeche muchas veces antes de mis veinte años, antes de 1948, debería decir, y una sola vez en 1949. Después regresé en 1969 y luego, hasta este siglo, en varias ocasiones.

“Se dice que Campeche, hasta los años sesenta, vivía en un atraso de doscientos años. Siendo así, no es difícil escribir sobre el siglo XIX. Las casas no cambiaron, las familias no cambiaron, solo la gente iba desapareciendo. Yo quise, a mi manera, hacerles un homenaje de recuerdos para que vivan siempre.”


El reflejo de la historia de México desde el microcosmos campechano, concentra una sociedad machista, de castas en un puerto asediado por piratas donde conviven criollos, indios, mestizos, españoles, chinos, negros, cubanos y suecos. ¿En qué consistió la investigación sobre las características de cada raza?

El trabajo previo se hizo durante años de conversaciones con mi ma­dre, tías, primos, etc. Nunca tomé notas ni hice preguntas. Tampoco necesité investigar las características raciales: unas las vi y otras me las contaron porque Campeche, en el siglo XIX, era un puerto con mucho movimiento y comunicación con Europa, Cuba y Estados Unidos. Por barco, claro, más el movimiento de aduanas y el comercio. Eso se perdió cuando llegaron los barcos de mucho tonelaje, la playa es baja, y la ciudad se paralizó, aunque los extranjeros fueron llegando desde mucho antes. Se ve en los apellidos que no solo son españoles, sino franceses e italianos. En el siglo XX llegaron los árabes para quedarse y antes de ellos los chinos. Los apellidos hablan, a veces compuestos con los autóctonos y de origen maya.


En su obra, la diferencia de clase social, de raza y nacionalidad, levanta barreras infranqueables, generadoras de guerras intestinas, de un dolor que se prolonga, ¿ha evolucionado este conflicto en la actualidad?

El conflicto de la gente blanca con la indígena es de siempre, desde la Conquista.


¿Qué podría comentar sobre los distintos géneros que aborda en esta saga (pieza, comedia, tragedia), el modo en que conviven a lo largo de las obras?

Cuando escribo, no pienso en géneros. El hecho de que como profesora impartiera teoría dramática, no significa que cuando tengo planes o deseos de escribir piense en géneros, no lo hago nunca.


¿Cómo construyó sus personajes femeninos?

El oficio de los escritores consiste en relacionar, casi automáticamente, las acciones con el carácter de quien las lleva a cabo. En otras palabras, hay cosas que las personas no harían si su carácter y sus circunstancias no les dieran motivo. No sé si hay escritores tan minuciosos que desmenucen los motivos y las acciones antes de escribir. Yo no hago eso. No establecí ninguna diferencia entre los personajes femeninos y los masculinos pero si eso se llega a ver, quizá sería por el subconsciente.


Qué la motivó a elegir la música de Waldteufel para algunas escenas.

La realidad. En aquellos tiempos se tocaban esos valses tan tormentosos que, hasta el siglo XX, servían para lucimiento de las pianistas en Campeche. Quizá sea por falta de opciones recreativas pero la música y el baile siempre han sido las diversiones recurrentes de los lugares apartados, y así fue en Campeche.


¿Cómo influyen la vegetación, los colores y el perfume de las flores en el comportamiento de los personajes, quizá a ratos en contrapunto con el desarrollo del conflicto?

No me es posible hablar de Campeche sin mencionar los memorables arriates de los grandes jardines interiores, atestados de tulipanes. La casa en que solía alojarme era la de Doña Merced Clausell Castelo, mi tía abuela. Allí están mis más vivos recuerdos, los olores, las habitaciones, las voces, los sirvientes indígenas, los muebles y las adorables, amadas personas que iluminaron mi vida en esos años. No puedo imaginarlas sin el gran cuadrilátero de las flores. Y toda esa otra vegetación. El árbol de guaya, por ejemplo. No sé si sea un contrapunto pero es complemento inevitable.


La naturaleza, El mirar, El gozar, para aludir a las haciendas, y Los dos mundos para el burdel, son denominaciones que se antojan como un lejano oasis, ¿qué podría abundar sobre los nombres de estas fincas y del prostíbulo?

Los nombres son los que abundan en toda la zona del sureste. Los hacendados los usaban porque, para ellos, sus haciendas querían decir Delicia, Satisfac­ción, Triunfo. En México se podría hacer una curiosa recolección de nombres de haciendas y prostíbulos… cuando tienen nombre. Recuerdo haber visto uno que se llamaba “El pelagatos”.


Al escribir esta serie de obras, ¿cómo contempló la posibilidad de su escenificación?

Cuando uno escribe, escribe. Cuando uno termina de escribir piensa en problemas. Yo nunca pensé que alguien tan aguerrido como José Caballero se lanzara con tanta dedicación hasta encontrar productores. Le costó años y disgustos.


Entre sus publicaciones de ensayo, novela, crítica, teoría y teatro, ¿cómo considera al teatro respecto al espacio y la libertad creativa?

El teatro tiene su propia libertad. Hay que saber encontrarla. Yo dije alguna vez que escribía novela porque finalmente así me sentía libre. Pero libre de las intervenciones humanas posteriores a lo escrito. ¿Piensa alguien alguna vez en la cantidad de personas que intervienen en forma decisiva en una puesta en escena, aparte del director y los actores? Nadie piensa en eso. Cuando uno escribe una novela se tiene que lidiar con los editores, pero ninguna extravagancia cambia el texto, algo que sí ocurre en el teatro.


¿Qué escribe hoy la maestra Luisa Josefina Hernández, en qué se centra su interés como escritora?

Escribo entrevistas como ésta. Y últimamente unas memorias que me pidieron amablemente.


¿Cuál es su sentir y su pensar respecto a los premios y distinciones recibidos y ante a la obra realizada?

Solo agradezco, y muy profundamente. Me inclino ante quien me los ha dado con la más profunda modestia. L