El último héroe

EL SANTO OFICIO
Ali vs. Joe Frazier, 1971
Ali vs. Joe Frazier, 1971

El cartujo pasa la noche en vela, recordando. Desde la primera pelea contra Sonny Liston por el título mundial de los pesos pesados, el 25 de febrero de 1964, no dejaría de ver ninguno de los combates del boxeador más grande de todos los tiempos. Los ve ahora en YouTube y renueva su asombro. Era elegante, rápido, certero, histriónico; un heterodoxo intolerable para los dogmáticos, dentro y fuera del ring.

Después de ganar esa contienda abandonó el nombre de Cassius Clay para convertirse en Muhammad Ali: El amado de Dios.

Orgulloso de ser negro, quiso ser un ejemplo para su pueblo, como le dijo a Ramón Márquez C. en una célebre entrevista realizada en Miami, publicada el 28 de febrero de 1971 en Excélsior e incluida en la antología Historias del ring (Cal y Arena, 2014), de Alejandro Toledo y Mary Carmen Ambriz.

En esa conversación, mientras se dirigían al Florida Memorial College, Muhammad Ali le comentó al reportero mexicano: “Mi pueblo necesita un ídolo. Ese soy yo”. Viajaban con otras personas en la limusina del boxeador. Él hablaba, gesticulaba, lanzaba golpes a imaginarios enemigos. No daba espacio para preguntas, acaso innecesarias. “¿Sabe cuál es mi misión en la vida?”, dijo. Sin esperar la respuesta, continuó: “¡Enseñarles (a los negros) a comprender que pueden ser libres en todos los aspectos! ¡Que pueden ser libres mentalmente, que pueden profesar la religión que crean, que pueden seguir la profesión que les dé la gana! ¡Enseñarles que pueden sobresalir en este mundo de blancos!”.

Faltaban pocos días para su primer enfrentamiento con el campeón Joe Frazier, otro gigante del ring, y Ali estaba confiado, exultante. Quería recuperar el campeonato, del cual había sido despojado. Y ese día, mientras circulaban por las calles de Miami Beach rumbo a esa modesta escuela con una matrícula de 900 estudiantes, 750 de ellos negros, donde pronunciaría la conferencia El propósito de la vida, le indicó a Ramón Márquez: “Voy a usar mi título para ayudar a los pobres”. Y enseguida: “En el ring gano porque tengo una causa. Frazier no tiene causa alguna. Frazier es solo un hombre de deportes. Yo soy diferente. Hoy la gente negra quiere algo más que deportes: quiere libertad, quieren a alguien que pueda ayudarles. Frazier no es ese alguien. Él no tiene ninguna causa”.

En la limusina, Ali bromeó, declamó sus poemas, reflexionó sobre su condición de negro. En el auditorio de la escuela, leyó su texto con impecable técnica oratoria y al final animó a los jóvenes a preguntarle “cualquier cosa”. “¿Por qué cree que vencerá a Frazier?”, le preguntó uno de ellos. “Por cuatro razones —respondió Ali—: porque soy mejor boxeador, porque soy más guapo, porque soy más inteligente y porque canto mejor”.

El 8 de marzo, sin embargo, después de 15 delirantes rounds, Frazier le quitó lo invicto. Pero al último héroe del ring, quien murió el viernes 3 de junio, esa derrota, en vez de desanimarlo, lo obligó a volver a la cúspide.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. Amén.