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Sábado , 18.08.2018 / 02:50 Hoy

En las trajineras

Un grupo de jóvenes, todos con camisas de cuello inglés y con los primeros cuatro botones abiertos, logran mantener el equilibrio mientras beben ron con ‘coca’.

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Ciento setenta y ocho trajineras que han salido del embarcadero Nuevo Nativitas navegan por un canal de Xochimilco a las 5 de la tarde de un viernes (25 de agosto) de verano, cuyo cielo amenaza con lluvia y luego se aclara, una y otra vez, ya límpido, ya cubierto con negras nubes llenas de agua; sus humores inconstantes, este juego de atormentarse para luego brillar, cubren de una incertidumbre cromática —tonos lechosos que mutan a ocres; ocres que transitan por lo turbio hasta amarillos inclementes que palidecen a vertiginoso ritmo para adquirir de nuevo el tono de la leche— el desconcierto sensual de esta gigantesca borrachera acuática.

Dos carriles, uno de ida y otro de vuelta, se abren en el estrecho canal —su ancho oscila entre los 10 y 15 metros— y, en ambas direcciones, las trajineras —todas para 20 pasajeros con una gran mesa en medio— avanzan una detrás de la otra —por momentos se tocan— con una lentitud de avenida en hora pico que contrasta ante el frenético movimiento de los jóvenes cuerpos dentro de los navíos: todos se agitan, todos cantan y todos brincan.

De alguna manera entre acrobática e histérica, siete adolescentes logran mantenerse entrelazados, gritar, dar saltos, y con el brazo suelto beber ron con coca de vasos rojos de plástico, sin perder el equilibrio. Los siete son hombres y llevan camisas de cuello inglés, con los cuatro primeros botones abiertos.

Maniobrando entre los dos carriles del canal, navíos mucho más pequeños —para cuatro pasajeros— llevan mariachis que se rentan por hora o canción. Ya nadie los contrata: la moda es rentar bocinas y poner reguetón. Envalentonada con reguetón, una joven mujer de cabello pintado de verde le enseña al lanchero una teta (la izquierda) a cambio de manipular el remo durante dos minutos —“al fin”, le dice, “estamos sin movernos”— y con la ayuda de sus amigos coloca el remo en la proa y, una vez que se ha cerciorado que está estable, enreda sus muslos en el palo y de un segundo a otro su cabeza está abajo y sus dos fuertes piernas se deslizan desde arriba, ágiles, sinuosas, provocativas, por la vara de madera hasta que la cadera llega al suelo y la muchacha se incorpora elegante y altiva, con la mirada llena de chispas.

Son las 6 de la tarde y muy cerca del embarcadero flota un pato muerto. Su cadáver rígido, con el pico escondido dentro del agua, choca contra el costado de una trajinera. Es una trajinera sin música ni baile. En la mesa hay dos botellas vacías de tequila y 15 latas de cerveza. Sus cuatro integrantes —dos mujeres y dos hombres— lucen abatidos. Uno de los hombres, el que va sentado al fondo, se queda viendo al pato muerto con el interés inestable del borracho y, en silencio, sin cubrirse con las manos los ojos, comienza a llorar.

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