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Sábado , 26.05.2018 / 03:44 Hoy

Elegía

Escolios


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Armando González Torres

Hace unos meses decidí que la vivienda donde se alberga mi biblioteca, agobiada por un luto, necesitaba un cambio de aires y la mandé pintar. Asumí que los pintores solo protegerían con plástico los libreros y los trasladarían de un lado a otro sin alterar su ordenamiento, no obstante, al parecer esto resultaba demasiado pesado y decidieron retirar los libros y luego volver a acomodarlos según su libre albedrío. Cierto, mi biblioteca no seguía ninguna clasificación convencional y respondía a un caos íntimo; empero, la inesperada, y todavía más anárquica disposición en que quedó me hizo observar lo que era un espacio familiar como un páramo desconocido, súbitamente desprovisto de las claves emocionales que le daban orientación y sentido. Poco a poco he ido recuperando las geografías de la biblioteca y restituyendo las afinidades entre sus habitantes, pero será un trabajo largo, equivalente a reconstruir un diario extraviado. Por eso, no me podía resultar más oportuna y empática la lectura de Mientras embalo mi biblioteca. Una elegía y diez digresiones (Almadía, 2017) de Alberto Manguel. En este ensayo el gran erudito y escritor relata su mudanza de Francia y la hibernación, embalada en cajas, de la extensa biblioteca de más de 30 mil volúmenes que había acumulado. Manguel recalca que no es un bibliófilo y que en su biblioteca convivían libros aristócratas y plebeyos, buenos y malos, organizados con un particular idiolecto, guiado por el azar y el capricho. Sin embargo, la privación de su biblioteca lo hizo enfrentarse a una carencia doble, la de un instrumento de trabajo y de un depósito de memoria y afectos. La visión infantil de una vieja tortuga que vagaba desconsolada tras perder la mitad de su caparazón es la imagen que simbolizaba su desprotección después de clausurar su biblioteca. Porque en la biblioteca se atesoran amistades, recuerdos, proyectos extraviados de vida, “yoes” escindidos. Los libros son nuestros cómplices, pero también nos interpelan y nos dicen quiénes somos. Así, en Manguel el relato de una desventura doméstica se vuelve autobiografía y ensayo digresivo y deslumbrante sobre la identidad del libro, sobre la naturaleza de la escritura y sobre la historia y la función de las bibliotecas. Pero quizá lo más importante de este lamento de Manguel es su prescripción a acostumbrarse a la pérdida (o al cambio), esa sabiduría vital que invita a disfrutar ya no los seres y los objetos concretos, sino lo que dejaron en uno.

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