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Lunes , 22.10.2018 / 11:48 Hoy

Entre el infierno y el paraíso

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Juan José Gurrola murió hace nueve años en vísperas del verano. Director teatral, actor, arquitecto, dibujante, hombre de muchos talentos, se fue al otro mundo convertido en leyenda en el mundo del arte escénico. Muy alto y robusto, lo imagino buscando un buen bar en el paraíso al que fue a parar sin duda. La última vez que lo entrevisté hablamos largamente sobre el alcoholismo que se suponía había superado después de un tratamiento experimental. ¿Y ya no bebes?, le pregunté. Ni que estuviera loco, me respondió casi con enojo: por supuesto que bebo.

Siempre he pensado que su genialidad estaba asociada con el alcohol, como sucede con muchos creadores. Alejarlos de la bebida equivale a menudo a someterlos a una suerte de lobotomía, con el riesgo de reducir a escombros su creatividad. Y eso en el caso de que la sobriedad les sea en verdad procurada. Malcolm Lowry, por ejemplo, sufrió acosos clínicos y regaños domésticos para alejarlo del alcohol, pero cada que podía bebía a escondidas en el baño la botella de loción para después de afeitar.

Casi todos los escritores que valen la pena han transitado con gozo y pena por el paraíso infernal del alcohol. Hay quien piensa que el acto creador está estrechamente vinculado con la necesidad de evadir las vulgaridades de la vida cotidiana. El mejor premio por construir una obra valiosa sería la perdición breve o prolongada, según el esfuerzo intelectual invertido. Pero no es lo mismo gratificarse con una botella de ron barato sentado en una banqueta que con coctelería de lujo en un bar exclusivo. Me gusta mucho la fotografía que captó a Hemingway cantando en plena euforia alcohólica en El Floridita de La Habana. Está entre cuates, feliz de la vida en un estado prácticamente infantil. Unos años después se descerrajó un tiro.

Hace un par de años una escritora británica, Olivia Laing, publicó su volumen El viaje a Echo Spring, en el que sigue los pasos de un pequeño contingente de escritores abriéndose paso a tumbos en la alta literatura entre margaritas, whiskys, martinis y daiquiris. Andan por ahí sentados a la barra con Hemingway John Cheever, Scott Fitzgerald, Raymond Carver, Tennessee Williams y John Berryman. Todos vivieron, escribieron y murieron bebiendo. Cada uno tiene su historia, sus motivos, sus pretextos para beber, pero parecen tener en común esa sensación de alivio que da el alcohol tras la culminación de una empresa arriesgada, extenuante, tal vez prodigiosa. Quizá se trata de apagar a botellazos en la conciencia una suerte de sentimiento de culpa por ser dueño de un talento excepcional. Laing adivina que tal vez beben para vencer su timidez.

Por supuesto estamos ante un tema interesante y siempre vigente sobre el que hay que estar pendiente. Tampoco hay que perder de vista a Laing, una autora joven y rebelde a la que le han prodigado elogios por el uso tan creativo de la adversidad en sus textos.

*Profesor-investigador de la UAM-Iztapalapa

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