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Martes , 18.09.2018 / 23:19 Hoy

Ensayo: J.M. Coetzee, el novelista incómodo

El ensayista Diego José explora la obra del autor sudáfricano a propósito de su visita a México 

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El Premio Nobel de Literatura está en México invitado por la Universidad Iberoamericana. El 6 de abril recibirá el Doctorado Honoris Causa y el 7 impartirá una conferencia sobre la censura. ¿Cuál es el alcance de su obra? ¿Hacia qué territorios apunta su visión poliédrica? Este ensayo da cuenta de esas interrogantes.

J. M. Coetzee: el novelista incómodo

Diego José

Alguien dijo que uno vuelve al trigo por necedad o por placer. Algo parecido sucede con la lectura: volver a ciertos autores que nos obsesionan termina convirtiéndose en un acto de reincidencia cercano al vicio. Algo simple de contraer: se trata de unas cuantas oraciones, a veces un párrafo voraz, una línea de pensamiento que abre brecha hasta el fondo de la conciencia. Por ejemplo: un hombre mayor es arrollado por un automovilista distraído mientras desciende por el camino habitual de regreso a casa, montado en su bicicleta. Lo que tenemos es un personaje ubicado en una situación específica, nada sabemos de él, solo una acción, quiero decir: un golpe, un accidente, y después —no antes sino después— una novela: todo cuanto le acontece a una persona tras un duro percance que altera su existencia. La historia relata el regreso de Paul Rayment a una vida ordinaria brutalmente distinta: “No es la primera persona en el mundo que sufre un accidente desagradable ni el primer anciano que se encuentra en un hospital con gente joven bienintencionada pero en última instancia indiferente que cuida de él de forma puramente mecánica. Y una pierna de menos… ¿Qué es perder una pierna, desde una perspectiva global? Desde una perspectiva global, perder una pierna no es más que un ensayo para perderlo todo. ¿A quién le va a gritar cuando llegue ese día? ¿A quién va a culpar?” (Hombre lento, 2007).

John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, 1940) es uno de esos autores que provocan con sus oraciones, que obligan a estar atento, a coincidir o discrepar; sobre todo a estremecernos. Me parece que la literatura arroja verdades sin proponérselo, cuando aquello que importa es la escritura sin atavismos ideológicos, porque se arriesga a inquietar y remover la pasividad de los lectores. Hay conflictos que merecen abordarse y comprenderse desde la ficción más allá de la complacencia lectora, porque nos permite vislumbrar y advertir la ausencia de sentido entre la relación del pasado con el presente, como afirma su alter ego Elizabeth Costello: “la novela indaga sobre las contribuciones, el carácter y las circunstancias que producen el presente. La novela sugiere cómo podemos explorar el potencial del presente para producir el futuro”. La autenticidad de J. M. Coetzee resulta de una profunda concepción de la problemática humana en su complejidad trágica, capaz de ponernos en situación de ver nuestras debilidades e imaginar las debilidades ajenas.

Literatura compleja e incómoda por dos razones: por su estructura poliédrica que suele confrontar los procedimientos convencionales de la narrativa, y por esa ardua inmersión en las zonas ásperas de la psique humana que caracteriza a la mayoría de sus novelas. Desde Tierras de poniente (1974) aparece esta doble ambición que entreteje los nudos de una poética sobre los límites racionales del dolor y la expiación.

En medio de ninguna parte, su segunda novela, publicada en 1977, es una obra que de golpe conduce al lector al espacio desolado que habita Magda, la protagonista, no solo la hacienda paterna sino el tortuoso lugar de su pensamiento, desde donde construye las historias que su soledad le arroja. Digo historias porque lo que leemos es precisamente una especie de diario que delinea la relación padre-hija, ama-servidumbre, hembra-macho en un territorio sin escapatoria. Coetzee penetra a fondo en el inconsciente de sus personajes, obligándolos —junto con el lector— a la revelación de sus límites ulteriores.

Una de las habilidades que mejor domina J. M. Coetzee —perceptible en cada uno de sus libros, pero especialmente notoria en Vida y época de Michael K. (1983), El maestro de Petersburgo (1994) y Desgracia (1999)— es el equilibro entre la indefinición vital y el rigor narrativo. ¿Cómo alcanza este balance?: la consistencia escritural de su prosa permite que sus personajes puedan desarrollarse con libertad plena dentro del preciso y exacto entramado de sus historias; sin embargo, el lector se conduce con la sensación movediza de la incertidumbre que aqueja a los personajes, logrando una cercanía abrumadora cuya resonancia trasciende, incluso, las leyes de la empatía. Pero, además, Coetzee lo hace con inusitada belleza estilística.

En Esperando a los bárbaros (1980) concibió una atroz alegoría del miedo que mueve a los imperios a perseguir a quienes considera sus enemigos. Esperando a los bárbaros pone al lector ante la situación extrema de la violencia producida por los injustificables miedos del poder. En un fuerte fronterizo, los ejércitos del Imperio emprenden una campaña de persecución contra los nómadas que viven en los valles, por considerarlos una amenaza. Solo el magistrado del pueblo intenta oponerse a tales acciones, pero su débil pronunciamiento le hace sufrir terribles vejaciones que, por contraste, lo fortalecerán como símbolo de la resistencia. Coetzee muestra sin dobleces el salvajismo endémico de nuestra civilización. Esperando a los bárbaros concentra una apabullante parábola que resuena, hoy como nunca, en la ilusoriedad de nuestras fronteras: “¿Cómo podemos ganar esta guerra? ¿De qué sirven las operaciones militares aprendidas en los libros, las redadas y las incursiones de castigo en el corazón del territorio enemigo, cuando podemos ser desangrados hasta la muerte en nuestra propia casa?”. Esta novela constituye un vigente alegato contra las imposturas hegemónicas de nuestros discursos políticos.

El asunto radica en las circunstancias dentro de las cuales suceden sus historias, así como en el montaje narrativo que las determina; pero sobre todo, en los personajes a quienes les acontecen tales hechos. La variabilidad de su registro, en cuanto a voces, personalidades y contextos resulta impresionante. Aunque algunos críticos señalan como telón de fondo a Sudáfrica —véase principalmente En medio de ninguna parte, Esperando a los bárbaros, Vida y época de Michael K, La edad de hierro y Desgracia—, la narrativa de Coetzee supera esta condición, puesto que mira más allá de un contenido social y de una realidad histórica definitiva. Por ejemplo: en Foe (1986) recrea, reinventa e interpreta la historia de Robinson Crusoe como una apostilla sobre los símbolos del colonialismo; o bien, en El maestro de Petersburgo utiliza la figura de Dostoievski como personaje de una novela que trata de las íntimas contradicciones del ser, más que sobre la prospectiva del escritor. Sin asumirse como biografía, El maestro de Petersburgo retrata al autor de Crimen y castigo desde un enfoque intimista.

A través de su literatura, Coetzee ha demostrado que le atrae la posibilidad de hacer que la ficción juegue un doble papel, en el cual la literatura se convierte en un motivo y en una cuestión literaria, que sirve como pretexto para reflexionar sobre los demonios que aquejan al ser humano, reflejo de la problemática histórico-social y de las diferentes formas de vulnerabilidad de nuestra época.

Extraigo de la novela La edad de hierro (1990) —ese intenso, deslumbrante y hermoso testimonio de una mujer que lucha contra el cáncer, pero que deviene símbolo de la tierra sudafricana post apartheid— una observación que describe la esencia y el carácter de la literatura escrita por J. M. Coetzee: “Tucídides escribía sobre gente que hacía normas y las cumplía. Siguiendo las normas mataban a pueblos enteros de enemigos sin excepción. Estoy segura de que la mayoría de los que morían sentían que se estaba cometiendo un error terrible, que fuera cual fuese la norma no podía estar dirigida a ellos. ‘¡Yo…!’ era su última palabra mientras les cortaban las gargantas. Una palabra de protesta: yo, la excepción”.

Octavio Paz dijo que la excepción es parte del reino de la belleza. La literatura tiene mucho que ver con la diferencia: la más alta, intensa, estética y loable literatura se da por excepción. Esta individualidad distingue a los grandes creadores. J. M. Coetzee es una de esas excepciones.

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