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Épica y gore

Bichos y parientes

Ningún poeta ha tenido una posteridad más oscilatoria que Lucano
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Por épocas ha estado tan alto como Virgilio o ninguneado como merolico. Y no es que se trate de cumbres y abismos que pudieran hallar su media: es que es un poeta que no puede medio vivir en el centro de la tradición. Su Farsalia, un poema inconcluso de la guerra civil entre César y Pompeyo, es una obra interminable, ardua, monumental; de ésas que requieren disciplina para proseguir pero que acaban poniendo las cosas en su lugar: uno cree entender que Dante titubeara entre elegir a Lucano o a Virgilio como el mayor de los poetas latinos. Gana Virgilio, pero no por su estatura poética sino porque anuncia el próximo nacimiento de un niño–dios, y esto le valió para no perder la memoria en el Infierno y abrirle paso a Dante hasta dejarlo en manos de Beatriz.

La influencia de Lucano en lengua española ha sido casi nula, excepto por La Araucana de Alonso de Ercilla, otro gran poema épico que reproduce uno de los rasgos más peculiares de la historia literaria: mezcla de relato histórico y evidentes invenciones imaginarias, que parece más una serie de Netflix que una historia que busca preservar la memoria fehaciente de los hechos. ¿Qué sería de la épica sin sus escenas gore y sus monstruos? ¿Morboso uno, o de verdad las mejores páginas son aquellas que mezclan una notable musicalidad verbal con escenas repugnantes y monstruos pavorosos? 

En eso, Lucano no tiene rival. Relata la huida del ejército de Catón diezmado por mordeduras de serpientes. Al alférez Aulo lo muerde una “pequeña dípsada que había pisado”. Apenas sintió dolor; poco después, moría con una calentura que le abrasó médulas y vísceras. Otra serpentucha mordió al soldado Sabelo y “los miembros le nadan en pus, disueltas las pantorrillas, las corvas sin tegumento alguno y toda la carne de los muslos licuefacta” hasta que “todo lo que es hombre se abre a la peste”. 

Lucano fue amigo y compañero de Nerón; después, según Tácito, conspiró contra el emperador y tuvo que sufrir la misma muerte que Séneca, su maestro y paisano. Robert Graves cuenta que no fue tanto la conspiración sino la envidia de Nerón, que se creía poeta, y que no pudo tolerar que su vasallo lo superara. El odio de un tirano es un veneno que puede destruir civilizaciones enteras, pero es casi siempre lo opuesto a la épica.

Si fuera multimillonario, produciría una serie sobre la Farsalia. La huida de Catón por el desierto sería la inconclusa rebelión de unos cuantos republicanos que se niegan a servir al imperio del tirano.

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