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Emmanuel Carrère. Los mundos de la no ficción

El escritor francés, quien este día recibe el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, dejó hace años la novela para intentar explicarse algunas vidas ajenas

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“La ficción me ha abandonado”: de esta manera Emmanuel Carrère (París, 1957) responde a la pregunta acerca del lugar que la novela ocupa hoy en su obra. Sus comienzos, sin embargo, se sitúan muy lejos de la escritura documental que caracteriza sus últimos libros. Aunque latente, su gusto por lo fantástico —la lectura de Lovecraft, según él mismo, cambió su vida— y por la ciencia ficción —como lo muestra su biografía de Philip K. Dick—, dio paso a una escritura híbrida, en constante búsqueda de la forma narrativa justa para contar las historias, ancladas en la realidad, que lo asedian. Fue con El adversario (2000) que su escritura tomó un rumbo distinto. A través de la vida de Jean–Claude Romand, quien asesinó a su familia tras haberse hecho pasar por un médico reconocido durante 18 años, Carrère logra hablar finalmente en primera persona y encontrarse a sí mismo: “Pasé cerca de siete años oscilando entre la ficción y la no ficción y finalmente una forma se impuso: la del documental que garantiza la exactitud de los hechos, aunque escrita en primera persona. […] Hasta entonces, había sido más bien hostil a usarla para mí mismo, ya que a veces se ve en ella una forma de exhibicionismo o de narcisismo. Pero hoy veo humildad en este uso del yo, pues no pretendo que lo que cuento sea la verdad objetiva, si es que algo así existe, sino solo el relato tan honesto como es posible de lo que pude ver, experimentar, comprender, desde mis límites y prejuicios”.

A partir de entonces, la materia de sus libros ha sido la vida de los otros, que un trabajo exhaustivo con documentos judiciales y administrativos, archivos personales, testimonios, le permite restituir con exactitud. Pues nada hay de ficticio en lo que escribe, lo cual implica una responsabilidad de la que es plenamente consciente. Sabe que tiene que asumir sus interpretaciones, sus errores y excesos, sin escudarse detrás de la ficción: “La frontera entre ficción y no ficción existe y es perfectamente clara. Uno de los criterios que determinan esta frontera es llamar a la gente por su nombre real. La cuestión de los nombres propios no solo es importante sino que también funciona plenamente para delimitar una frontera entre ambas. En un caso, uno debe responder por lo que dice; en el otro, uno puede resguardarse perfectamente detrás de la irresponsabilidad del autor. Aunque esto sea complicado, crea un contrato de lectura muy peculiar que me interesa en tanto que autor”. Ya que para Carrère el “yo” debe alejarse de sí para volverse un testigo, una voz en la que otras voces encuentran un eco.

Solo este uso de la primera persona le permite conseguir ser honesto y acercarse a lo que quizá es más humano en nosotros: nuestras fallas y mezquindades, toda esa parte oscura que escapa a la conciencia y que éstas revelan. La redacción de El adversario responde a esta exigencia: “Su historia es terrible y, por iniciativa propia, establecí una relación personal con Jean-Claude Romand. No éramos amigos pero estaba fascinado y aterrorizado por lo que podía encontrar de mí mismo en su reflejo, y tanto en él como en mí había un lado manipulador”. Desde sus inicios, Emmanuel Carrère se debate con la locura —como lo dejan entrever El bigote o Una semana en la nieve—, con esa “ventana que se abre hacia el infierno” y que cada uno lleva dentro.

Sus libros son asimismo una manera de cuestionar su propia interioridad, de ahondar en lo que, no sin dificultad, llama su “desgracia psíquica”, que durante largos años lo afectó profundamente: “No he atravesado ningún gran duelo, disfruto de buena salud, no he conocido grandes problemas materiales. En cambio, fui gran parte de mi vida horriblemente desgraciado, y no dejaré que nadie diga que eso que sentía carece de importancia con el pretexto de que no tiene ninguna causa digna de ello y que tener sentimientos así es un lujo. La depresión, la tendencia melancólica, las conozco bien y hacen que la vida se vuelva un infierno”.

La escritura de Emmanuel Carrère no se reduce, empero, a la efusión autobiográfica; por el contrario, adquiere una dimensión colectiva al mostrarnos cómo lo más íntimo se inscribe en la historia. Así, Una novela rusa (2007) conjuga lo privado y lo colectivo al hacer un oscuro retrato de la Rusia contemporánea, que lo lleva a abordar el silencio que rodea la muerte de su abuelo, un emigrado de Georgia, desaparecido en circunstancias enigmáticas en 1944, al momento de la Liberación, después de haber colaborado con el enemigo alemán. Carrère cuenta así la historia de esa familia en la que creció, llena “de miedo y de vergüenza”, que vivió obsesionada en secreto por un fantasma. Paradójicamente, este libro que realizó en contra de la voluntad de su madre (Hélène Carrère d’Encausse, reconocida historiadora y miembro de la Academia Francesa) y que ocasionó serios “daños colaterales” en su entorno, le dio la posibilidad de reconciliarse con la vida: “Finalmente y no sin pena, decidí hacer caso omiso de ello y contar la historia aunque le fuera terriblemente doloroso que lo hiciera. Al transgredir esta prohibición, sabía que corría un verdadero riesgo, tanto para ella como para mí y nuestras relaciones. Lo hice porque tenía la sensación de que me era vital. Puede parecer un tanto exagerado, pero el peso de un pasado familiar como ese era enorme. No por nada mi madre se había negado toda su vida a hablar de la muerte de su padre y enfureció cuando supo que su hijo pensaba hacerlo, como si la amenazara gravemente, como si la matara al hacerlo. Sin exagerar, pienso que contar esa historia, dar una tumba a ese fantasma que asediaba a la familia desde hace dos generaciones, exorcizarlo… era en verdad vital”. Con este texto, el autor busca salvarse poniéndose en peligro y exponiendo incluso a los suyos, en particular a su madre y su pareja de la época, Sophie, con quien vivía una relación tormentosa, cuya historia inserta también en este entramado complejo. En aquella época, pensó que sería lo último que escribiría y decidió correr el riesgo de lastimarlas con una publicación que, sabía, diría más de lo que hubieran deseado: “es muy enfático decirlo de esta forma, aunque era lo que pensaba en aquella época: ¡me moriré pero al menos habré soltado algo!”

La concepción de este libro comenzó, como le ocurre con frecuencia, con la realización de otro proyecto, la de su documental Regreso a Kotelnitch (2003). Sus textos mantienen, en efecto, una fuerte relación con su actividad como guionista de películas y series, pero también como director. De ahí que el montaje sea tan importante durante su proceso de escritura que, en términos cinematográficos, describe como una acumulación de rushes a los que el montaje da sentido. Algo que le parece también hace el psicoanálisis, que ha tenido un lugar importante en su existencia: “pensaba que había un sentido, incluso si no lograba asirlo, en intentar hacer funcionar y disponer todo junto —y continúo pensándolo—. Lo cual tal vez no sea ajeno a la experiencia del psicoanálisis: un proceso de libre asociación, el rechazo de separar las cosas, el decirse que el yo —ya sea como ciudadano, amante, cineasta esporádico, investigador de la Rusia profunda de hoy, etcétera— sigue siendo el mismo. Y es esta unidad, de la cual no se puede escapar, la que espero haya dado forma al libro”.

Así, en uno de sus libros más estremecedores, De vidas ajenas (2009), Emmanuel Carrère logra reunir, mediante un montaje minucioso, acontecimientos y encuentros que lo llevaron a desplazar de nuevo su posición como escritor y a concentrarse en lo que le parece esencial: la capacidad de crear un nexo con los otros, de exponerse al apego. “Lo más valioso para mí hoy son los lazos con los demás, y no solo con la persona que amo: la capacidad de entrar en empatía es lo que me parece más difícil y, al mismo tiempo, lo más deseable”. Todo es distinto con este libro, que transforma el encuentro fortuito en una oportunidad de salvar algo dentro de la catástrofe, gracias a la literatura. Logra extraer vida de las muertes que relata con suma precisión: la de una niña de cuatro años durante el tsunami en el sureste de Asia, donde el autor se encontraba de vacaciones; la muerte de la hermana de su actual pareja, después de un cáncer devastador, que lo conduce a conocer a un juez discapacitado y enfermo que se ocupa de casos de endeudamiento y del que decide contar la historia. Al contacto de sus experiencias, de alguna manera Carrère intenta experimentar a su vez “una solidaridad incondicional con aquello que la condición humana comporta de insondable desamparo”. E intenta “arrancar del vacío” esas vidas tan diferentes de la suya que, como suele recalcar, no ha conocido grandes tragedias.

Con cada uno de sus libros, Emmanuel Carrère se reinventa, pero ante todo reinventa la no ficción, ampliando sus límites y abordando temas cada vez más inesperados. Pues algo que lo caracteriza es su habilidad para detectar un “buen tema”, que fue justamente lo que ocurrió con Limónov (2011), en donde a la par que traza la vida de este escritor ruso, de moda en Francia durante la década de 1980, elabora un autorretrato que explora su fascinación por él: “Después de publicarlo, muchos me dijeron: ¡qué buena idea tuviste al dedicarle un libro! Pero las pocas personas a las que les había hablado del proyecto antes de escribirlo y que vagamente sabían quién era, me decían: ¡estás loco!, ¿quién va a interesarse en la vida de ese horrible tipo? A pesar de eso, tenía la intuición de que ese personaje me permitiría escribir una verdadera novela picaresca y, al mismo tiempo, un libro de historia sobre el fin del comunismo”. Con El Reino (2014), mezclará el relato autobiográfico de su conversión religiosa con una investigación acerca de los orígenes del cristianismo.

Tal vez esta manera de saber reconocer en una historia ligada a la actualidad su potencial narrativo provenga de la importancia que el periodismo ha tenido en su labor como escritor, como lo demuestra Conviene tener un sitio adonde ir (2016), en donde recopila 25 años de artículos publicados en medios muy diversos. Ahí puede constatarse esa curiosidad tan suya que lo lleva a escribir sobre la primavera en la Rumania de 1990, el Foro Económico de Davos, su entrevista fallida con Catherine Deneuve, su pasión por Balzac y Truman Capote. Ningún tema parece escapársele. Su gusto por el riesgo narrativo lo lleva tanto a Calais, para hacer un reportaje sobre sus habitantes, como al Elíseo, a fin de escribir un retrato del presidente Emmanuel Macron, que prepara para el diario británico The Guardian. Ya que lo que interesa a Carrère es “poder escribir un reportaje de la misma manera en que escribo un libro”, es decir, “en primera persona y dándole vueltas al asunto, contando las cosas de manera un tanto sinuosa”, la única quizá que le ha permitido reconciliarse consigo mismo y encontrar un placer en la escritura.
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