El sentido

Caracteres.
Caracteres
(Especial)

Ciudad de México

El epíteto definitorio de este personaje ha de escribirse con letras cursivas porque, si se escribiera con las habituales redondas, el lector podría pensar que se trata de alguien con propósitos bien orientados, sensato y racional. Pero ocurre precisamente lo contrario. El sentidoes un ejemplo notable de irracionalidad, insensatez y desorientación.

Aunque para nada sea ajeno al resentimiento, no hay que confundirlo con el vulgar resentido. A éste, empirista involuntario, lo mueven causas comprobables en la experiencia: el fracaso reiterado, el numeroso desamor del prójimo, la buena suerte inmerecida de la gente inferior a él. En cambio, el sentido es un puro idealista, un fervoroso creyente en el dogma de que si la realidad no coincide con tus sentimientos, peor para la realidad.

No es que mienta o se engañe deliberadamente. Obsesivo hasta la paranoia, nada escapa a su atención y suele ser capaz de reconstruir cualquier circunstancia, escenario o diálogo con minuciosidad implacable. Pero ya dijo Borges que la memoria es inventiva, y el sentido es un memorioso parcial. Una persona que recuerda con exactitud fabuladora lo que tú le hiciste o le dijiste, pero no recuerda ni una ínfima porción de lo que ella te dijo o te hizo a ti.

Igual a casi todo lo que une y desune a los seres humanos, el sentimiento depende de la interpretación que se le dé. El sentido es un exégeta inexorable. Desconfiado y suspicaz como un fiscal, pone a prueba tu amistad sin prevenirte. Y como no sabes que te está probando, repruebas. Y al reprobar le confirmas que era justo sospechar y desconfiar de ti.

Nadie se salva de sus acusaciones. Pulido el sentido, uno de tus amigos más rancios, te sorprende un día con la no solicitada confesión de que lleva años, décadas, toda una vida padeciendo tus bromas, tus injurias, tu desprecio. Cuando le aclaras que él tampoco es perfecto y tú sin embargo lo aceptas como es, Pulido estalla en una cólera justiciera. Está harto de ti, de tus muchos defectos, incluso de las cualidades que poco antes decía admirar. Y tú, agraviado, pierdes la paciencia. Y, por supuesto, te sientes con él.

No se piense que ésta es una oportuna invención literaria. Al leer lo que publican en Internet unos poetas de otros, al escuchar lo que dicen en privado unos narradores de otros, un anónimo ingenioso te dijo tiempo atrás que la república de las letras es en verdad el imperio de los sentidos. Reíste, desde luego. Pero también objetaste que los sentimientos torvos imperan en todas las profesiones y en todas partes.

Es posible que en esto último te equivocaras. Es posible que el verdadero sentido o, mejor, el sentido primigenio del sentido se encuentre en un genoma netamente mexicano. Lo cierto es que en ninguna otra parte proliferan como aquí los vástagos de esa subespecie de homosapiens, y que en este país no hace falta ir muy lejos para toparse con una pobre víctima de su propia sentimentalidad. A veces, demasiadas veces, basta con mirar de frente al espejo.