El viaje a pie

La caminata como ruta del pensamiento alternativo y el silencio como forma de amistad mejor aún que las palabras, se plantean aquí como prácticas humanistas contra el prestigio de la velocidad.

Ciudad de México

El escritor catalán Josep Pla recomendaba a los jóvenes desorientados, que no sabían muy bien qué hacer con su vida, que emprendieran un viaje a pie. Los viajes a pie eran una tradición europea, los caminantes se echaban a andar, por ejemplo, en Francia, y 15 días más tarde estaban en Italia o en Alemania. El filósofo Nietzsche, que era un gran caminador, distinguía entre los pensamientos que se tienen en estado de reposo, y los pensamientos caminados, que nacían del movimiento, de la concentración que impone el ritmo, la música, de una larga caminata. Pero esta era una tradición del siglo XIX y principios del XX, de antes que llegara el automóvil e impusiera la velocidad sobre las otras cualidades del viaje, o quizá sería mejor decir: como la única cualidad del viaje. Hoy, para hacer un viaje a Europa, ante la disyuntiva del avión o el barco, todos prefieren el avión, porque llega más rápido, no importa que el viaje se haga en un asiento estrecho, ni que el pasajero tenga que ir 12 horas herméticamente encerrado, con otros 300 pasajeros que respiran, resuellan y gasifican, en un tubo de aluminio a presión; se prefiere el avión sin tomar en cuenta que en el barco irían más cómodos, que podrían hacer sus tres comidas en un restaurante, pasear por la cubierta y contemplar los atardeceres desde un camastro, con la brisa marina en la cara y en la mano un vaso de Jameson con hielo. Se opta siempre por la velocidad, por llegar más pronto, aunque esto implique viajar en condiciones claustrofóbicas.

Cuando Pla recomendaba a los jóvenes echarse a caminar era el año 1947, una época en la que Europa, y desde luego España que acababa de pasar por una guerra civil, estaba destrozada por la Segunda Guerra mundial, y los que caminaban lo hacían entre las piedras y los cascotes de un continente que acababa de suicidarse, que había optado por la masacre y la barbarie, en lugar de refugiarse en la civilización que había inventado y promovido durante los últimos siglos. Unos años antes de la propuesta de Pla, dos hombres implementaban todavía, en París, el fino arte de echarse a andar, sin más objetivo que ese: andar, y pensar al ritmo de la caminata, que era lo que Nietzsche recomendaba y hacía en el siglo anterior. Samuel Beckett y Alberto Giacometti, el escritor y el escultor, como eran hombres de pocas palabras, después de sentarse en un bar a beber whisky o vino, sin hablar, se echaban a andar por París, recorrían la ciudad de arriba abajo, sin dirigirse la palabra pero acompañándose uno al otro, respetando la tormenta mental, y estrictamente individual, que se desamarraba en la cabeza de cada quien mientras caminaban. A mí esa amistad basada en el andar, que no necesitaba de las palabras, me conmueve profundamente, y además tiene que ver con esa disyuntiva entre el avión y el barco que planteaba más arriba: así como ha terminado por imponerse la velocidad, entre las calidades del viaje, se ha impuesto la palabra como el punto de partida para las relaciones entre personas; un viaje lento y una relación sin palabras parecen hoy dos planteamientos excéntricos; sin embargo, debajo de la velocidad y de la palabra, palpitan un montón de posibilidades que tenían vigencia en otro tiempo y que hoy han quedado sepultadas por la modernidad y, sobre todo, por la practicidad, porque el viaje lento no es práctico, se invierte un tiempo que podría invertirse en otras actividades, ¿más valiosas?, probablemente no, pero desde luego en una mayor cantidad de actividades, y no en esa sola actividad de viajar durante ocho días en barco. Lo mismo pasa con las palabras, que nos sirven para comunicarnos rápidamente, de manera práctica, observaciones, opiniones y sentimientos, y nos ahorran, o quizá nos escatiman, la enorme cantidad de tiempo que requiere una amistad sin palabras, como la que tenían Beckett y Giacometti, que llegaron a experimentar una gran intimidad a fuerza de sentarse a beber, el uno frente al otro, en un silencio riguroso, y de echarse a recorrer París de arriba abajo, también en absoluto silencio. La velocidad y la palabra contra el silencio y la lentitud, que proponía Josep Pla en ese libro que publicó en 1949 titulado Viaje a pie.

Entre la velocidad y el viaje lento, dos extremos del mundo occidental, tenemos la carrera de los tarahumaras que ya pertenece, francamente, a otro mundo. Esos hombres y mujeres que van corriendo por los desfiladeros de la Barranca del Cobre y se pierden de vista y cruzan la frontera y 15 días más tarde aparecen en Reno o en Seattle. ¿En qué pensará esta gente mientras se desplaza?, ¿de qué dimensión será la tormenta mental que se desamarra mientras corren? Si Nietzsche hubiera sido tarahumara seguramente hubiera incluido, junto a los pensamientos caminados, los pensamientos corridos.

Según Pla, el viaje a pie sirve para “empaparse de la manera de ser básica, inalienable, insoluble, del material humano”, y a la hora de definir los parámetros de su caminata, establece lo siguiente: “En mis viajes a pie no entra jamás preocupación alguna de sentido heroico o deportivo. No devoro kilómetros, ni colecciono paisajes; jamás se me ocurrió escalar picachos, ni descender a las profundidades de la tierra. No suelo ir vestido de excursionista ni de acampado. Me paseo por las carreteras, sencillamente, fumando cigarrillos”. Pla era un hombre espartano y, durante sus viajes a pie, dormía donde lo sorprendía la noche, en una posada, en un pajar o en la casa de alguien que experimentaba simpatía por ese andariego de boina, cigarro colgando en los labios y cuaderno bajo el brazo. Me contó hace poco una periodista barcelonesa, que acompañó al escritor en una gira por Italia en los años cincuenta con motivo de la traducción al italiano de alguno de sus libros, que Pla se presentó en el aeropuerto de Barcelona, listo para emprender ese viaje de tres semanas, sin maleta. Cuando la periodista le preguntó por su equipaje, porque ya era el momento de documentarlo, el escritor se señaló la boina y le enseño la libreta y la pluma. Como puede deducirse de esta anécdota, para viajar a pie hay que ser ligero y espartano, como Pla, no puede uno echarse a andar con el teléfono en el bolsillo y el mp3 enchufado en las orejas, perturbando gravemente el flujo de pensamiento que produce el caminar. Por otra parte, Pla nos hace ver otra de las inconveniencias de la era moderna (que ya lo era bastante en 1949), que consiste en la repetición masiva de tópicos, en los periódicos y en la radio de aquella época, que terminan por uniformar el pensamiento o, en el mejor de los casos, por hacer que todos piensen en las mismas cosas, y no el resto que se sale de estos tópicos. Descontando que en 1949 España era una dictadura, donde la información estaba desde luego manipulada, lo que dice Pla es de una incuestionable sensatez e incluso traza, en términos metafóricos, la ruta de su viaje a pie que transcurre, casi siempre, no por la carretera, sino por los senderos, por esa vía alternativa que vendría siendo el pensamiento individual, original, frente a los tópicos que circulan a toda velocidad por la carretera.

Pla andaba despacio,“a dos kilómetros y medio o tres, máxime, por hora. Es bien poca cosa, desde luego, pero yo creo que esta es una excelente velocidad si de lo que se trata es de ver algo de lo que transcurre ante nuestros ojos. ¿Qué se ve andando tan de prisa? Cuando se pasa de un pueblo a otro raudamente, sin ver nada, sin la posibilidad de ver nada, ¿qué se ha hecho?”. A partir de este párrafo, escrito por este gran caminador, podríamos establecer que la velocidad canónica para viajar a pie sea entre los dos y medio y los tres kilómetros por hora, que es la velocidad, según entiendo por algo que leí más adelante en el libro, que nos permite dejar atrás a nuestros demonios, que se sienten a sus anchas en nuestros periodos de inmovilidad, y abrumados, al grado de quedarse rezagados, cuando nos echamos a andar. “Estamos rodeados de toda clase de demonios y el peor de todos es el que llevamos dentro”, escribe Pla, y creo que también nos invita a caminar, para dejar tirado en la cuneta, con nuestra velocidad de dos y medio o tres kilómetros por hora, a ese demonio que llevamos dentro.

Para el viaje a pie Pla recomienda un itinerario riguroso, levantarse a una hora decente, “las 10 o algo más tarde”, desayunar un jugo de naranja y salir a caminar hasta la hora del almuerzo, que ha de ser frugal y tiene que ser rematado con “dos tazas de café de rigor”, y a partir de entonces hay que apuntar el viaje hacia el noble objetivo de buscar, a lo largo de la vereda, un lugar idóneo para hacer la siesta, “y entonces se plantea el problema de saber qué es lo más adecuado para dormir una horita; si un pinar o una fresca arboleda”. El escritor da a esa horita una importancia capital, es un convencido de los beneficios de la siesta, esa costumbre típicamente hispana, y muy católica, que tanto envidian los calvinistas, y que Camilo José Cela denominaba, con mucha malicia y gran tino, el yoga ibérico. Ya en alguna página anterior, Josep Pla había declarado que unas “vacaciones sin dormir son vacaciones perdidas”, asumiendo que su viaje a pie calificaba como una actividad vacacional; su búsqueda del lugar idóneo para hacer la siesta es de una seriedad que contempla la posición en que va a hacerse, si sentado o echado sobre la hierba, pero sobre todo los pequeños matices que rodean esta saludable costumbre, cuando se pone en práctica durante un viaje a pie, “los matices que a los efectos del quedarse dormido puede tener un pinar o una arboleda”. Después se sigue andando hasta que caiga la noche y a la hora de la cena, en un hostal o en la taberna, mientras se come un caldo o un filete de buey, brinda con vino, en silencio y en solitario, por esa vida lenta que dura mucho más que aquella que va a toda velocidad.