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Sábado , 20.10.2018 / 04:48 Hoy

Ernesto Bazan, un fotógrafo siciliano en la dolorida Cuba

El artista italiano cuenta su relación con la isla después de haber vivido ahí 14 años, publicar sus libros ‘Trilogía cubana’ y regresar a la muerte de Fidel Castro


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Que todo cambie para que todo siga igual, escribía Tomasi di Lampedusa a propósito de la Sicilia del Risorgimento italiano. En la otra orilla del mundo, el 25 de noviembre de 2016 todo cambió. Fidel Castro murió en su casa en las afuera de La Habana. Tenía 90 años. En el diario italiano La Repubblica aparece una foto de un altar con su imagen de perfil rodeada de velas. Solo meses después, descubriré que el autor es Ernesto Bazan. “Estoy casi seguro de haber vivido en Cuba en otra vida”, afirma el fotógrafo siciliano, subrayando este paradójico doble hilo que lo ata a otra isla. Era el año 1992: “Me enamoré de este lugar que me recordaba a la Sicilia de mi infancia: y mi trabajo como fotógrafo es buscar los lugares de la niñez”. Palermo en los años 50 y Cuba en los 90, ambas desconfían de la modernidad, ambas en blanco y negro mientras el resto del mundo corre hacia la tecnología del color, ellas se quedan como inmóviles. El niño Bazan fotografía La Habana donde aún son las relaciones humanas las que mueven la realidad, donde todos los sentidos —no solo la mirada— sirven para orientarse.

En las fotos de Bazan se puede oír el sonido del obturador: Ernesto es sus fotografías, su cámara. Nos encontramos por primera vez frente a un hotel de la Roma en la Ciudad de México. Había visto su trabajo, y cuando me enteré de que iba a dar una conferencia me apresuré a contactarlo. Moría de curiosidad por saber cuál había sido su historia, su relación con esta isla en sus imágenes tan bella y triste, muy diferente del ideal romántico de la Cuba de “la lucha”.

Como Robert Frank, que en los 50 destruyó con poesía y delicadeza la mitología imperante del “sueño americano”, Ernesto ataca el mito sureño de la revolución. Cuando le pregunto quién ha sido una figura inspiradora, no me sorprende que me conteste con el nombre del gran fotógrafo estadunidense. Ambos tienen en común la misma mirada honesta, así como una relación conflictiva con la prestigiosa agencia de fotografía Magnum: “El paso por la Magnum fue una buena etapa en mi vida de la que no reniego”, me dijo Ernesto, “estuve, aprendí, pero al mismo tiempo me he alejado del mito de la agencia. Para mí la fotografía no puede ser competencia. Para mí la fotografía es un momento de felicidad”. A diferencia de Robert Frank, cuya vida personal ha sido marcada por grandes tragedias, Ernesto habla de su infancia siciliana, de su madre, así como de su familia cubana, su mujer Sissi y sus dos hijos, con gran ternura: “Mi último proyecto es un homenaje a ellos. Un archivo de imágenes donde cuento mis recuerdos de Palermo, y donde hay testimonios de su crecimiento, fotografías, pero también cartas, postales”.

Una historia que comienza con un sueño en el cual le susurran en el oído “debes ser fotógrafo”. Ernesto aun adolescente, se despierta en Palermo: “Seré fotógrafo”, anuncia a sus padres. Una vida marcada por los sueños, sueños que pueden ser un escape de la realidad, o una puerta para la realización de los deseos. Bazan los realiza cuando descubre Latinoamérica, un encuentro que lo llevará a ganar importantes premios internacionales, como el World Press Photo en 1995.

Otra gran fuente de inspiración ha sido el fotógrafo peruano Martin Chambi. “He trabajado mucho en Perú, tengo proyectos en el Cusco, en el Valle del Sagrado, no pongo mi cámara sobre una mula como hacía Martin Chambi, pero casi”, sonríe Ernesto, y como él “observo, comparto, espero. La paciencia es fundamental”.

La fotografía requiere tiempo, es la labor de vivir. Durante mis conversaciones con Ernesto es tan imposible cuanto inútil intentar separar el hombre del fotógrafo. Este cazador de imágenes se ha dedicado a Cuba por 14 años, de1992 hasta 2006, pariendo su “Trilogía cubana, conviviendo por meses con otro Fidel, un campesino de San Juan y Martínez y su familia, trabajando en los campos de tabaco, comiendo, durmiendo con ellos. De esta experiencia nacieron tres libros donde la isla se muestra en su belleza, brutalidad y dolor. Un tributo al pueblo cubano sacado en formato panorámico: “La cámara panorámica ha cambiado mi manera de tomar imágenes abriendo nuevas oportunidades”. Ernesto sigue explorando las posibilidades de la fotografía analógica, y por cuanto reconozca la utilidad de la inmediatez digital sigue fiel a su 35mm. Otra fidelidad fue puesta a prueba cuando el 6 de enero de 2006, después de 14 años viviendo en Cuba, impartiendo talleres de fotografía, le dictaron que ya no podía dar sus clases. “Me informaron que ya no podía impartir más mis workshops fotográficos. El 4 de julio salimos de la isla. Después de haberlo relatado tanto en mis imágenes, me tocó el trágico ritual cubano del exilio”.

El tan amado y tan odiado Fidel Castro, el socialista que estatalizó el comercio local, base del empoderamiento ciudadano, centralizando todo el poder. Fidel, el comunista que mandó a construir hospitales y escuelas, que se fue a la ONU denunciando el imperialismo estadunidense y el colonialismo europeo.

“Yo vengo de todas partes, y hacia todas partes voy”, escribía el poeta de la revolución José Martí. Así la vida de Ernesto tomó una vuelta inesperada hacia Veracruz, México, donde se instaló con toda su familia, y siguió con sus talleres, en los cuales participan fotógrafos procedentes de todo el mundo. Tal es el caso de David Sax, de Florida, que desde hace años participa con entusiasmo en los workshops organizados alrededor del planeta.

Todo es metonímico, todo lleva siempre a otro lugar. Así, en sus viajes, Ernesto sigue contando la Cuba que ha dejado: “Cuando fotografío el agua, sea el Mediterráneo que baña mi isla natal o una playa de Bahía, siempre es en parte el agua de mar que golpea el muro del malecón, como un sombrío recordatorio del sufrimiento del pueblo cubano”.

Ahora Ernesto vive en NY, donde trabaja a su último proyecto Before you grow up… Como con Los cantos latinoamericanos, varias trilogías que quiere publicar para 2019 —los primeros tres cantos son dedicados a Bahia, su nueva Habana— todos sus libros son y serán autofinanciados. A través de la Iniciativa Hormigas Poderosas, Mighty ants, un micronetwork de solidaridad artística, Ernesto logra sacar a la luz sus libros y algunos trabajos de sus alumnos: “Continúo corriendo, continúo persiguiendo mis sueños, que con la ayuda de mis estudiantes lentamente se convertirán en realidad”.

Murió de viejo el máximo líder, y aunque hay un destino incierto para el país, para Ernesto significa la posibilidad de volver. ¿Cuál será el horizonte de Cuba fuera de la larguísima sombra de Fidel? La gente sigue naciendo y muriendo, y “nosotros, los cubanos, habitantes de una patria en construcción, seguimos buscando ver consumado el milagro mayor, porque milagro ha de ser, de un proyecto de república que nos contenga a todos y sea para el bien de todos”, me escribe en un correo un amigo desde la isla. De cualquier forma, Ernesto continúa fotografiando.

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