Los intelectuales

EL SANTO OFICIO
El intelectual mexicano
El intelectual mexicano (Gian ferdinand)

El cartujo deja de escuchar la persistente lluvia, tan abstraído está con la lectura de El intelectual mexicano: una especie en extinción, de Ana Sofía Rodríguez y Luciano Concheiro, publicado por Taurus. Es un conjunto de entrevistas en las cuales se reflexiona sobre la importancia de las ideas y la crítica en una época de vértigo donde no parece haber tiempo sino para una sucesión agobiante de noticias, la mayor parte de las veces poco entendidas y analizadas, transformadas en algunos medios y, sobre todo, en las redes sociales en artículos de fe o motivo de expeditos linchamientos.

El elenco es interesante: Emmanuel Carballo, Elena Poniatowska, Enrique Semo Calev, Huberto Batis, Víctor Flores Olea, Vicente Leñero, Roger Bartra, Rolando Cordera, Lorenzo Meyer, Héctor Aguilar Camín, Jorge G. Castañeda, José Woldenberg, Juan Ramón de la Fuente y Juan Villoro. Sin embargo, se advierte la ausencia de Enrique Krauze, uno de los intelectuales mexicanos más reconocidos dentro y fuera del país —quizá se encuentra en la lista de quienes no quisieron participar en este proyecto si nos atenemos a la explicación de los autores: “no pudimos obtener —aunque lo intentamos con insistencia— el testimonio de ciertos personajes a quienes nos hubiera gustado incluir”.

Los entrevistados cuentan su historia y revelan sus relaciones con la academia, con los medios, con el poder; reflexionan sobre el papel de los intelectuales en la actual sociedad mexicana y los cambios experimentados por ésta desde la segunda mitad del siglo XX.

Héctor Aguilar Camín habla de Nexos, del surgimiento del unomásuno y La Jornada; detalla sus conflictos en estos periódicos, de los cuales es fundador, y subraya la palabra “superioridad” como parte del vocabulario imprescindible de la izquierda de ayer y hoy. Como él, todos los demás convocados hacen su propia relación de hechos.

Jorge G. Castañeda pone el dedo en la llaga cuando afirma: “El intelectual es una persona que lee, que escribe y tiene una obra, de preferencia de calidad”. Pero a partir de los años ochenta y sobre todo de los noventa, la obra deja de ser un requisito y en la actualidad “gente como Denise Dresser, Jesús Silva-Herzog Márquez, Carlos Elizondo, Leo Zuckermann (…) puede perfectamente ganarse muy bien la vida sin haber escrito un libro en su vida o habiendo escrito uno o dos que en realidad son recopilaciones de artículos suyos o de otros”.

En el capítulo “Intelectualidades colectivas”, los autores, de alguna manera, glosan las opiniones de sus entrevistados y concluyen: “Los intelectuales públicos construían ideas por medio de sus libros y empleaban los periódicos para diseminarlas entre un público más amplio; los opinólogos y periodistas se restringen a escribir en los periódicos. Como consecuencia, proliferan las ideas superficiales, coyunturales y fragmentarias, y brillan por su ausencia las profundas, abstractas y sistemáticas”.

Queridos cinco lectores, en una tarde nublada, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.