Amparo Dávila: de niña alquimista a narradora y poeta

Lectora de Cervantes y Dante desde su infancia, la cuentista zacatecana habla de su niñez y sus primeros pasos en la literatura al tiempo que rememora obras y colegas de su tiempo
Amparo Dávila (Zacatecas, 1928)
Amparo Dávila (Zacatecas, 1928) (Héctor Téllez)

Ciudad de México

Cuando una personalidad forja sus virtudes suele conquistar el genio; al homenajearla no se pretende embellecerla, sino celebrar aquellas singularidades que la constituyen memorable: Amparo Dávila (Zacatecas, 1928) ha sido capaz de comunicar la proeza de existir con una pericia digna de ser honrada.

Su obra es reflejo de su vida: en su primera juventud hizo emanar las palabras de la oscuridad, desde entonces fueron generadoras de luz y el acto de escribir, además de ahuyentar las sombras, pasó a convertirla en referente de las letras mexicanas. Haber nacido y haberse criado en una atmósfera compleja, pero accesible culturalmente, fue un extraño privilegio que le ofreció los materiales esenciales con que relatar. Su prosa examina el miedo, donde se instalan lo angelical y lo demoniaco, que por ser tan líricamente bien conducidos resultan un atributo esencial en ella.

Todos los cuentos de Dávila son técnicamente impecables, receptáculos de misterios que bullen con lo que va derivándose del conflicto entre sujeto y trama; "nos invitan a inferir, pero a permanecer en la duda, abren posibilidades de interpretación". Su belleza reside sustancialmente en la armonía de las representaciones simbólicas, modeladas con orden y medida. "El cuento es un triángulo que surge de la vivencia", define.

Por los avatares de su historia personal ("la alquimia marcó mi infancia"), los territorios suelen ser sombríos ("iba de los molinos de Cervantes a los infiernos de Dante"), los personajes dan la impresión de querer develar en aquellos escenarios algo más allá de la fatalidad. El yo (incondicionalmente expresivo) muestra la naturaleza humana, que sin poderse distanciar de eventos traumáticos, prevalece con sobriedad. La sabia utilización de recursos retóricos no nos recuerda a ninguna otra, va engarzando poéticamente aspectos bucólicos de la cotidianidad. El estilo brota con naturalidad de su pluma.

La trayectoria de Dávila compila nombres históricos que, como ella, han salvaguardado la cultura: Pedro Coronel, Juan Rulfo, Julio Cortázar, Alfonso Reyes, Juan José Arreola, entre otros con quienes tuvo diversos puntos de contacto y encauzaron íntimamente su quehacer literario, integrado tanto por poemarios: Salmos bajo la luna (1950), Meditaciones a la orilla del sueño y Perfil de soledades (1954) como por cuentos: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964), Muerte en el bosque (1985) y Cuentos reunidos (FCE, 2009). Merecidamente aclamada, aunque nunca buscó la fama, recibió el Premio Xavier Villaurrutia con Árboles petrificados (1977) y fue la primera mujer en obtener el Galardón de literatura en El Bravo (2013), además de ser reconocida por el Instituto Zacatecano de Cultura Ramón López Velarde y el Instituto de Bellas Artes; este año es conmemorada con el Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila.

Yendo en busca de la poeta tras la narrativa, que aporta textualidad pintoresca a los paisajes más parcos, recientemente desgranó algunas memorias de antaño (aquellas que bifurcaron el azar con su talento) al concederle una entrevista a Dominical MILENIO.

¿Cómo fueron esos años de su infancia?

Fueron en Sierra de Pinos, un pueblito minero de Zacatecas, jugaba como todos los niños; perdí a mi hermanito que era mi compañero, me quedé sola hasta que mis compañeros pasaron a ser dos perros, con ellos jugaba, íbamos a la montaña, me gustaba mucho recoger flores silvestres y pedernales, era la época en que pretendía ser alquimista, pensaba que los perfumes se elaboraban simplemente machacando flores y metiéndolas en frascos, a los pedernales les ponía agua de color y creía que de ahí iba a salir oro, eso marcó mi infancia, el alquimismo.

Su padre tenía una biblioteca en casa, ahí habrá adquirido el gusto por la lectura. me imagino.... ¿Cómo fue ese primer acercamiento a la literatura? ¿Qué títulos la cautivaron?

Mi padre tenía muchos libros, era un hombre culto. Como vivía en un lugar sumamente frío, era común que estuviese enferma de la garganta y no me dejaran salir, mi refugio era la biblioteca que teníamos en casa. Buscaba libros que me fueran atractivos, por ejemplo los que tenían cantos dorados, encontré entre todos la Divina Comedia, forrada en piel roja, llena de ilustraciones de Doré, bellísimas, pero muy tremendas; casi siempre me detenía a contemplar el infierno, con sus demonios que me horrorizaban. Mi primer acercamiento a la literatura fue mediante la Divina Comedia y El Quijote, pasaba de los molinos de viento de Cervantes a los infiernos de Dante.

¿Qué marcó su carácter?

La muerte. A través de las ventanas de la biblioteca que daban a la calle veía que pasaban caravanas fúnebres, que iban a enterrar a los muertos, sobre el lomo de una mula o en el piso de una carreta. Observaba la muerte constantemente, era algo casi cotidiano. Entre los infiernos de Dante que leía y esos que pasaban durante el día, mis noches eran de horror, procuraba que los perros estuvieran muy cerca, porque de lo contrario temía que algo se metiera en la cama.

¿De qué manera incursionó en la escritura? ¿Cuándo fue que se llamó a usted misma "escritora" y decidió publicar?

Nunca pensé en publicar ni en que yo iba a ser escritora, para nada, se fueron dando las cosas. Fui a una escuela de religiosas en San Luis Potosí. Hasta aquel hecho carecía de instrucción religiosa —ya que la muerte de mi hermano dejó a mi madre muy alterada, en esa medida no hablaba de religión. Tenía conocimiento solo de que había demonios con tridentes y gigantes en los molinos de viento; las religiosas me hicieron ver más allá, hasta dar con la imagen de Cristo; conmovida empecé a escribir pequeños poemitas místicos para él. Pasaron los años, en la secundaria estudié historia sagrada y llegue a leer una traducción del Cantar de los Cantares y quedé fascinada; de ahí opté por escribir salmos, ya no místicos, sino de cualquier tema profano. Un día llegaron esos escritos a las manos de quien fue un amigo muy querido (Joaquín Antonio Peñalosa), que estaba fundando una revista llamada Estilo Potosino y me ofreció publicarlos; en un principio me opuse, pero luego acepté. Tuvieron tanto éxito que me pidieron colaborar formalmente. Sin querer incursioné en el mundo de la literatura.

Usted empezó escribiendo poesía, ¿qué la llevó a pasar al cuento? ¿Encuentra semblanzas significativas entre ambos géneros?

Son géneros distintos, pero tan atractivos uno como otro, tienen en contacto que los dos son síntesis. El cuento se va haciendo con las menos palabras posibles y la poesía también. La transición fue muy sencilla, cuando llegué a México fui secretaria de Alfonso Reyes (al cual conocí azarosamente), y ya tenía por esas fechas varios libritos de poesía publicados. Se los mostré a don Alfonso y me dijo que estaban muy bien escritos, pero que era necesario que me enfrentase a la narrativa, que conociera sus rigores y problemas. Así empecé a escribir narrativa, por sugerencia suya y sin darme cuenta surgieron cuentos. Él, muy complacido, me ayudó a publicarlos en distintas revistas literarias que servían de impulso para los jóvenes escritores. Fui dando de un cuento a otro sin siquiera proponérmelo.

¿Cuál es su definición personal del cuento?

El cuento es una figura geométrica, concretamente un triángulo. Tiene una base en la cual se plantea un asunto, luego sube una línea, en esa línea va exponiéndose lo que se plantea abajo, el desarrollo, hasta llegar al punto del conflicto y finalmente el desenlace; eso sería un triángulo equilátero convencional, pero mis cuentos no son triángulos equiláteros convencionales, pues no siguen necesariamente aquel esquema, hay un planteamiento que deriva en el conflicto y puede o no desembocar al desarrollo, en ocasiones con una frase los finalizo, sin rodeos.

¿Cuál es el trasfondo que buscan sus narraciones?

No sabría explicarlo muy bien, es algo que se da, que me sale, así tan espontáneo como dormir, como soñar, nadie se propone alcanzar el sueño, llega. Soy muy sensible a los olores, a los paisajes, tanto visuales como sensoriales, cualquier cosa me motiva, me lleva a un recuerdo, a una vivencia que aunque fuese muy lejana, se materializa y hay que darle forma; mis cuentos brotan del recuerdo y la vivencia, posteriormente toman su propio camino. Por ejemplo, una ocasión fui invitada a Nueva York a dar una plática, me hospedé en el hotel Chelsea de Manhattan, tenía una idea bastante romántica de él. Llegue una noche de Halloween y había por doquier gente disfrazada, uno no sabía si lo que pasaba eran personas o apariciones, reinaba un ambiente tenebroso, fue como adentrarse a un círculo del infierno. Tiempo después hice un viaje a Canadá donde le platiqué a Alberto Manguel aquella experiencia tremenda y me dijo: "Escríbelo, será un cuento"; lo titulé: "Breve crónica de una larga noche".

Estuvo casada con Pedro Coronel. ¿Podría decir que hay algún paralelismo entre su obra y la pintura de él?

Pedro tenía mucha intuición literaria, a pesar de ser pintor, comprendía de literatura, tenía varios amigos literatos como Luis Villoro y Alejandro Rossi. Cada quien trabajaba libremente, yo le mostraba lo que escribía y algunas veces él le encontraba defectos —pensaba que era por envidioso—; sin embargo, luego recapacitaba y yo me decía: "Es cierto, aquí se me va en picada la historia".

Es usted una de las cuentistas mexicanas cuya literatura parece rebasar la realidad y lindar con lo fantástico. ¿Definiría su obra a grandes rasgos como literatura fantástica?

Eso se los dejo a los críticos, no me corresponde a mí opinar, yo sencillamente escribo sobre el hombre, su incógnita. Lo que hay en él de vida, de gozo, de sufrimiento y preocupación.

¿Algún comentario para las nuevas generaciones de escritores que buscan trascender?

Que lean a los clásicos principalmente, siempre los recomiendo porque son la fuente de todo conocimiento: ingleses, alemanes, españoles. Que lean mucho y, por antonomasia, que escriban también mucho.