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Martes , 23.10.2018 / 14:12 Hoy

En el infierno de Dante no existen máquinas de escribir

Nadie debe volver a lo que fue ni regresar a los pensamientos de noches desesperadas. Jamás releer las páginas que escribí, que alimenten a la nada, ¡que se escapen!, mudas, solitarias.
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Era como una ametralladora. Quisiera saber. Acumulando al paso del tiempo: cientos y cientos de ellos guardados en cajas. Arrastrando en el peso deforme de los años las cajas de cartón que los contienen. No recuerdo el primer poema, no recuerdo la primera vez que me senté a escribir. Quisiera saber. Plaza de la República está desierta, atrás quedó el Hotel Arizona, con ventanas que guardan secretos de asesinos y puertas quebradas por el tiempo. El miedo es una herida. Los llantos de la velas se apagan en alguna habitación inundada de guerra intermitente. Mi corazón es un bombardero, una carretera que no existe. Arrojados en la noche, nosotros, los desheredados, llevamos estigmas en los brazos, sangramos entre copas de mezcal. El silencio es el embrujo, nuestra cámara fúnebre, la ola que espera al suicida para partir su espina dorsal hasta convertirla en polvo. Era como una ametralladora, el hacha que corta la noche nos seduce. Diecisiete años, la única compañía: mi sombra. Era como una ametralladora disparando versos. Estos jugadores modernos de casino, sin la grandeza de El Jugador de Dostoievski, me da tristeza ver a todas esas personas en las máquinas tragaperras, en mi familia existen antecedentes de ludópatas, trato de huir de aquellas máquinas que terminan tragándote, excepto de la máquina de escribir; te traga de otra forma, como la muerte. Todos ellos, guardados en cajas, esperan mi muerte. Nadie debe volver a lo que fue, nadie debe regresar a los pensamientos de noches desesperadas, nadie debe abrir la puerta del silencio. Jamás releer aquellas páginas que escribí, que alimenten a la nada, ¡que se escapen!, mudas, solitarias, que huyan como los prisioneros de guerra al derribarse las rejas. La música me arrebata el tiempo. Todavía no lo entiendes, es como ir a un templo, purificarte, escribir es: llorar. También descender, entrar al fango de la memoria y el olvido.

Me detengo en la esquina de Ezequiel Montes, ruidos de bares, botellas de Marqués del Riscal reserva especial, por abrir. Conversaciones que son navajas. Voces distantes que cortan el aire envenenándolo de esperanza. Las personas apresuradas: equilibristas en la cuerda de su destino, intermitentes, desoladas, caminan a ciegas, buscando algo. Ríen, se atreven a reír permanentemente. La hemorragia de un verso se extiende entre las piernas de la mujer a la que plantó su amante.

—¿Tienes fuego?

—No fumo.

Los autos detenidos se amotinan como presos, llueve, la ciudad es la voz sucia de Dios que nos escupe.

—Jamás perdonó a Luzbel.

—¿Maldad o soberbia?

—Miedo a su belleza.

Ciudad: arrópame con tus pensamientos, quiero resbalar entre el vacío de tus besos.

Igual que el ciego, escuché, cuando las sombras vaciaron mis ojos. Ante la añoranza de una visión suicida, el amor me sostenía. Cuando tuve enemigos: decidí perdonarlos. El perdón es el acto más amoroso. Cuando me quedé sin amor, ahí estaba la palabra: el único fuego posible ante la soledad. Dentro de mi piel no existen marcas inútiles, brotan en la premura de un llanto de felicidad. Me quedé sin lengua cuando las llamas lamieron mi cuerpo. Dormida, aquella bicicleta inmóvil del hombre que besa hachas y cuchillos. En el infierno de Dante no existen niñas descuartizadas en cada estación del año, despojadas de sus órganos, cubriendo en tiempos de nieve los tiernos brotes de la tierra. En el infierno de Dante no existen máquinas Olivetti Lettera 32.

—¿Por qué escribes?

—Quisiera saberlo.

La pregunta sin respuesta. Me detengo cerca de un local, observo a las personas que pasan. Una voz que no es la mía me detiene, me pregunta si busco a alguien, una mirada, ese hombre camina ahora a mi lado, decide que no podemos hablar en la calle, exige hablar en privado. Caminamos hasta el Hotel Arizona, subimos a la habitación. Otra vez perdí el encendedor. Bajo a comprar uno. He dejado a un extraño en mi cama, ¿qué podría llevarse? Una maleta, mis escritos, la cajetilla vacía de cigarros que está tirada en la alfombra. Estoy recargado en la puerta del hotel, deseando que ese hombre se lleve mi maleta, las hojas atascadas de mí, ahora el extraño soy yo, el humo es la metáfora de los años muertos. Los autos siguen detenidos, un coro de claxons derrama rabia en toda la calle, el Monumento a la Revolución jamás me pareció tan grande. Ahora el extraño soy yo, ahora soy libre, puedo ir de un lado a otro en mi cárcel, la más grande: libertad. Fumo, el cigarro se consume junto a mí, se retuerce en el momento efímero que es tan solo ceniza de espíritu, derrota, querido cielo, las alas nievan rozando el aguardiente del amor. Querido cielo, el crepúsculo anuncia lo quirúrgico de tus silencios. Subo despacio, he olvidado la llave. Toco, una grieta de tiempo se detiene cuando la puerta se abre. Ahí está, nos sentamos en el borde, la cama es un abismo, todo parece tan absurdo que cobra fuerza esta forma de azar llamada: encuentro.

—¿Por qué me preguntaste si buscaba algo?

—Estabas esperando a alguien, buscabas a alguien, algo.

—No busco nada. No esperaba a nadie. No busco a nadie.

—¿Dé dónde eres?

—¿Por qué preguntas?

—Tu acento, ¿cómo te llamas?

—Javier Corcobado.

—Nadie puede llamarse así.

—Tienes razón.

—¿A quién buscabas?

—A ti, te esperaba.

—Estás loco.

—Quisiera estarlo.

—¿Qué quieres?

—Mátame, estás en peligro de muerte.

Esas palabras que parecen pronunciadas por otro, sin duda, el extraño soy yo, me gustaría decirle algo, pedirle perdón. La rabia se apodera de sus ojos, este hombre ha matado, este hombre dispara sobre la noche, un hombre con ojos de lince y alma de puta. Nadie me besará cuando yo muera, nadie me amará cuando me muera. Tal vez el silencio de una habitación es el pretexto para matarme, en la calle es más difícil matar a alguien. Miro la maleta, las hojas escritas desparramadas sobre el buró. Las ha revisado en mi ausencia.

—No puedo matar a un hombre que escribe.

Sale. Le suplico que regrese, ahora otra vez estoy solo, una vez más. A veces la muerte es un sicario, un asesino torcido, homicidio imprudencial, una mujer buscando venganza, un vaso de veneno o una soga, a veces la muerte es un lamento de felicidad, querido cielo: no quiero morir, lárgate lejos de mi canción. En el infierno de Dante no tengo un sitio. No busques nada en mis ojos habitados por sombras. Soy el perro enfermo tumbado en la nieve, esperando la muerte que en realidad es la vida. Yo soy la moneda que arroja un hombre desgraciado en un bolsillo roto. Los versos rezan a dioses crueles. Cuando supongan que desaparezco, estaré ahí, entre ustedes. Besaré sus ojos con mis demonios. Te sentarás a mi lado en la oscuridad de un cine. Nadie me detendrá, estoy dentro de ti. Sé que la muerte será mi legado.

* Crónica tras entrevista con el poeta y músico: Javier Corcobado.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).

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