• Regístrate
Estás leyendo: Enrique Vila–Matas: cartas de creencia
Comparte esta noticia
Sábado , 23.06.2018 / 07:02 Hoy

Enrique Vila–Matas: cartas de creencia

Los paisajes invisibles

Publicidad
Publicidad

Iván Ríos Gascón

En Marienbad eléctrico, Dominique Gonzalez–Foerster no solo concibió otra forma de escribir novelas sino que se sumergió en la obra dentro de la obra dentro de la obra y así, al infinito, porque como su interlocutor, un tal EVM, él sí prosista por naturaleza, ella también tenía una calle Rimbaud a la que volvía constantemente. Esa arteria, para ser exactos, la define EVM como el sitio que más se frecuentó en la infancia pero su virtud es la del corredor de formación, de educación sentimental, es la primera vía que funda un orbe literario con sus tenderetes, cines, librerías y todo tipo de estanquillos. La calle Rimbaud es el enclave que se suele recordar con arrebatos de nostalgia, la región a la que siempre se regresa con largas zancadas de memoria.

Toda la gente tiene una calle Rimbaud, aunque se empeñe en ignorarlo: en aquel paseo íntimo, secreto, se rinde homenaje a lo que se ha ido, lo que fue esencial durante un tiempo, y su significado es privativo pues rara vez posee la misma trascendencia para dos o más mortales. Comenta EVM: “Avanzar por el desierto de la vida ha servido para constatar que al final apenas queda nada en pie de nuestro mundo, del decorado que nos fue propio, de nuestra entrañable calle Rimbaud, allí donde estaba todo nuestro mundo, y ahora simplemente no está. Nada, apenas nada queda. Solo podemos ver un viejo camino en el que el tiempo, a las puertas ya del desierto, ha escrito el fin abrupto de nuestro mundo, del mundo”.

Y es que EVM intuye que en la geografía interior yacen polvos a la espera del big–bang espiritual, el que repercute en la imaginación y altera la vacuidad profana para desmoronarla en universos de posibilidades infinitas. Quizá es por eso que tras cientos de páginas redactadas en cuartos de hotel, en ciudades dispersas y habitaciones desoladas, después de tantos personajes fabulosos y recuerdos inventados es ahora, a sus 67 años, que EVM se improvisó su Marienbad con un cuaderno de notas invisibles e instantáneas congeladas por el improbable obturador de una cámara que no suele llevar consigo ya que, a decir verdad, tampoco existe, aunque cada escena de sus cuentos y novelas sea tan detallada que resulta imposible no pensar en la fotografía que las contiene.

Marienbad eléctrico. Reverencia no a una película de Alan Resnais ni a La invención de Morel de Bioy Casares (texto en el que se inspiró Robbe–Grillet para su guión incomprensible), sino ofrenda al arte novelesco y tal vez autorresumen: esta nueva novela de EVM tributa al arte puro, quizá sea mejor decir, a la creencia. A través de la enigmática, fascinante artista Dominique Gonzalez–Foerster, instaladora sin taller ni planeación escrita sino provocadora irreflexiva, el escritor discurre sobre la naturaleza y los efectos ulteriores de la estética del mismo modo en que la veía Duchamp: “Me gusta el verbo creer. En general, cuando alguien dice , es que no sabe sino que cree. Creo que el arte es la única forma de actividad por la que el hombre, como tal, se manifiesta como verdadero individuo. Solo gracias a ella puede superar el estadio animal, porque el arte es una salida hacia regiones donde no dominan ni el tiempo ni el espacio. Vivir es creer; al menos es lo que yo creo”.

Siempre he pensado que los libros de Enrique Vila–Matas no son ficciones sino cartas de creencia. Adictivas, contagiosas, le restituyen al lector la certeza de habitar otras regiones en las que la vida sí vale la pena de ser vivida: como cuando volvemos a nuestra íntima calle Rimbaud, la rambla autobiográfica, y el único equipaje es una historia abreviada de la literatura portátil.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.