El horror

Mariela ha renunciado a la vida que afuera debe ser vivida, a los ministerios públicos y hasta encontrar a su hijo...
Han pasado siete años. Al horror, Mariela le ha opuesto recuerdos.
Han pasado siete años. Al horror, Mariela le ha opuesto recuerdos. (Ilustración: Alfredo San Juan)

México

Mariela Sierra Burgos le regaló a Guillermo, su único hijo, un reloj de acero con brújula el 3 de diciembre de 2010 con motivo de su cumpleaños 16. Dos días después Guillermo no regresó a dormir. Su teléfono apagado; ningún amigo tenía noticias. “¡Mi hijo desapareció!”, dijo Mariela a la policía, primero por teléfono y luego en la agencia 28 del Ministerio Público… La desaparición no está tipificada en el Código Penal de Ciudad de México y nada puede hacerse hasta transcurridas 72 horas…

Para cuando la policía comenzó a buscarlo, Guillermo llevaba tres días desaparecido. Mariela pegó carteles con la cara de su hijo en árboles, postes y paredes de Tláhuac. Cada mañana iba al MP y enfrentaba al oficial Estrada, encargado de la búsqueda, y cada mañana con mayor descaro ese hombre de ojos vacuos le daba a entender que para ellos —para la policía— o la culpable era ella (“¿estaba contento con usted en la casa?... digo, usted es madre soltera…”) o su hijo era un criminal (“¿no estaría en malos pasos?”).

El desprecio en el sonido de ese hombre —su hueca voz chillona— fue el primer contacto que Mariela tuvo con el horror. Después, el horror vino en imágenes... Para cuando la policía comenzó a buscarlo —tres días después de haber desaparecido— tal vez su hijo ya había sido disuelto en ácido… Y con el horror, vinieron los ataques de pánico, la sensación de asfixia, el odio, la angustia y el dolor interminable de tener que imaginar sin nada más que silencio e incertidumbre, de cara al vacío, la muerte de su hijo… Para cuando la policía comenzó a buscarlo —tres días después de haber desparecido— tal vez a su hijo ya le habían desgarrado los pulmones o machacado sus huesos hasta pulverizarlos…

Han pasado siete años. Al horror, Mariela le ha opuesto recuerdos. Recuerda la repentina seriedad con la que Guillermo hablaba sobre ciertos temas, como las películas sobre extraterrestres o la astronomía. Y Mariela camina tres veces por semana desde su casa en San Nicolás Tetelco hasta el Panteón de San Andrés Mixquic, donde está enterrada su mamá. Le lleva una rosa blanca y una rosa roja. Recuerda ante la tumba la risa interminable de Guillermo cuando por primera vez avanzó entre el mar —en Acapulco, Guerrero— hasta que el agua le mojó los hombros.

Mariela ha renunciado a la vida que afuera debe ser vivida. Renunció a los ministerios públicos y a pelear por la justicia. Ya no le queda energía que gastar en esperanza. Está demasiado triste y demasiado cansada. Solo tiene recuerdos. Es lo único que le queda. Recuerdos, silencio y el panteón al que iba con Guillermo para que él le llevara una rosa roja y una rosa blanca a su abuela.

Ante la tumba de su madre, Mariela le habla en voz suave y susurrante, como si rezara, a su hijo desaparecido: Recuerdo, Guillermo, tu asombro cada vez que entrabas a un Sanborns y pegabas tu cara a las vitrinas que exhibían los relojes…