El elíxir de Patricia Santos

Vibraciones.
Vibraciones
(Especial)

Ciudad de México

I

La ópera convoca a gente extraña, gente ávida de explicar la música con palabras. Falta poco para la obertura y, en la luneta, los hombres viejos aventuran adjetivos. Es ansioso su juego: ¿a qué suena L’Elisir d’Amore?, y por turnos dicen cosas como “chispeante”, “vertiginoso” y “muy vulgar”. Esto último lo grita un crítico ruidoso, famoso entre los melómanos por ser sordo, mientras agita las manos.

 

II

Tal vez nunca existió Donizetti: resulta sano dudar de hombre semejante. En 29 años de carrera escribió ¡71 óperas!, una cada cuatro meses. Más que Puccini, Mozart, Wagner y Tchaikovsky juntos. La velocidad con la que componía hace pensar en decenas de músicos trabajando bajo el nombre de Gaetano: una maquiavélica fábrica de arte lírico dirigida por algún empresario diletante preocupado por crear, entre el dionisiaco Rossini (renunció a la música para dedicarse al feliz arte de preparar una buena sopa) y el apolíneo Bellini (murió joven, aún bello, como un antiguo héroe griego), la figura que equilibrara la historia de la ópera decimonónica italiana.

¿Individuo o industria? Sea como sea, ahí está Donizetti. Tenemos su historia (enterró a tres hijos y a su esposa, sufrió la peor sífilis posible y murió a los 51 años en un manicomio) y tenemos sus óperas: las dramáticas exploran crímenes y sexo entre la nobleza británica (Ana Bolena, María Estuardo o Roberto Devereux); cuando son cómicas trazan crueles destinos de doble sentido, espejos y sombras.

 

III

Segunda llamada para L’Elisir. En la luneta, con acento inocente, las mujeres sueltan suaves palabras envenenadas. Hablan y hablan sobre cosas tiernas y alegres (“¿recuerdas a la última Tosca que vimos, esa niña taaan bonita?”) que en el fondo llevan escondido un ensangrentado cuchillo de obsidiana (“qué linda era pero ¡pobrecita!, le pusieron un Cavaradossi demasiado delgado para ella”). Así avanza su juego de veneno, y justo tras las últimas campanas una joven que viste largo abrigo londinense azul cielo para noches como ésta, con lluvia y luna llena, pregunta: “¿quién es la tal Patricia Santos que hoy canta Adina?”. Las luces del teatro se apagan.

 

IV

La heroína de ópera bufa habita en el lado oscuro del espejo. Y solo ocupa la superficie. Es la plana sombra distorsionada de otra mujer mucho más compleja.

Isolda, la hermosa reina trágica, se mató porque amó tanto que su amor puso en riesgo la estabilidad del universo. Adina es su cómico y cruel reflejo: la caricatura de sus peores días adolescentes, cuando su corazón latía en el caprichoso pecho de una rica tonta atormentada por los granos que le brotaban de la cara.

Isolda encontró en la aniquilación una manera de eternizar el amor a través de la nada. Adina, tras tener mal sexo con un sargento, por desprecio a sí misma se casó con Nemorino, el borrachín del pueblo.

 

V

Patricia Santos hace música porque cree en la magia. Las mismas cosas ya no son las mismas cosas cuando se cantan. Como personaje literario, Adina ofrece poco: bobas intrigas, diálogos huecos y falsas sonrisas. Pero cuando canta Patricia Santos, sucede lo impensado; en su voz elástica e indomeñable, Adina cobra vida en una dimensión musical, y ahí, entre un siniestro oboe que acompaña sobreagudos de ave, su historia resulta fascinante. La sosa jovencita de la Toscana se abre hacia una intensa experiencia sensual en la que se juntan muchas cosas para arder.

Adina le grita a Nemorino: “¡deja el amor constante! y sé como yo, que cambio cada día de amante”, y Patricia, para ser verdadera, recuerda: “¡yo también he hecho sufrir a algún Nemorino, para luego decirle que siempre sí!” Es entonces que canta y, aunque ella es la música, la música la rebasa y se proyecta hacia el público, cargada con el misterio de lo inexplicable.

 

VI

La ópera ha terminado. El crítico sordo ansía destacarse con el ruido de sus palabras: “¡horrible!”, “¡no dio agudo sin gallo!” Pero su alma está controlada por el odio y es como si estuviera muerto. Contenta y cansada en su camerino, Patricia Santos pone en agua un ramo de rosas rojas y blancas. Cantó con el alma y los hombres viejos sintieron que les cantaba a ellos. Los conmovió tanto ese canto íntimo que suavemente, uno a uno, fueron regresando en la música hasta remotos panoramas maternales del pasado. Ahora ya no saben nada, es como si fueran niños y estuvieran perdidos bajo la lluvia y la luna. En silencio salen del Palacio. Van hacia la noche, y la noche algo tiene de trágico.