• Regístrate
Estás leyendo: Elogio de la viuda
Comparte esta noticia
Jueves , 19.07.2018 / 05:45 Hoy

Elogio de la viuda

Ser viuda es una condición compleja: ser viuda de un escritor famoso es compleja con sujeto y predicado y derechos y festivales internacionales.

Publicidad
Publicidad

Martín Caparrós

Desayunaba sola, una mesa del fondo. Se apartaba, cada tanto, las famosas mechas blancas del camino de la cuchara con su cereal y su yogurt: la señora Kodama se aburría en el restorán del hotel Hilton. Sola, al fondo.

La señora Kodama, viuda Borges, es la Viuda por antonomasia. No sólo por su persistencia: la señora ya lleva 28 años de viudez sostenida, ya ha pasado dos o tres veces más tiempo sin Borges pero por Borges que con Borges. También lo es porque se hace difícil no relacionarla con esa quintaesencia de la viuda nipona, Yoko Ono, el Mal Rasgado.

Ser viuda es una condición compleja: ser viuda de un escritor famoso es compleja con sujeto y predicado y derechos y festivales internacionales. Ser viuda es vivir definida por una relación con un ausente; viuda de un escritor famoso es definirse en relación con la presencia de lo que hizo el ausente –ese señor, su Obra. Si pudiéramos hablar de viudas y viudos –o, según la grafía abominable, viud@s– sería que algo habría cambiado. Pero no: decimos viudas. La emancipación de las mujeres terminará de completarse el día en que el viudo de una gran escritora circule por las ferias.

Por ahora son señoras. Algunas más amables, algunas más detestadas, algunas despreciadas, otras muy queridas. Las hay: en esta FIL, sin ir más lejos, estuvieron Pilar del Río viuda Saramago, Silvia Lemus viuda Fuentes, Cristina Romo viuda Pacheco –y siguen firmas.

Ser viuda es disfrutar de una condición inalterable. En un tiempo donde todo es efímero, el amor sólo es eterno cuando uno de los amantes ya se ha muerto. La viudez está tallada en piedra: no tiene vuelta atrás. Es, por eso, la condición contraria a la de la mujer que se vuelve ex mujer.

(La ex mujer resulta, en nuestros países, un elemento decisivo: en estas democracias tambaleantes la ex mujer suele ser el arma final que revela las desviaciones y corrupciones de sus políticos ex maridos, sus ex maridos empresarios. Por su saber, por sus rencores, la ex mujer es la forma más clara de llegar –cual puñal afilado– al corazón de ciertos hombres fuertes y expulsarlos de su paraíso –que suele ser fiscal. La ex mujer se ha transformado en el mejor aliado de la transparencia, del periodismo, del escándalo.)

La viuda, en cambio, no puede ser ex viuda: su condición solo termina con su fin. Quizá sea esa seguridad la que vuelve a algunas levemente irritantes. Unas más que otras: no nos importa la viuda de un escritor que no nos importa; nos mortifica, en cambio, la viuda de uno de los nuestros –porque ya somos, de algún modo, su viuda, o querríamos serlo, pero la verdadera tiene el título y goza de los privilegios.

Quizá por eso nos resultan difíciles. Aunque algunas contribuyen lo que pueden a la leyenda negra. La señora Kodama, últimamente, persiguió ante la ley a un escritor argentino, Pablo Katchadjian, y a un español, Agustín Fernández Mallo, que habían hecho con Borges lo que Borges había hecho con la mitad de la literatura: tomar, usar, reformular. Y es una señora colérica que ha dicho, por ejemplo, que su marido consideraba a su gran amigo Bioy Casares “un cobarde”, pero que para ella era “un desecho humano”. Y lo dijo porque Bioy contó cosas que le decía Borges sobre otros –como ella, entonces, contaba lo que decía que le había dicho Borges sobre Bioy.

Pero estas son minucias, traspiés en la ancha vía de la literatura. Porque las viudas de prócer literario merecen el reconocimiento, estos elogios: se merecen nuestra gratitud inquebrantable.

Su servicio no tiene precio –o sí, pero no lo pagamos nosotros, los plumíferos, los que lo disfrutamos. Es simple: en general, una viuda de prócer se define por su tendencia a publicar todo lo que su cónyuge, en vida, desechó. Ése es su gran servicio a la literatura y, sobre todo, a los que la intentamos sin mayor fortuna. Al rascar los más bajos fondos de cajones cerrados, al lanzar a los vientos lo que sus maridos, con razón y justicia y pudor y vergüenza, quisieron enterrar, los vuelven más y más falibles, casi humanos; los vuelven alcanzables. Las viudas de los grandes escritores están ahí para vengarse: so pretexto de edificar sus monumentos, convierten a sus maridos en ese viejo que escribía tonterías. Y, con ese sacrificio, nos permiten decir ah también él, que es la forma más canalla de decir bueno, entonces lo mío no es tan grave.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.