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Martes , 16.10.2018 / 06:01 Hoy

Encuentro con “La Araña”

Los “dealers” de la UNAM viven esquivos e histéricos. Desconfían hasta de las piedras. Lo que era práctico y fácil se ha convertido en una experiencia hostil...

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La cantidad de cocaína que he pedido resulta excesiva. Los ojos de La Araña recorren con insistencia mis manos y las bolsas de mi chamarra. Buscan grabadoras o cámaras. Desde la balacera en la UNAM que dejó dos muertos (hace cuatro semanas), ha vivido a salto de mata. Opera en lugares insólitos, como aquí: atrás de la Sala Nezahualcóyotl, y cambia su nombre dos veces al día. Esta mañana es La Araña. Usa jeans y una playera blanca. Carga una mochila a la espalda. No tiene más de 25 años. Puede ser un estudiante. La inquietud en sus ojos se extiende a sus palabras:

—No sé… es un chingo —la voz de La Araña es ronca y áspera y mira el suelo cuando habla.

Mediodía en el Centro Cultural Universitario. Domingo. Estamos rodeados de piedra volcánica. Abajo a mi derecha la gente desayuna en la terraza del restaurante “Nube Siete”. La OFUNAM, bajo la batuta de Massimo Quarta, interpretará la Segunda Sinfonía, “India”, de Carlos Chávez en pocos minutos.

El contacto de La Araña me lo dio Santiago, estudiante de arquitectura que desde hace un año le compra mínimas cantidades de cocaína cada 15 días. Le escribí a La Araña un mensaje de celular con las palabras claves que me dio Santiago y me respondió con las coordenadas de nuestra cita; me dio a entender que no tendrá problemas en venderme la excesiva cantidad de cocaína que yo pedía. También me informó: “Mañana por la mañana seré La Araña”.

Santiago me advirtió que desde la balacera (y las múltiples detenciones que se desencadenaron a raíz de ésta), los dealers de la UNAM viven esquivos e histéricos. Que ahora desconfían hasta de las piedras. Que lo que antes era tan práctico y fácil —comprar droga en territorio universitario— se ha convertido en una experiencia hostil, tensa e indescifrable en donde pueden olerse descontrol, deseo de venganza y violencia.

—Es para una fiesta —le digo a La Araña y él mira mis manos, las bolsas de mi chamarra y algo que siento moverse a mi espalda. Volteo.

Un hombre con cachucha negra de entre 40 y 45 años se acerca hacia nosotros y permanece de pie a unos 15 metros. Observa a La Araña y se mece el cabello; La Araña, al verlo, le hace una seña breve con los dedos. El hombre sigue avanzando, pasa a nuestro lado en silencio y se dirige hacia la Hemeroteca Nacional.

—No mames —murmulla La Araña y por primera vez me mira a los ojos. Así, de frente, su rostro (imberbe de tersa piel color tamarindo) parece más joven, casi adolescente. Lo que inquieta es la expresión desconfiada y ansiosa de su mirada.

—¿Entonces?

—A ver, sígueme —y La Araña se da la vuelta y comienza a caminar con dirección a la Hemeroteca.

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