La enseñanza de José Emilio, “amar a México”: Cristina

“Pensamos vivir juntos toda la vida y creo que eso implicaba que moriríamos juntos, pero eso es complicado; no me siento traicionada, sino sorprendida y desconcertada”.
Se tiene pensado cremar sus restos; “tal vez sea bonito arrojar sus cenizas al mar de Veracruz”, comentó su viuda, quien en la gráfica aparece al lado de su hija Laura Emilia.
Se tiene pensado cremar sus restos; “tal vez sea bonito arrojar sus cenizas al mar de Veracruz”, comentó su viuda, quien en la gráfica aparece al lado de su hija Laura Emilia. (Claudia Guadarrama)

México

Se quedó dormido después de escribir su último Inventario, dedicado a Juan Gelman. Estaba lleno de planes, tenía enormes ganas de vivir, “teníamos planes de aquí a 2 mil años”, confesó Cristina Pacheco mientras era asediada por cámaras y micrófonos, mientras a unos pasos del lugar, el féretro de José Emilio Pacheco yacía bajo el emblema de El Colegio Nacional: “Libertad por el saber”.

“Pensamos vivir juntos toda la vida y creo que eso implicaba que moriríamos juntos, pero eso es complicado. No me siento traicionada, sino sorprendida y desconcertada. No puedo entenderlo: siento mucha rabia y mucha desesperación, porque no puedo encontrar la palabra para decirles lo que siento, no es dolor, no es coraje… no sé qué es, pero es algo que me invade, me paraliza. Voy a seguir viviendo con él, pero va a ser con una persona distinta: voy a tener que acostumbrarme a que sea en la ausencia y en el silencio”.

Cristina se dio unos minutos para reflexionar acerca de la partida del hombre con quien compartió su vida, de quien se lleva la enseñanza de amar a México, amar las palabras,  “porque si uno respeta las palabras, respeta todas las cosas. Nos enseñó que solo se vive una vez y hay que hacer lo que se tiene que hacer”, aunque también destacó la ilusión de pensar que no la deja tan sola, porque si acude a una librería va a encontrar un libro suyo, “si voy a una biblioteca voy a encontrar un libro suyo y la misma experiencia la van a tener mis hijas.

“Fue un hombre muy honesto, nunca trató de ser un francotirador ni mucho menos; simplemente, por ser amante de las palabras y fiel a las palabras, dijo lo que veía, y lo que veíamos todos, pero pocos vieron con tanta precisión”, comentó.

José Emilio Pacheco era un hombre con muchas manías, algunas encantadoras y difíciles de complacer, reconoció Cristina, pero también era apegado a sus lugares, a su cuarto, a su escritorio.

“Leía un libro y luego tomaba otro y otro, y de pronto ya los había leído todos y me empezaba a contar en desorden, pero de una manera maravillosa, una de las cosas que más voy a extrañar”.

Y quizá para atajar cualquier polémica, la periodista señaló que a José Emilio siempre le daba ilusión entrar al edificio de El Colegio Nacional, que además está en el corazón del Centro Histórico: le gustaban los patios, le gustaba la fuente y lo más bonito es que a sus conferencias venían personas realmente de todo tipo: “Recuerdo haber visto mujeres con la bolsa del mandado entrando corriendo a verlo y disculpándose porque llegaron tarde”.

Los restos de José Emilio Pacheco serán cremados, porque no le gustaba estar encerrado, tenía claustrofobia, “estamos pensando en un lugar que para él era importante, como Veracruz. Tal vez sea bonito arrojar sus cenizas al mar de Veracruz”, dijo Cristina Pacheco, para luego recordar que ya se encontró con un amigo, Juan Gelman.

“Le digo a Mara, la esposa de Juan, que a lo mejor andan juntos por ahí, contando historias o haciendo cuentos”.

UN HOMBRE BUENO

A Enrique Krauze le correspondió ofrecer el discurso oficial en El Colegio Nacional, al que también pertenece, y definió a José Emilio Pacheco como uno de los más altos humanistas literarios en las últimas décadas en nuestro país y nuestra lengua: un maestro cautivante y un conversador amenísimo, cuya vocación era llegar al público, no sólo al especializado, sino al lector común.

“José Emilio era singularmente caballeroso, pero no por un cuidado artificial de las cosas, sino por una actitud que debió venirle de muy atrás, del México que añoró siempre, una actitud que cabe en una noble palabra, ahora en desuso: la palabra decencia. José Emilio era, en el buen sentido de la palabra, bueno”.

Desde su perspectiva lo caracterizó una insaciable, casi infantil curiosidad por descubrir el ancho mundo y, a la vez, el cultivo gozoso de la minucia, y pese a ser  prudente y reservado, jamás se retrajo a una torre de marfil.

“Fue un niño triste y un viejo prematuro. Fue el fruto mejor de las generaciones literarias en México y, al mismo tiempo, el custodio de ese jardín armonioso, que alguna vez fue la literatura mexicana”.

“SE FUE A SU SUEÑO, EL SUEÑO DE SU POESÍA”

-Las razones de su partida flotaban como rumores. Cristina Pacheco contó la historia en El Colegio Nacional: sí se había dado un golpe en la cabeza, que no le dolía, pero sí estaba a disgusto, incómodo.

“Pidió una pastilla por si le daba dolor, comimos un poco juntos, vimos las noticias, me comentó algo de mi programa… después se quedó dormido. Tuve tiempo de preguntarle si quería que lo llevara al hospital o que llamara al doctor; dijo que por un tonto dolor de cabeza no valía la pena molestar a nadie.

“No dormí, estaba muy inquieta porque él respiraba normal, pero había algo que no me gustaba. En la mañana le dije: ‘Ya es muy tarde, no seas dormilón: ya porque hiciste un artículo muy bonito crees que te voy a dejar dormir más tarde, te voy a traer un café’. Le subí el café, se lo puse en la boca y no reaccionó. Me acerqué a abrazarlo y al agarrarlo de la mano me di cuenta que su palma estaba morada”.

Después, según el relato de Cristina, se comunicó con su doctor, Carlos Campillo, quien enseguida le pidió que lo llevaran al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, donde consultaron a dos neurocirujanos; ambos coincidieron en los peligros de practicarle una operación, había 95 por ciento de probabilidades de que quedara en estado vegetativo.

“Jamás le hubiera hecho a José Emilio semejante cosa, ni siquiera a cambio de tenerlo en casa. Nunca lo hubiera querido ver convertido en un vegetal y en hacer lo que más amaba en la vida: leer, escribir y caminar. Mis hijas y yo estuvimos de acuerdo en que no se hiciera la operación, y él murió lentamente, pero en absoluta tranquilidad: se quedó dormido y se fue a su sueño, el sueño de su poesía”.