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Viernes , 25.05.2018 / 10:30 Hoy

En la Parroquia de María las señoras se molestan

Un "franelero" entra y los ojos de la mujer se convierten en cuchillos... él se santigua de prisa y desaparece.

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Hugo Roca Joglar

De rodillas en la Capilla Guadalupe de la Esperanza de María en la Resurrección del Señor recuerdo a mi abuela materna y su casona de la Narvarte. Una mujer de voz imponente —por una seca contundencia— y su jardín con columpio lleno de árboles en donde alguna vez vi con fascinación la silueta de un ratón bajando por el cuerpo de una serpiente. Extraño juegos, regaños y todas las cosas que se me perdieron con ellas…

Hincada cerca de mí, una mujer reza. Los ojos cerrados. Toda expresión ha desaparecido de su cara. Se diría dormida entre sueños plácidos… salvo por sus dedos sin anillos que rápidos y hábiles desgranan un rosario. La he visto caminando por la colonia (Parques del Pedregal) con sus dos histéricos schnauzer enanos que se cagan en la banqueta y ella no levanta las cacas. Digna, elegante y altiva —a los ¿70? no se pinta las canas y su blanco cabello le da un aire bello y solemne a su rostro, de anciana contenta—; de paso lento y siempre muy seria. Ahora, postrada, luce tan serena; entregada en cuerpo y alma a sus plegarias y penas.

De pronto, sucede el incidente.

Un franelero de chaleco amarillo entra a la capilla en estricto silencio, con su escaso bigote negro y cachucha entre las manos. La mujer voltea y sus ojos se convierten en cuchillos; su gesto entero pasa de un instante a otro de la contemplación a la violencia. El franelero se santigua de prisa y desaparece.

Me pongo de pie y salgo de la parroquia. Su arquitectura —por inusual, por ostentosa, por imponente— no deja de sorprenderme: representa un ángel con los brazos extendidos, pero a mí siempre me ha parecido un enorme barco encallado en los paganos laberintos de cemento del segundo piso del Periférico.

El franelero limpia un coche negro en el estacionamiento. Lleva la cachucha puesta. “¿Por qué no entró a rezar?”. Mi pregunta lo sorprende. Da un respingo y mira el suelo. “No, es que luego las señoras se molestan”, su voz es tersa, de una claridad suave y templada. Frota el techo de la camioneta con su trapo para indicarme que nuestra conversación ha terminado.

La mujer sale de la capilla y se dirige hacia su camioneta blanca —vive a dos calles, pero llevar auto a la Iglesia es una costumbre inviolable—. Está vestida con simpleza; conjunto gris: pantalón y blusa de manga larga. Cuello y muñecas desnudos. Su piel es rosa, arrugada y muy pálida. “¿Por qué le molesta que el franelero rece en la capilla?”. Mi pregunta la molesta. Me mira un segundo y se mete a su coche. “No sé de qué me habla usted…”. Su voz es bamboleante; va y viene, entre agudos y graves, por falta de aire. La mujer prende el motor y se echa de reversa.

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