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Jueves , 16.08.2018 / 13:47 Hoy

Una entrevista apócrifa con el Marqués de Sade: "Sólo en la cárcel renací"

Nacido el 2 de junio de 1740, el poeta, narrador y sexoatleta Donatien Alphonse Françoise fue el único escritor que llamó al corazón una “debilidad del espíritu”.

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Una noche de octubre de 1783, la joven Jeanne Testard, de profesión abaniquera, y en sus ratos libres prostituta, entró a una casa de reputación alegre donde se encontró con un joven de noble cuna. Se trataba de un apuesto marqués de melena frondosa y ojos profundos que la condujo a una habitación con cortinas negras donde había esculturas de santos con los ojos pintados, crucifijos puestos al revés, pinturas de vírgenes al lado de protuberantes falos y otros objetos harto raros.

A continuación el joven la llevó a una esquina, donde se exhibía una exuberante colección de látigos. Mostrándoselos le pidió escogiera uno para que ella lo azotara duramente en las asentaderas. Después, le dijo con firmeza, él haría lo mismo con ella mientras la poseía por el trasero, no sin antes introducirle algún dispositivo religioso que aligerara la tarea; al final, dijo el marqués, remataría la sesión dándose placer a sí mismo con un crucifijo.

Como era de esperarse, mademoiselle Testard se rehusó rotundamente. Y mientras buscaba con desesperación la salida, el marqués le dispensó un sermón tan grosero que parecía excitarle conforme las blasfemias salían de su boca. Por supuesto la dama acudió de inmediato a la policía.

—Fue la primera vez que lo encarcelaron, ¿cierto? —pregunté con cierto temor, a sabiendas del carácter intempestivo del marqués.

—Sí —contestó con voz áspera. Los años de tumba no le sentaban bien—. Salí tres semanas después gracias a mi suegro. Entonces estaba casado con Renée-Pélagie de Montreuil, un matrimonio de conveniencia arreglado por mi padre. ¿Se imagina?: la conocí dos días antes de la boda. Pero así eran aquellos tiempos, sobre todo entre nobleza. Por supuesto nunca le amé, pero ella a mí sí, y mucho. Pobrecilla. Renée era hija de uno de los más influyentes magistrados de la corte.

Sorbió un poco de su copa de vino y continuó:

—En realidad los problemas comenzaron cuando después de casarnos nos fuimos a vivir a casa de mis suegros. El ambiente era sofocante, aburrido. Entonces comencé a tener relaciones con una actriz de renombre, la Beauvoisin, una mujer gozadora como pocas, la lujuria en persona. Obviamente esto trajo más disgustos a la familia.

—¿Y su segundo encarcelamiento?

—Déjeme ver…, la segunda vez que me encarcelaron fue, creo, en 1768.

—Por culpa de Rose Kellor, ¿cierto?

Oh!, mon Dieu, vaya perra. Caminaba yo por la calle y de pronto vi a una mujer pidiendo limosna. Sí, era Rose Kellor, cocinera desempleada, recién viuda. De inmediato vi cómo sus senos me pedían poseerlos, usted me entiende…

—No.

—Pues nada, le dije que la emplearía en el servicio doméstico y la llevé a casa. Pero resultó ser una señora terca, sobre todo cuando le ordené se quitara la ropa y me diera una felación. Como no lo hizo tuve que tomar acciones, digamos, drásticas…

De Sade procedió a aplacarle los ánimos a la madame con un par de jabs a la mandíbula y un gancho al hígado que rápidamente le aflojaron el cuerpo. De ahí rasgó sus ropas, la puso boca abajo sobre un sofá y comenzó a azotarla violentamente con la fusta. Contrario a lo que se supondría, los gritos exasperados de la mujer excitaron al marqués, hasta alcanzar el orgasmo.

Una vez que Rose Kellor pudo escapar lo denunció, no sin antes exigir una jugosa compensación.

—En esa ocasión estuve 4 meses encerrado —dijo el marques moviendo la cabeza de un lado a otro con total abnegación.

La 'Noblesse d'épée'

La familia De Sade pertenecía a lo que en Francia se sigue llamando Noblesse d'épée, una rancia clase social privilegiada desde tiempos del medioevo.

Donatien Alphonse nació en 1740 y su infancia fue la de un niño feliz. Era inquieto, inteligente y observador, pero sobre todo impresionantemente frío y sin un ápice de arrepentimiento cuando cometía sus “diabluras”, que dejaban mucho de ser inocentes.

En una ocasión golpeó brutalmente a su primo hermano menor (Príncipe de Condé), de tal manera que lo mandó al hospital por una larga temporada. De esto el niño Donatien no se arrepintió, no se conmovió, ni pidió disculpas. De castigo lo enviaron a vivir con su abuela, quien tenía 5 hijas, una de ellas una preciosura de lo más promiscuo que pronto comenzó a juguetear equivocadamente con el pequeño Donatien.

Cuando los mayores se dieron cuenta trataron de alejarlo de tan insano ambiente, mandándolo con su tío, el Abad de Sade, un clérigo alegre y librepensador, amigo de Voltaire, que entre otras cosas mantenía en casa un sin número de prostitutas, además de ser el orgulloso poseedor de una de las más grandes bibliotecas de literatura erótica, de donde el joven marques bebió profusamente.

La casa de veraneo de los De Sade se encontraba en el pueblo de Lacoste (nada que ver con el cocodrilo). Esto es Provenza, lugar repleto de colinas entre campos de lavanda, huertos de cerezos y viñedos.

Religiosa y políticamente, Lacoste era una especie de isla de recio protestantismo, en medio de una región católica por excelencia. Por siglos Lacoste venía llevándole la contra al rey, por lo mismo no gozaban de patronazgo real. Pero sí de unas buenas y muy cristianas persecuciones, algunas severas, como la de 1545, donde se asesinó sin piedad a más de la mitad de la población.

La mason de los De Sade era un especie de fortaleza medieval. Tenía más de 40 cuartos y estaba provista de varias mazmorras en el sótano, lo que exaltó la imaginación de Donatien, quien las supo aprovechar a las mil maravillas para sus futuras prácticas filosofico-eróticas.

A la muerte del padre, en 1767, el joven heredó el caserón renovándolo a su gusto e imaginación: pasadizos y cuartos secretos, cámaras de castigo o de convencimiento por la mala, gran biblioteca pornográfica, capilla para el rezo sin contrición y un cuarto de espeluznante artilugios sexuales. Y así, mientras la esposa daba a luz a sus dos hijos, el marqués daba paso a sus ajetreados ciclos de orgías, que no tardaron en levantar la ceja de la austera sociedad local y de la ley.

(Retrato del marqués de Sade a sus 20 años, por Charles-Amédée-Philippe van Loo).

Sadismo, el nombre del juego

—Dígame, marqués, ¿qué se siente que su nombre sea sinónimo de perversión sexual?

De Sade soltó una carcajada:

—Me da mucho gusto y orgullo. ¿Sadismo? ¡Ja! Lo único que mostré al mundo, sobre todo con mis escritos, fue la faceta más importante de la naturaleza humana, la sexual. Una faceta que no es ni buena ni mala, simplemente es, ¡Acéptenlo, mortales, de una vez!: ano, vagina, pene, boca, es por donde realmente conocemos al mundo en su naturaleza, meras herramientas de conocimiento.

—Pero la gente de su tiempo no estaba preparada para ese conocimiento.

—Lo siento, pero a la gente de antes, como la de hoy, lo único que les puedo decir es que la vida no es más que la búsqueda del placer. Eso sí, en mi opinión, para que triunfe el placer tiene que ir unido al sufrimiento.

Fue cuando interrumpí con voz poética:

El cuerpo no es otra cosa que un instrumento para producir dolor

Joie! —dijo el marqués—, bien dicho. ¿Es de usted esa frase?

—No. La frase es de Jean-Paul Sartre, otro filósofo mal portado como usted.

El marqués continuó:

—Siempre se vive en una sociedad de doble moral. Por ejemplo, para cuando yo tenía diez años en los prostíbulos de Londres ya era práctica común azotar y nalguear a los clientes.

—Lo que ustedes llamaron el vice anglais, el famoso “vicio inglés”.

—Sí, una más de nuestras sutiles venganzas verbales contra los isleños. Nunca me cayeron bien. Por siglos la educación inglesa se ayudó del castigo corporal para corregir la educación de sus estudiantes. De ahí pasó a ser un deporte nacional y un goce morboso siempre reprimido, pero evidente. Comenzó en las escuelas donde el varazo, aplicado en público como ejemplo, tenía tintes bíblicos. El libro de Proverbios dice: “No rehúses a corregir a tu hijo, porque si lo castigas con vara, no morirá. Lo castigarás con vara y lo libraras del sepulcro”. No tardó en que aquellos jovencitos convertidos en hombres comenzaran a exigir el fuetazo para redondear su satisfacción carnal y recordar viejos y felices tiempos estudiantiles.

El travieso regresa con “T” mayúscula

Una vez fuera de prisión, por segunda ocasión, el marqués De Sade regresó a sus travesuras favoritas. Para tal ocasión mandó traer a su château cuatro prostitutas de Marsella.

Ahí, junto con su fiel lacayo Latour, comenzaron a organizar sesiones especiales en donde el marques latigueaba a una de ellas, en tanto masturbaba a Latour, o le hacía el amor a otra, mientras él era sodomizado por Latour, o él abusaba de aquella, mientras aquella aplicaba una felación a Latour, en tanto todas eran drogadas con bombones cargados de Cantárida, el extracto de un escarabajo verde esmeralda del que se obtiene un alcaloide y que es conocido como Mosca Española, un fuerte afrodisíaco, favorito de todos los pervertidos de su tiempo.

Desgraciadamente, al marqués se le pasaron las cucharadas del bicho ibérico y varias de las ninfetas enfermaron de gravedad, por lo que una vez más fue necesario llamar al medico local, quien al entrar al salón de recreo del marqués se horrorizo del espectáculo y corrió a notificar a las autoridades.

Sade fue acusado de libertinaje, de envenenamiento y, faltaba más, sodomía. Se le sentenció de nueva cuenta a prisión. Sin embargo, gracias a sus artes de persuasión ($) pudo escapar a Italia, no sin antes llevarse a Anne-Prospère, la hermana menor de su esposa, una hermosa y vivaracha criatura con un apetito sexual desenfrenado que desde tiempo atrás venía siendo amante del marqués.

Fue entonces cuando la influyente suegra entró a escena escribiendo personalmente a las máximas autoridades de la región para que arrestaran al “degenerado”, un travieso sin arreglo.

—Me atraparon en Cerdeña. Y todo por una torpeza mía —me dijo con una sonrisa descarada.

—¿A dónde se lo llevaron?

—A la fortaleza de Miolans.

Por supuesto no tardó en escapar:

—Escaparse de Miolans fue de lo más sencillo. Los guardias eran confiados y flojos; cuando cenaban no les importaba nada. Inclusive les dejé una nota de agradecimiento por tratarnos bien a mí y a Latour. Nos disfrazamos de campesinos y salimos por la ventana como si nada. Ninguna ventana tenía barrotes. Todavía me di el lujo de mandarles una carta exigiendo me regresaran algunas pertenencias, como mi pistola y los dos perritos cocker spaniels que me hacían compañía (risas).

Desafiando su orden de arresto, Sade regresó a Lacoste. La suegra no pudo creer el descaro, por lo que subió el monto de la recompensa a quien atrapara al pérfido. El marqués, con ese descaro que distingue al librepensador con sentido del humor, le escribió una carta pidiéndole dinero prestado para poderse escapar a España.

Y mientras Sade trataba de reunir dinero para su exilio, reanudó sus sesiones eróticas, esta vez ya con su esposa como cómplice (al final de todo Renée le fue fiel en las buenas y en las malas, hasta su muerte). En ese momento, Renée le llevaba adolescentes a la mansión y juntos emprendieron orgías por seis semanas seguidas sin parar, hasta que los familiares de las jovencitas comenzaron a hacer averiguaciones.

Por otro lado es de notar que Sade comenzaba a dar muestras de desequilibrio mental. Inclusive su querido tío, el Abad de Sade, cómplice de travesuras, comenzó a alejarse de él por su comportamiento desenfrenado.

Fue cuando preferí preguntar:

—Pero en esa época usted no escribía, digo, no se dedicaba a escribir formalmente.

—Ya había escrito teatro y cuentos cortos, nada singular. Pero la escritura, propiamente dicha, y siendo una práctica privada por excelencia, se me dio estando en la cárcel.

Escritor de mazmorra

—En resumen, marqués, ¿cuántos años estuvo encarcelado?

—Bueno, cuando por fin mi suegra logró atraparme, en agosto de 1777, pasé un breve tiempo en la prisión real de Vincennes. De ahí me llevaron nada menos que a la Bastilla. En total fueron más de 13 o 14 años. Pero si a eso le sumamos las otras recluidas estamos hablando de un total de 30 años tras las rejas.

En la cárcel de la Bastilla, Sade escribió sin descanso.

De esa época es su afamado libro 120 días de Sodoma o La escuela del libertinaje (1785), terminado en 37 noches y escrito en un rollo de dos metros con letra microscópica y sin correcciones: el papel escaseaba.

En el prefacio se lee:

“Y ahora, estimado lector, prepárate a leer la narración más impura que se haya narrado jamás, un libro cuyo igual no encontrarás sin duda ni entre los antiguos ni entre los modernos. Todos los placeres aceptados por la usanza o por ese tonto dios tuyo estarán excluidos; lo restante sólo será perversidad e infamia.”

'Resumé' (si así se dice)

Sade perdió todos sus manuscritos cuando, el 14 de julio de 1789, la Bastilla fue saqueada. Al enterarse “lloró lágrimas de sangre”, dijo, y murió creyendo que su obra estaba perdida.

Sin embargo 120 días… fue recuperado, vendido y revendido varias veces, hasta que un doctor alemán lo publicó por primera vez en 1904. De ahí el adinerado Vizconde Charles de Noailles lo compró para regalárselo a su esposa, Maríe-Laure, descendiente directa del marques De Sade. De ahí pasó a su hija, quien solía sacar el rollo de un escritorio para mostrarlo a sus invitados, entre ellos el escritor Italo Calvino.

Desde el principio la controvertida obra fue vilipendiada, pero también aplaudida, como lo hizo la escritora Simone De Beauvoir en su ensayo ¿Hay que quemar a Sade? (1955), donde asegura que 120 días… es la más importante contribución literaria al lado oscuro del comportamiento humano: “Aquí está la paradoja y, en cierto sentido, el triunfo de Sade: en que por obstinarse en sus singularidades nos ayuda a definir el drama humano en su generalidad”.

Al final de mi falsa entrevista solo dije:

—Déjeme contarle algo insólito, querido marqués: a mediados del 2012 el director de la Biblioteca Nacional de Francia, Bruno Racine, logró que su escrito 120 días de Sodoma fuera considerado Tesoro Nacional y convenció al Ministerio de Cultura de recaudar 5 millones de dólares para comprarle el manuscrito original a un coleccionista suizo.

Sade me miró y me dijo:

—Fue en la cárcel donde renací y reencontré mis dos verdaderas pasiones: la masturbación y la literatura.


Lecturas esenciales del autor

-Los 120 días de Sodoma. Juan Pablos, 2008.

-La nueva Justine o las desgracias de la virtud. Valdemar, 2003.

Lecturas esenciales para saber del autor

-Viaje a Nápoles. Alhena Media, 2009.

-Diálogo entre un sacerdote y un moribundo. Eneida, 2008.

Su consejo:

“¿Qué necesidad hay de sentirse encadenado a otras sensaciones distintas del placer?”.

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