Recuerdos de una canallada

El Santo Oficio
Doctor Ignacio Chávez, vejado por porros de la UNAM
Doctor Ignacio Chávez, vejado por porros de la UNAM

Mayo terminó con una canallada: la vejación pública, en Comitán, Chiapas, de seis profesores —cuatro hombres y dos mujeres—, acusados de traidores por no apoyar el paro magisterial convocado por la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación. Es un episodio más en la larga lista de ultrajes a los maestros en México, muchos de ellos resultado de la ambición y el delirio de líderes venales, como los de la CNTE, o alentados desde el poder, sobre todo cuando quien lo ejerce es pusilánime o corrupto, o las dos cosas.

El cartujo mira patidifuso las escenas transmitidas una y otra vez en la televisión y repite en silencio una frase de Octavio Paz: “¡Qué vergüenza! Vergüenza y asco”. Paz la escribió hace 50 años, el 2 de mayo de 1966, en una solidaria epístola al doctor Ignacio Chávez (recogida en el libro Cartas cruzadas: Arnaldo Orfila, Octavio Paz, 1965-1970), quien renunció a la rectoría de la UNAM el 28 de abril, dos días después de ser secuestrado por un grupo de alumnos de Derecho cuyos nombres pueden leerse en Wikipedia: Leopoldo Sánchez Duarte, Enrique Rojas Bernal, Espiridión Payán Gallardo, Rodolfo Flores Urquiza, Dantón Guerrero Cisneros y Vicente Labrada.

En medio de una huelga iniciada en la Facultad de Derecho, los estudiantes decidieron la toma de la rectoría; llegaron a la oficina del rector y lo capturaron. Escribe Paz: “No sé qué me abochorna más, si la villanía de los ‘estudiantes’ que se apoderaron de la Universidad o el saber que la pasividad general ha permitido (por lo menos hasta ahora) la impunidad de los truhanes”. En el mismo libro, publicado por Siglo XXI, está la respuesta de Chávez. Agradece la carta del escritor y le dice: “Comprendo su indignación por los hechos bochornosos que ocurrieron en la Universidad. La hemos sentido todos, tanto más hondamente cuanto más creíamos haber superado esas épocas de barbarie. Hoy vemos con desaliento que nos queda el triste privilegio de haber sido escándalo mundial de primera plana: un rector, las altas autoridades de la Universidad, incluyendo veinticuatro directores de escuelas, facultades e institutos, asaltados, secuestrados y vejados durante siete horas por una turba azuzada por políticos de todo tipo. (…) Hasta ahora sigue la impunidad para los líderes delincuentes, mientras mañana posiblemente les concedan como premio algún puesto en el PRI o en alguna Secretaría para tenerlos quietos”.

Tenía razón el doctor Chávez, los porros fueron premiados con jefaturas delegacionales, diputaciones, senadurías, notarías públicas. Fueron cobijados por la impunidad mientras la Universidad comenzaba su largo camino hacia la pauperización de la enseñanza.

Medio siglo después, el humilde monje recuerda —con asco y vergüenza— el suceso y lamenta el reciente acontecimiento de sinrazón y salvajismo perpetrado en la tierra de un gobernador inútil con sueños de grandeza.

Queridos cinco lectores, rezando bajo la lluvia, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.