"El Hombre de La Mancha"

La apuesta de los productores al llamar profesionales tan destacados ha sido ampliamente recompensada.
Una puesta en escena muy profesional.
Una puesta en escena muy profesional. (Especial)

México

Debo declarar mi escasa predilección por los musicales porque no pocas veces me han parecido un copia y pega, un producto impuesto que poco tiene que decirnos. Algún intento con Agustín Lara, Bésame mucho, que dirigiera Lorena Maza con libreto de Víctor Weinstock y Consuelo Garrido, salió de la línea de re-producción con una dignidad y calidad sobresaliente. Pero poco invierten los productores de teatro comercial en invenciones propias, lo cual es una lástima. Entiendo los riesgos y a fin de cuentas es su dinero el que está en juego, pero sería importante que de vez en vez se lo permitieran.

Así, con todo y mis prejuicios —que no son más que míos—, asistí al debut en el papel principal de El hombre de La Mancha de un teatrista que respeto y admiro: Alberto Lomnitz. La sorpresa fue total: hacía tiempo que no lo veía sobre las tablas sino abajo, dirigiendo y gestionando uno de los proyectos más valiosos de cultura social e incluyente que es su grupo Seña y Verbo. Y acá, sobre el escenario del Teatro de los Insurgentes, baila, actúa y canta como pez en el agua al lado de un Sancho divertido al que le presta el cuerpo Carlos Corona, recordándome inevitablemente a otro Carlos (Cobos), quien encarnara el personaje en otros ayeres.

La puesta en escena se debe a Mauricio García Lozano, quien logra un montaje eficaz, atractivo y que provoca tensión en los espectadores, creando sorpresas que también se apoyan en el trabajo de Marco Antonio Silva en la coreografía, Jorge Ballina en la escenografía, Víctor Zapatero en la iluminación y un grupo de creativos de primer nivel. La apuesta de los productores al llamar profesionales tan destacados ha sido ampliamente recompensada, me parece. De verdad está muy bien el trabajo de todos y el conjunto logra que las dos horas y pico se pasen como agua, esa donde el pez Lomnitz nada y sale de su zona de confort (director-dramaturgo-gestor) para ponerse en riesgo sobre las tablas, sustituyendo a Benny Ibarra, quien le ganará en voz aunque estará por verse en comprensión del texto y actuación —si bien Benny en este territorio es solvente.

Constantino Echevarría, Ana Brenda y, sobre todo, María Penella, han sido una enorme revelación por las voces privilegiadas que poseen pero también por presencias escénicas que calan más profundo que el resto, sin quitar méritos al conjunto. De esa forma Morris Gilbert, Tina Galindo y Claudio Carrera no pueden estar sino felices con esta puesta en escena tan altamente profesional, bien resuelta, y que seguramente en estas fiestas navideñas será un atractivo para los que visitan o no piensan salir de la Ciudad de México.