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Jueves , 21.06.2018 / 23:25 Hoy

En un casino de Plaza Universidad

Pienso que es el lugar más triste para ir a divertirse. No existe la convivencia. Te obliga a una soledad violenta de abstractas fantasías laberínticas que nunca terminan.

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Hugo Roca Joglar

Dolores no ha dejado en toda la noche la ginebra: es la única borracha homogénea del trío. Sofía cruzó mezcal con ron y cerveza; yo, vino, anís y carajillo. Es martes. En la Del Valle, entre semana, los bares cierran a las dos de la madrugada. Qué temprano para matar nuestro reencuentro, dice Sofía, y Dolores sale con una idea rara: ir al casino, que suena a fantasía etílica, pero nos subimos a un taxi y llegamos a Plaza Universidad a las 2:46. Noche cerrada. Mucha suerte, dice el chofer con una expresión entre cortés y ajena en la que quiero escuchar de reproche.

Ésta es la zona en la que fui adolescente, pienso, de este lado de Popo está mi secundaria: el Instituto México, y para allá, sobre avenida México, la Cineteca. Y de pronto, a través de los pasillos de un centro comercial vacío, pasamos de la noche a un amplio cuarto de alfombras rojas, maquinitas brillantes, mesas de póker y aire acondicionado.

Al fondo a la izquierda está el restaurante. Comida completa con cerveza: 70 pesos. Dolores cambia la bebida por ginebra y paga la diferencia. ¿Van a jugar?, pregunta, seco, un camarero de uniforme azul y blanco cuya placa lo identifica como Carlos. Sí, ¡vamos a jugar!, dice Sofía y el camarero se relaja. Las cuatro de la mañana.

Nos hemos desbalagado. Dolores juega cartas con un vaso de ginebra en la mano y una sonrisa procaz pintada en los labios. Sofía recorre los limpios pasillos de máquinas que brillan. Va de una a otra rápida y eficaz, con su falda larga y sus pies grandes. Yo he subido al primer piso: el lugar de los apostadores deportivos…

Un hombre —¿45?, cabello chino— bebe café de cara a 13 pantallas de diversos tamaños por donde se transmiten carreras de caballos y galgos, un partido de rugby y otro de futbol de la liga profesional china. El hombre lleva los dos botones de la camisa abierta y de su expresión sombría, casi de ira, deduzco que está perdiendo dinero o le duele mucho la cabeza. Cerca de él, una mujer —¿35?, cola de caballo— habla por teléfono; su voz es suave, casi un murmullo. Mira la alfombra mientras habla y con el índice de la mano libre —izquierda— traza pequeños círculos en el aire.

Pido una cerveza. Pienso que éste es el lugar más triste posible para ir a divertirse. Aquí no existe la convivencia. El casino te obliga a una soledad violenta de abstractas fantasías laberínticas que nunca terminan. Son casi las cinco de la mañana. Entonces busco aferrarme a una realidad y apuesto por un galgo de nombre Mormón III que está a punto de correr en el carril número tres de un torneo en Turquía. Es un perro veterano en el que ya nadie cree. De ganar, me daría 700 veces más dinero del que aposté.

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