La envidia anónima

Esa fantasía negativa sobre un supuesto paraíso de placer y satisfacción en el que viven algunos otros, del cual, casi por definición, el individuo contemporáneo promedio se siente ...
Momentos inolvidables en redes sociales.
Momentos inolvidables en redes sociales. (Especial)

México

En su libro clásico Mentira romántica y verdad novelesca, René Girard delineó una tipología del deseo, dividiendo el deseo mimético (el deseo orientado por el deseo del otro) en externo, el que se produce cuando el objeto de nuestro deseo se puede enunciar explícitamente, e incluso puede provenir de la ficción, como le sucede al Quijote en sus esfuerzos por emular al Amadís de Gaula, e interno, cuando deseamos secretamente lo que posee alguien a quien consideramos alcanzable, lo que da lugar propiamente a la envidia.

Conforme continúa el vertiginoso avance tecnológico, así como los cambios en los sistemas de producción, políticos y las transformaciones correspondientes en las relaciones personales, es interesante considerar cómo van igualmente produciéndose modificaciones en las pasiones y anhelos en torno a los cuales a menudo estructuramos el sentido que le conferimos a la existencia. De esa manera, tomando como base la tipología girardiana, probablemente asistimos al surgimiento de un nuevo tipo de envidia generalizada, un tanto amorfa, que si bien por supuesto se encarna en blancos específicos (la vida sexual, las capacidades creativas, el lugar donde vacaciona o el auto que tienen determinadas personas), tiene más bien que ver con lo que Slavoj Zizek ha denominado la jouissance, esa fantasía negativa sobre un supuesto paraíso de placer y satisfacción en el que viven algunos otros, del cual, casi por definición, el individuo contemporáneo promedio se siente permanentemente excluido.

De ese modo resulta cada vez más común toparse con gente que si bien desde cualquier ángulo razonable que se mire tiene una existencia cómoda, agradable, no solo exenta de privaciones sino relativamente interesante, diversa y a menudo exitosa, aun así transita por la vida en un estado de abatimiento, de insatisfacción perpetua, de furia ante el menor agravio real o supuesto, destilando una especie de enojo contra el mundo por un déficit percibido entre la vida como es, y la vida como quisiéramos que fuera. Esta envidia difusa encuentra un descanso momentáneo en escapes como transgresiones sexuales, borracheras o consumo frenético de drogas: cualquier cosa para escapar así sea unos momentos de esa bruma perpetua donde la propia vida necesariamente palidece frente a la de ese estado de gracia imaginario en el que viven los seres más famosos, ricos y exitosos que uno. Y las redes sociales, que nos conceden un acceso privilegiado a la intimidad tanto de la gente común como de las celebridades, no hacen sino confirmar los peores temores: frente a la insalvable pesadumbre en la que transcurren los días, los demás en cambio aparecen siempre guapos, frescos y radiantes, y sus vidas cotidianas se componen de momentos inolvidables que quedarán inmortalizados en Instagram.

Nos queda el consuelo de imaginar la angustia que le produciría a don Quijote mantenerse pegado a su Facebook, para saber cuántos likes obtendría al subir en tiempo real a su muro las fotografías que lo mostrarían lanzándose furibundo contra los molinos de viento.