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Miércoles , 12.12.2018 / 11:24 Hoy

Eros y el miedo de los cultos

Bichos y parientes


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El Banquete de Platón cuenta la iniciación de Sócrates en los misterios de Eros. “Iniciación y misterios”: la cosa es mortalmente seria. Ninguna otra obra filosófica ha generado tantos encores como el diálogo platónico. Sin salir del siglo de Platón, Jenofonte y algunos otros perdidos, incluido el de Teofrasto, son algunos ejemplos. Cuatro siglos después, Plutarco escribió el suyo, pero desde una perspectiva muy distinta. Su Eroticus casi ni es diálogo sino el discurso de Autóbolo, el hijo primogénito de Plutarco y Timoxena, ni más ni menos. Quiere ser una superación filosófica de la posición platónica. Si Sócrates relata su iniciación en el saber, Autóbolo cuenta su origen en el ser: el amor recíproco de su padre y madre que forman un solo ser: “el Amor induce una especie de efervescencia y turbulencia al principio, como cuando dos líquidos se mezclan; pero luego se asienta y clarifica y da un resultado perfectamente estable. Esta integración de los amantes es, de hecho, lo que los científicos llaman ‘integración total’” (Moralia, 769).

El Eroticus corre en medio de un conflicto. Plutarco y Timoxena, recién casados, viajaron al Helicón, para celebrar las fiestas de Eros en el altar de las musas y dar gracias de haberse podido casar, pese a los impedimentos familiares. Al llegar, son tomados como árbitros en un pleito que traía de cabeza a la ciudad. Resulta que Bacón, el joven más guapo del lugar, lleno de amantes y pretendientes, había sido secuestrado por Ismenodora, una viuda todavía joven y rica. Los pretendientes de Bacón rodeaban la casa de Ismenodora para liberarlo, pero también había partidarios de la unión entre el muchacho y aquella conveniente mujer. Al final, los argumentos de Plutarco ponen en orden el asunto: el joven quiere y se casa con la viuda y hasta los amantes acaban convencidos de que eso es lo mejor: el amor que engendra seres.

En este momento, la historia ya ha dado la vuelta: la obsesión occidental por la monogamia y por circunscribir el amor a las relaciones entre hombre y mujer no son de origen judío sino helénico. San Pablo, Filón de Alejandría y Plutarco comparten la época y la tradición helenística. La abominación a las prácticas del erotismo y toda forma que no tenga como objetivo la creación de seres (cosa distinta de la mera procreación) es también herencia helenística. No solo griega sino de gente culta. No es raro que la gente más culta y preparada decida que es necesario enjaular a la fiera llamada Eros. Aunque hayan pasado dos mil años.
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