El embotamiento marginal

Si hoy tuviéramos que adjuntar un adjetivo a alguna fuerza que defina la cultura de nuestra época, a nadie se le ocurriría pensar que fuera alguna editorial, o siquiera los libros como tal.
Roberto Calasso.
Roberto Calasso. (EFE)

México

Hace poco un amigo editor alemán que trabaja en la editorial familiar fundada por sus padres en la década de los setenta me contaba sobre los inicios de la misma, explicándome que sus padres eran unos idealistas medio punk que creían en el poder de los libros para transformar a la sociedad. Ahora su madre sigue trabajando en la editorial, y mi amigo me contaba que lo hacía con un ligero aire de nostalgia pues, enfatizó, “tienes que entender que en su época los libros eran algo muy importante”, dando por sentado que en la actualidad son más un vehículo de entretenimiento con el que ya prácticamente nadie soñaría que se puede cambiar a la sociedad.

Por otra parte, en un artículo publicado en el 2011 en el Corriere della Sera, Roberto Calasso se lamentaba sobre la “destrucción del perfil editorial” a favor de la homogeneización, a diferencia del siglo XX, donde el concepto de “forma” era tan importante que “daba quizá una impronta definitiva a la cultura de algunos países en algunos años”, como la “cultura Suhrkamp” de la que habló George Steiner para aludir al enorme impacto de la Editorial Suhrkamp en el debate de la Alemania de los años entre 1970 y 1990. Si hoy tuviéramos que adjuntar un adjetivo a alguna fuerza que defina la cultura de nuestra época, a nadie se le ocurriría pensar que fuera alguna editorial, o siquiera los libros como tal.

Lo anterior nos conduce a pensar que, si en efecto el libro es un artefacto crecientemente minoritario, que ya no incide en la cultura como alguna vez lo hizo, y que tampoco está hecho para que nadie se vuelva millonario, la homogeneización —tan visible con solo echar un vistazo a la lista de best sellers o de títulos destacados en la prensa y librerías (con notables excepciones en ambos casos)— es una necedad sin ningún sentido, que termina convirtiéndose en la gran amenaza actual a los libros. Si la lectura es para los raros, apostemos por editar y leer predominantemente buenos libros, dejando el entretenimiento plano a las decenas de otras opciones disponibles. Como bien dice Calasso, lejos de vivir una “democratización”, el mundo del libro propicia y participa del “embotamiento generalizado”, y la única forma de no sumirse en él a nivel individual es retomando el valor para tener juicios ajenos a la tiranía de las masas que alimentan al mercado. Si los libros ya no interesan a casi nadie, con más razón que se editen y lean aquellos que más valen la pena, en vez de continuar todos como manada leyendo libros pasajeros, destinados, según Calasso, a “alimentar la industria de las trituradoras de papel”.