El día después

A nivel político ya hubo esta misma semana respuestas y advertencias de políticos europeos y chinos.
La marcha de mujeres en Washington, un contrapeso contra el supremacismo.
La marcha de mujeres en Washington, un contrapeso contra el supremacismo. (Mike Nelson/EFE)

México

Llegó el día hasta hace poco impensable: un magnate sádico, misógino, ignorante, mentiroso, militarista (y muchos adjetivos más que por cuestiones de espacio no pueden enlistarse) y símbolo del supremacismo blanco es hoy presidente de Estados Unidos. Conforme abundan las muy comprensibles muestras de temor e incertidumbre ante los alcances de su megalomanía y sed de poder (en una reciente entrevista reveló que ya cuenta con el eslogan de campaña para su reelección: “Keep America Great!”, tras lo cual ahí mismo instruyó a sus abogados que lo inscriban como marca registrada —la presidencia como el negocio por excelencia, una tradición que los mexicanos conocemos de sobra—), es interesante recordar la famosa frase de Marx acerca de cómo la historia se repite, la primera vez como tragedia, la segunda como farsa. Desde su aspecto físico, la estetización y la retórica fascistoide (aplastar a las minorías, ensalzar la supremacía de la propia patria), la ignorancia tanto de Trump como de su gabinete (su secretaria de Educación recién declaró en una audiencia congresional que no podía pronunciarse en contra de las armas en las escuelas, pues podían ser necesarias para defenderse de los osos grizzli), su romance con Vladimir Putin, y prácticamente cualquier elemento asociado al fenómeno Trump, encontramos los elementos característicos de la farsa, del montaje de un engaño para procurar ocultar la realidad de un país que, al convertir en su credo cotidiano la búsqueda de fama y de riqueza, ha producido una sociedad brutalmente desigual, donde la violencia aleatoria es ya parte esencial de la vida cotidiana.

Sin embargo, justamente para procurar que cuando este aspirante a tiranuelo se convierta en un mal recuerdo podamos decir que prevalecieron los elementos fársicos por encima de los trágicos, es importante considerar que, más allá de su retórica militarista, agresiva, denigrante, es el presidente de una república que teóricamente debería contar con salvaguardas para impedir que lleve a cabo sus disparates más virulentos, como las deportaciones masivas o la reinstalación abierta de las técnicas de tortura, por poner tan solo dos ejemplos.

Asimismo, como ya ha comenzado a demostrar la multitudinaria y vibrante marcha de mujeres tanto en Washington como en decenas de ciudades más, únicamente la organización de los grupos y minorías a los que Trump ha incluido como blancos de su discurso rebosante de odio (las mujeres, los mexicanos, los musulmanes, etcétera) podrá fungir como contrapeso simbólico, político, comunitario, artístico, en contra de su fantasía de un mundo dominado por hombres blancos americanos que pueden agarrar de la vagina a cualquier mujer, o humillar a cualquier migrante, tan solo porque su poder (o su fama) se los permite. Igualmente, a nivel político ya hubo esta misma semana respuestas y advertencias de políticos europeos y chinos, que ojalá pudieran contagiar a nuestros timoratos líderes, que debieran comprender que la historia ha demostrado que la lógica del simple apaciguamiento de estos homúnculos sádicos siempre termina siendo peor. Por más que actúe y hable como tal, Donald Trump no es el amo del universo, y a través de la suma de millones de partículas, voces y acciones es ciertamente posible producir una reacción en sentido contrario, que con el tiempo lo termine orillando lo antes posible al basurero de la historia del que, haga lo que haga, no conseguirá escapar.