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Sábado , 26.05.2018 / 08:40 Hoy

[Escolios] Amenaza el prodigio

Hugo Mujica es un narrador de la soledad, un ensayista que explora los lindes entre espiritualidad y creación y, sobre todo, un poeta.

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Armando González Torres

Una rata ahogada se pudre en un balde de agua, mientras un perro, amarrado y olvidado por su amo, intenta desesperada e inútilmente alcanzar el balde, hasta que muere de sed. El absurdo del dolor de las especies, el vértigo de la naturaleza y la fragilidad del hombre son el centro de una obra que se ha venido edificando con luminosa discreción. Hugo Mujica (Buenos Aires, 1942) es un narrador de la soledad, un ensayista que explora los lindes entre espiritualidad y creación y, sobre todo, un poeta. (En México la editorial Vaso Roto se ha dado a la tarea de publicar su obra completa Del crear y lo creado en tres tomos, así como la cuidada antología poética Más hondo.) Con una formación omnívora que va de la antropología a la teología y con un pasado que combina la inmersión en la bohemia norteamericana de los años sesenta con la vida de monasterio, la escritura de Mujica (porque su ensayo y su narrativa parten de la misma mirada y entonación poética) es el recuento de un aprendizaje espiritual y de una peculiar relación con el silencio. En general, Mujica practica la brevedad en su poesía y, colocado en el borde interior de la página, un verso de pocas palabras entona el dolor y, al mismo tiempo, trata de aliviarlo: “tengo las manos muertas/ de mendigar perdón por la vida/ de tan culpable ya soy víctima”.

Mujica abreva de la escasez y ejercita un misticismo lleno de sorpresas, que oscila entre el abandono y la concentración, entre la claridad y lo sombrío: “no hay noche más oscura/ que la que alumbra un incendio”. Con transparencia y levedad en la mirada, Mujica ilumina el dolor: “a jirones/ voy quedando entero/ ya casi no me hago falta”. Son muchas las voces dolientes que aparecen en su poesía, pero no forman un coro; emergen aisladas, temerosas, se adivinan lastimadas por la historia, víctimas de quién sabe qué guerra, sujetas a tal y cual afrenta, pero, sobre todo, presas de su conciencia de finitud, pequeñísimas ante el amenazante y abrumador misterio del mundo. Cada ser viviente es una herida y una ausencia anticipada, y el papel de la palabra es nombrar lacónicamente, conmoverse y, eventualmente, nutrir la esperanza. Los poemas de Mujica son escenas de la caída del hombre y de la naturaleza, seres animados e inanimados, arrumbados en un paisaje también desgarrado. Porque Mujica hace una poesía sin anécdota, en un escenario desierto, con personajes desvaídos y balbuceantes que, sin embargo, pronuncian verdades rotundas y oscilan entre lo iniciático y lo terminal, entre la estampa curativa y el vislumbre alucinante. Se trata de una poesía atemporal y escueta que busca indagar en la condición, más que humana, viviente, sin el estorbo de la historia y la moraleja. Tras esta visión sombría, tras esa verosimilitud y concreción con que se retrata el dolor del mundo, se percibe un desbordado amor y gratitud a la vida y un odio consecuente a la muerte, una rebeldía germinal contra el destino de lo vivo.

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