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Lunes , 16.07.2018 / 05:34 Hoy

En casa ajena

Una serie dedicada a reflexionar sobre el significado del 68 mexicano con cinco evocaciones de escritores nacidos ese año, cinco momentos que invocan la memoria familiar y la experiencia personal 


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José Antonio Aguilar Rivera

Nací en 1968, unos cuantos meses antes de la matanza del 2 de octubre. Mis dos padres, universitarios, fueron profundamente marcados por el movimiento. Muchos miembros de mi familia participaron activamente: en las marchas, volanteando y discutiendo acaloradamente con amigos. Una tía tuvo que esconderse al día siguiente de la masacre. Todos estaban involucrados de una forma u otra. Eso es lo que escuché creciendo. El Movimiento era una gesta épica, heroica, de toda una generación. Para mí fue muy importante el 68 porque hasta él puedo rastrear cierto ánimo iconoclasta que se manifestó cuando tuve edad suficiente para llamar a cuentas a esos relatos de guerra de mi niñez. En parte se trató del parricidio intelectual y político que los hijos deben consumar para hallar su propio lugar en el mundo. Con todo, pude haber adoptado las deidades familiares, pero algo en esa piedad devocional me sublevaba, y me subleva aún. Creo que era porque el recuento del 68 a menudo se comparaba con la supuesta mezquindad e indiferencia de mi generación, que no creía en nada, que no tenía ideales y que, por supuesto, no había estado en la plaza de Tlatelolco esa fatídica tarde de octubre. Otros miembros de mi cohorte, que este año cumple 50 años, adoptaron como suyo el recuerdo de sus padres y desarrollaron una nostalgia vicaria. Eso fue lo que vi en el CEU de mediados de los ochenta: los hijos querían estar a la altura de sus padres, aunque su movimiento tuviera visos de farsa. Entendí todo esto cabalmente hasta que cumplí 30 años. En 1998 la revista Nexos me pidió un ensayo sobre el aniversario del movimiento estudiantil. Ahí escribí: “Con frecuencia creemos que las experiencias vitales que nos marcaron como individuos también cambiaron significativamente a esa comunidad imaginada que llamamos nación. Así nuestros relatos íntimos se entrelazan con la épica nacional que es transmitida a las generaciones que nos suceden. Al principio, la osmosis simbólica funciona bastante bien: por un tiempo los herederos de las gestas heroicas las reverencian con devoción. Honran un recuerdo que es a la vez propio y ajeno. Sin embargo, la memoria colectiva no es intemporal. Con el paso de los días y las noches el mito comienza a desgastarse. Lo primero que se agrieta es su contundencia. Esa es la primera señal de decadencia: las fechas sacras no se cuestionan, se guardan. Paradójicamente, la pérdida del aura de inobjetabilidad expone estas gestas a la acción corrosiva de la memoria. La consecuencia inevitable es que comienzan los cuestionamientos y las dudas. Se trata de regresar a la historia. Y la vuelta es dolorosa”.

Creía entonces que la generación del 68 había sido autocomplaciente y había quedado a deber: “El 68 tiene muchas deudas con la historia. Y, tal vez, las más evidentes no sean las más importantes… Posiblemente la principal de ellas sea una evaluación mesurada y rigurosa —no intimista, testimonial, autocelebratoria o nostálgica— sobre el significado del 68 para la historia contemporánea del país. Ese balance está aún por hacerse. Es necesario abrir un espacio de reflexión y no solo de conmemoración. Los qués y los cómos abundan. ¿Qué exactamente fue lo que el movimiento estudiantil cambió y cómo? La simple constatación de que el país que existe hoy es muy distinto al de hace 30 años es claramente insuficiente. ¿Podemos, en efecto, rastrear todos los cambios positivos —libertad ampliada de expresión, aparición de partidos competitivos, elecciones en proceso de normalización, creciente pluralidad política en el Congreso y los estados— hasta el movimiento estudiantil?”

En 1998 llegaba al poder la generación del 68, así como ahora ha llegado la mía. A los 30 años no me impresionaba el récord de los hijos del movimiento: “Pocas generaciones han llegado a la vida pública en un clima de tanta efervescencia ideológica y cultural como la de los sesenta. El movimiento no auguraba nada menos que el surgimiento de una importante generación que catalizara la energía creativa de la protesta estudiantil. Por lo menos se esperaba una generación a la altura del Ateneo o los Contemporáneos. ¿Dónde está esa generación y dónde están sus libros clásicos? ¿Cumplió esas expectativas? ¿Estuvo a la altura de las circunstancias? También era de esperarse que ante el anquilosamiento del régimen posrevolucionario el movimiento del 68 con el tiempo hubiera dado origen a un nuevo partido socialdemócrata artífice de la transición democrática. ¿Dónde está —estuvo— ese partido? Por el contrario, la democracia se demoró en llegar casi tres décadas. El 68 produjo no una anónima fuerza de cambio y renovación, sino varias corrientes políticas con nombre. Algunas contribuyeron —y contribuyen aún— a la construcción democrática mientras que otras la retrasaron. Hijos del 68 son algunos de los actuales miembros de PRD, del gobierno, así como los guerrilleros de ayer y hoy. La generación del 68 ¿ayudó a liquidar el quebrado sistema político o prolongó su vida? ¿Diseccionó sus entrañas cuidadosamente? ¿Explicó por qué logró sobrevivir 26 años cuando supuestamente se encontraba agotado? Estas son algunas de las deudas que tenemos con la historia”. Hay más de un elemento de injusticia en este recuento. Ahora comprendo un poco mejor los dilemas de la generación de mi padre. ¿Será el juicio de nuestros hijos menos severo? Lo dudo. Qué ha dejado la mía. ¿Dónde están nuestras revistas intelectuales? Solo sobreviven las que fundaron nuestros mayores; hogares en los que todavía habitamos. No construimos nuestras propias casas. Y un día nos pasarán, qué duda cabe, la factura.

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