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Domingo , 22.07.2018 / 09:56 Hoy

El votar es más irracional que elegir el calzado que usamos

Según un estudio, los zapatos de Donald Trump muestran que es una persona inclinada a evadir relaciones íntimas y con bajos niveles de tolerancia

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María Emilia Chávez Lara

A Eduardo Casar, por confiar en mi gusto para los zapatos.
A Daniel Camacho, porque uno de sus cartones inspiró este texto.
I think perfection is ugly. Somewhere in the things humans
make, I want to see scars, failure, disorder, distortion.*

Yohji Yamamoto


Cierto día llegué a casa del poeta Eduardo Casar González. Su nieta, Natalia, es una de mis mejores amigas. Tiene ocho años. En esa ocasión yo calzaba un precioso par de botines negros con destellos dorados. Al presentarme con otro de los convidados, Casar reaccionó: “Pero si ya se conocen”. El invitado y yo alegábamos que no era así, hasta que mi nuevo amigo dijo: “Si nos conociéramos recordaría su cara”. El poeta refutó: “O te acordarías de sus zapatos...”. Natalia, entonces, me miró fijamente a los pies. Sus ojos viajaban de mis botitas a mi rostro y viceversa. Yo estaba convencida de que la niña, en algún momento, diría un halago a mi calzado. Somos amigas, compartimos gustos, hablamos de hadas, tenían que gustarle mis zapatos. Por fin emitió su sentencia: “Tu blusa está padrísima”.

La traductora Aída Lara tiene y luce los verdaderos zapatos. Queda de manifiesto al ver ese calzado violáceo, hecho de plástico con aroma a goma de mascar, que por tacón tiene sendos patitos de hule para la tina. La primera vez que la vi no supe qué pensar; la segunda, sentí envidia de unas sandalias de dónde colgaban dijes en forma de cerezas y changos. ¿Cómo era posible que alguien pudiera llevar con tanta elegancia aquellos zapatos tan extraños? Yo conocía bien esa marca inglesa —Irregular Choice, que fabrica tacones con las formas y colores más caprichosos del mercado—, pero no me atrevía a usarlos. Decidí imitar a Aída, mas no de lleno. Comencé por deshacerme de todos los zapatos negros y cafés, después compré todos los zapatos rojos que pude. Empezaría por sentirme la protagonista del cuento de Hans Christian Andersen, donde la niña que porta zapatillas rojas no puede dejar de bailar; Dorita, en El mago de Oz, o Lula, en la película Wild at heart.

Poco a poco hice la transición, confieso que no sin temor a las críticas. Finalmente logré usar unos zapatos que tienen por tacón unos borreguitos que parecen de cerámica. El escritor Hernán Lara Zavala, esposo de Aída, al ver que no solo su mujer sino que sus amigas más cercanas lo invadíamos con los zapatos más irregulares y que le pedíamos que de sus viajes nos trajera los “zapatos feos más padres que encontrara”, rebautizó la marca. No podía concebir que quisiéramos utilizar prendas lejanas a aquellas que condensan toda una mitología en torno al erotismo y la sexualidad. Hay mujeres que usan zapatos para seducir al mundo, pero esos tacones de formas infantiles escandalizan. Decidió que eso no era más que Irrational Choice.

Una vez di clases de literatura a una estudiante sordomuda. Cuando yo le pedía que se pusiera en mis zapatos ella volteaba a mirar mi calzado, cosa a la que estoy acostumbrada (la gente me mira más a los pies que a los ojos). El escaso desarrollo del lenguaje no le permitía a mi estudiante hacer abstracciones y me ayudó a comprobar lo que el filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein afirmaba: los límites del lenguaje son los límites de nuestro mundo.

Lo que nos humaniza es lo superfluo en lo necesario, lo irregular dentro de lo regular. No basta con comunicarnos: nuestro lenguaje es flexible y se combina de múltiples formas para crear mensajes que van más allá de nuestra supervivencia. Nuestra piel desnuda no se conforma con cubrirse: buscamos colores, texturas, formas para hacerlo. Nuestra hambre se sacia con comida, pero requerimos de vajillas de distintos materiales y decorados para calmar otros apetitos. Alteramos el orden natural de las cosas.

Fue hasta que utilicé por vez primera un par de Irregular Choice que comprendí la expresión “ponerse en los zapatos del otro”. El nombre de la marca es acertado: son zapatos que pocos querrían utilizar en una situación “normal”. Generalmente uno elige lo que habrá de vestir de forma inconsciente: por factores emocionales y cuestiones inherentes a la personalidad.

Según un estudio realizado en 2012 por la Universidad de Kansas, es posible saber, con un 90 por ciento de precisión, más allá de la clase social y otras cuestiones obvias, cómo es una persona por lo que lleva en los pies. Omri Gillath, quien dirigió la investigación, sostiene que “la gente tiende a prestar atención a sus zapatos y a los del resto. Hay gran variedad de estilos, marcas y funciones. Debido a esta variedad, ellos contienen información de las diferencias individuales. ¿Realmente es así? Nosotros pensamos que sí”.

Los investigadores descubrieron que es fácil reconocer a las personas “reprimidas” y carentes de disponibilidad para ayudar a otras personas porque usan zapatos “aburridos”. Ya Freud vislumbraba que vestirse es un acto que equivale a desnudarse por dentro, y el equipo coordinado por Omri Gillath asegura que la ansiedad surgida de relacionarnos con otros de forma íntima, está directamente vinculado con el color de nuestro calzado. “Entre más coloridos son los zapatos, menos afectado se está por la ansiedad causada por las relaciones íntimas”, asegura. En pocas palabras, uno elige qué cubrirá sus pies del mismo modo en el que surge el enamoramiento: irracionalmente. Pero el amor es otra cosa...

En los escenarios, los ilusionistas utilizan un método conocido bien por los políticos; lo llaman “Elección forzada”. El mecanismo consiste en incrustar mentiras en una serie de verdades, así la mentira se da por cierta. Una vez que una persona es convencida de que lo que hace es una libre elección, la magia está hecha. Lo increíble es que, aún después de ser señalada, la elección forzada puede pasar desapercibida. La clave es que los seres humanos, más que tiempo y materia, somos emoción. Pensamos que elegimos, pero elegimos lo que otros han seleccionado para nosotros.

Más irracional que los zapatos que vestimos, suele ser por quién votamos. Recientemente Gran Bretaña, que forjó un imperio gracias a la migración, que sostuvo fuerte y poderosa su moneda mientras el mundo económico se colapsaba, que era ejemplo de inclusión y respeto, decidió abandonar la Unión Europea. Allende políticas económicas y sociales, más allá de los argumentos por el bien común e incluso por el bien individual (suele olvidársenos que entre mejor le vaya a quienes nos rodean, mejor nos irá a nosotros), los ingleses votaron motivados por preceptos racistas, xenófobos, de odio y miedo al prójimo.

Quienes fueron padres de grandes revoluciones transformadoras del mundo entero se vieron convertidos, de pronto, en una nación demagoga. El líder conservador, Boris Johnson, llamaba a devolver grandeza y libertad a la Gran Bretaña, pedía —incansablemente— que los británicos no subsidiaran más la corridas de toros en España porque, en su retórica, los “euroburócratas de Bruselas” gastaban así los impuestos ingleses.

Los analistas aseguran que los resultados del referendo están divididos en edades y niveles de educación: los ciudadanos más jóvenes y educados votaron por permanecer en la Unión Europea, a sabiendas de que el aislamiento es peligroso. Los más viejos y con menos estudios votaron por la salida, abrumados por el prejuicio de que compartir empobrece. Quienes triunfaron están seguros de que su voto frenará la migración de esos temidos forasteros que llegan a robar, violar, quitar empleos, pero no pensaron en las consecuencias de su decisión. Los expertos no se explican unas elecciones tan irregulares. Probablemente, contemplamos el inicio del fin del Reino Unido.

Cuando a Marilyn Monroe se le pidió que expresara un consejo para las mujeres, ella dijo: Deben escoger bien su calzado, porque unos zapatos pueden ser determinantes. Contrario a la recomendación, las participantes en concursos de belleza visten tacones color “maquillaje”, de un tono que se confunde con su piel. Parece que van descalzas. Nada en sus pies contrasta o combina con sus coloridos y diamantinos atuendos. En estos certámenes todos los zapatos son iguales. Puede ser una norma de estilismo o puede ser una petición del dueño y jefe de la organización Miss Universe, el empresario Donald Trump, deseoso de ver que todas las mujeres hermosas son iguales, como muñecas en una cadena de producción, sin particularidades que las hagan únicas.

“¡Estás despedido!”, “¡Fuera de aquí”!, “¡Largo!”. Son las frases que escuchamos salir de la boca del multimillonario, en los reality shows y en los mítines políticos. Trump no cambia el discurso. Ahí están —regreso a Wittgenstein— los límites del mundo de un hombre que quiere imponer las mismas fronteras a todos los habitantes de Estados Unidos de Norteamérica. ¿Es este el lenguaje que abrirá las puertas a los ideales de igualdad, libertad y fraternidad? Parece que Trump desea que desaparezca todo aquel que sea distinto a él, pero contradictoriamente, eso no significa que estemos cerca de alcanzar la tan anhelada igualdad. Insulta a madres con bebés en brazos, a veteranos de guerra y a sus familias, a la prensa. Insinúa que desde ahora las elecciones presidenciales están amañadas.

El lenguaje —elemento sin el cual no entenderíamos la evolución humana— es una ficción que crea ficciones. Nos reunimos en torno a instituciones religiosas, políticas, económicas; nos agrupamos para cazar monstruos virtuales, para tejer, para aprender. Cada maravilla creada a partir de la palabra y la imaginación le ha otorgado al hombre el dominio del mundo. Pero hay fantasías creadas para destruir: el racismo, por ejemplo, es una de ellas y, aún con la violencia que genera, vemos a multitudes organizadas para enarbolarlo.

Algunas raras veces, el racismo ha sido responsable del cambio en otra ficción: la moda. Han existido, en distintos tiempos y culturas, vestimentas para determinar clases sociales, creencias religiosas, niveles de educación, empleos, preferencias sexuales. Con el calzado ha pasado igual.

Por sus zapatos sabré quién está dispuesto a ponerse en los míos. Si analizáramos la vestimenta del candidato del Partido Republicano a la Presidencia de Estados Unidos, Donald Trump, encontraríamos —de acuerdo al estudio de la Universidad de Kansas— que sus botas negras y zapatos blancos de golf nos hablan de una persona inclinada a evadir relaciones íntimas, poco propensa a la empatía y que tiende a ser menos amable y simpática que otras, un ser humano con bajos niveles de tolerancia.

Pero, ¿qué es la tolerancia? ¿Soportar todo aquello que no nos gusta?, ¿aguantar, estoicamente, lo que en el otro percibimos como defecto?, ¿respingar la nariz como si un molesto olor nos rodeara sin quejarnos? Michael Ende escribió que, si de eso se trata tolerar, él se negaría a hacerlo. En lugar de tolerar —verbo al último grito de la moda— yo, como Ende, quiero conocer, aunque quizá nunca llegue a comprender, a aquél que es distinto. La tolerancia aleja del amor; el conocimiento y la aceptación, me acercan. En vez de exigir que todo se adecue a lo que para mí es perfecto, tendré que aprender a ver la belleza en lo alterado, en lo distinto, en todo aquello que me confronta. Quiero tratar de comprender, incluso a aquellos que se sienten amenazados por mí y que erigen discursos para homologarme o para eliminarme; aquellos que me ven tan distinta —aunque siempre, en el fondo, sepamos que somos iguales.

A veces condeno a los otros, a veces soy el otro. Si en las próximas elecciones en Estados Unidos, el 8 de noviembre, resulta electo el candidato al que le temo (le temo gracias a sus propios argumentos y le temo por el miedo que sus rivales me han infundido) trataré de imaginar las causas del racismo y xenofobia que forman parte de la retórica que puede llevarlo al gobierno. Intentaré comprender los motivos del temor que me tiene y por qué hay personas dispuestas a seguirlo; trataré de conocer las razones que llevan al ser humano a destruir a su igual. ¿Es solo el discurso?, ¿es solo el lenguaje?, ¿o es la humana naturaleza que no soporta verse al espejo?

Como ciudadana mexicana, no puedo intervenir en las elecciones de Estados Unidos, pero puedo hacer votos para ponerme unos zapatos diferentes: no importa que me aprieten, como la zapatilla de Cenicienta, o que me queden inmensos, cual botas de siete leguas. Voto por las diferencias, incluso por aquellas tan extravagantes como para resultarme irregulares, porque sin esas diferencias, hace mucho que el ser humano hubiese dejado de existir.

Si como asegura Margo Glantz, las mujeres no compramos zapatos a la medida de nuestros pies sino a la medida de nuestros deseos, mi anhelo, esta vez, es una elección irregular: que la gente emita su voto de manera más racional a la que yo elijo mi calzado. Antes de que el humano destruya al humano, quisiera ser testigo de unas elecciones que me ayuden a ponerme en otros zapatos, en otro andar, en otra piel.

*Creo que la perfección es fea. En alguna parte dentro de las cosas que los humanos hacen, yo quiero ver cicatrices, fallos, desorden, distorsión.

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