Son 34 escenificaciones de la Pasión en las Lajas

Los actores, por su parte, creen que al padecer el propio dolor y participar en la representación es una forma de obtener el perdón.

Pachuca

La escena empieza cuando quienes representan a los soldados romanos aprehenden a tres que personifican a los ladrones: Dimas, Gestas y Barrabás, les han nombrado.

A golpes, a latigazos, a empellones los capturan, todo es real, nada fingido.

Con esta son 34 veces que escenifican los últimos días en la vida de Jesucristo en el barrio alto de Las Lajas, en Pachuca, lo han hecho una vez cada año.

Es uno de los viacrucis más longevos y también  en lo que las escenas de violencia son más marcadas.

En esta ocasión, afirma la voz que narra la historia, lo hacen para acabar con la delincuencia que hay en el barrio, mientras menciona la venta de drogas, el robo y el vandalismo. 

Y también para que este mensaje no quede sólo en una simple representación, sino que logre perdurar en el tiempo y en la vida de los espectadores.

Es, igualmente, añade la misma voz, una manera de pedir que cese el escenario de violencia que vive el país, con el narcotráfico, la trata de blancas y demás actividades ilícitas.

Es Jueves Santo en Las Lajas.

Tras la captura de los ladrones se realiza la última cena, después el lavatorio de pies, la Oración en el Huerto de los Olivos y la Aprehensión.

Hoy, según el relato bíblico, el hijo de Dios será juzgado y crucificado.

Hay escenas muy violentas y no quieren ningún lesionado, dicen personas que repliegan a los presentes, quienes toman como tribunas las escalinatas en el barrio enclavado en los suburbios de Pachuca para presenciar la puesta en escena. Además advierten que si algún menor sale lesionado nadie se hará responsable.

Muchos de los presentes son niños, algunos se esconden tras de sus padres cuando ven los golpes que reciben los actores, otros, como acto reflejo, gritan. 

Mientras avanzan las escenas, los vecinos, aunque muchos de ellos han visto, cada año, en todo lo que llevan de vida el viacrucis, claman por no golpear tan fuerte a los personajes, porque “sí duele”, porque “no es para tanto”. 

Los actores, por su parte, creen que al padecer el propio dolor y participar en esta representación es una forma de obtener el perdón de sus pecados.

Además de acabar con la delincuencia, la voz que narra los hechos exhorta a cambiar la imagen de años atrás, cuando algunos de los que participan en el viacrucis “se ponen a beber en la calle e insultan a quienes bajan del cerro, donde culmina la representación, rumbo a sus casas”.

Jesús, hombre de cabellera larga y dispersa, de barba abultada, parte el pan y lo reparte a sus discípulos, después bebe del cáliz, que es su sangre, “Sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros”, cita el actor.

Después llora en el huerto, sabedor de sus últimas horas, al menos en el personaje, y, tras ser vendido por 20 monedas de plata, los soldados romanos lo aprehenden. En vano algunos de sus discípulos riñen, para tratar de salvarlo. El destino ya estaba escrito.

Los guardianes del imperio, lo llevan, como a los otros criminales, a la reclusión, cerca del puesto de tamales de hoja de plátano, para luego ser juzgado. Ante la mirada cansada, por el anochecer, de los habitantes del barrio de Las Lajas.

Hoy, la historia continuará.