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Martes , 25.09.2018 / 10:39 Hoy

El último palaciego

Integrante de la Generación de Medio Siglo, Jorge López Páez (Huatusco, Veracruz, 22 de noviembre de 1922–Ciudad de México, 28 de abril de 2017) cimentó su trayectoria literaria

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Formar parte de una tertulia o mentidero es una especie de rito de iniciación. Un ejemplo lo ofrece Octavio Paz en su libro sobre Xavier Villaurrutia, donde cuenta cómo Jorge Cuesta lo llevó a una reunión de Contemporáneos y fue sometido a un implacable interrogatorio para ser aceptado. Este rigor se fue perdiendo con el tiempo, si bien se daba por sentado que quien llegaba a un círculo poseía los méritos para formar parte de él (no faltaban sin embargo las decepciones).

La primera tertulia a la que asistí (en el segundo lustro de la década de 1990) era la que se efectuaba en la Redacción de El Semanario Cultural de Novedades los lunes a mediodía cuando llevaba mi colaboración. Encabezada por José de la Colina —el director— y Juan José Reyes, Noé Cárdenas y Moramay Herrera Kuri —miembros de la Redacción—, más los que nos apersonábamos como Javier García–Galiano, Jaime Ramírez Garrido o Alberto Arriaga. Así fue mi vida alrededor de un año, hasta que cierto día Juan José Reyes me invitó a asistir a la reunión en el Salón Palacio después de la junta de la Redacción, la cual, como no tardé en percatarme, era la verdadera tertulia. Quien ocupaba el lugar de honor, así lo imponía la edad, era el escritor veracruzano Jorge López Páez, y entre otros habituales se contaban Dionicio Morales, Gerardo de la Torre, Ignacio Trejo Fuentes y Salvador Camelo. Cosas del destino: a quien le tocó darme la bienvenida fue a López Páez. Fiel a su carácter juguetón, me recibió haciéndome una broma: con Noé Cárdenas estábamos comentando un poema de Gerardo Deniz, que terminaba aludiendo al doctor Marañón, para quien el hombre que trae sus zapatos bien boleados “coje (sic) mucho”. El autor de El solitario Atlántico, al escuchar esto me dijo: “A ver, enséñeme los suyos”. Al verlos hizo la señal con la mano de “más o menos”. Noé Cárdenas me dijo después que eso significaba que ya era parte del grupo.

Con una formación básicamente libresca, en la tertulia palaciega mis horizontes se ampliaron pues, además de los libros, descubrí el proceso de edición de una publicación. Las reuniones fueron ricas en conversaciones y alcohol. Pero como es de rigor, tras el esplendor viene la caída. Poco a poco algunos contertulios se fueron alejando, pero el golpe más duro fue cuando Juan José Reyes dejó de asistir por enfermedad y las reuniones que ocurrían entre semana dejaron de tener la habitual convocatoria.

Si los más jóvenes comenzaron a dejar de ir, quien disciplinadamente no dejó de hacerlo para tomar su copa antes de comer en su casa fue López Páez. Yo había pasado de colaborador a miembro de la Redacción de El Semanario, y como sabía que él seguía asistiendo al Palace, como familiarmente terminamos diciéndole a la cantina, traté de acompañarlo al menos una vez al mes (en ocasiones podía ser cada dos semanas). Solo estando en ese tête à tête comencé a descubrir otras facetas de su personalidad. En principio, si él llegaba más temprano mientras esperaba a alguien, o si no llegaba nadie, leía en edición bilingüe inglés–griego o francés–griego a clásicos como Homero —la Ilíada— o Plutarco —Vidas paralelas—. Esta erudición era un contrapunto al prejuicio, que paulatinamente ha ido quedando atrás, que lo descalificaba por ser un autor con una escritura “descuidada”. Sobre su gusto por Plutarco, algo de su afición podemos encontrarla en el joven protagonista de ¡A huevo, Kuala Lumpur!, su último libro publicado. A pesar de su conocimiento del francés, su formación era fundamentalmente inglesa. Y ese hecho se notaba no nada más en su educación literaria, también en su manera de vestir.

En las reuniones multitudinarias, el azar disponía si te tocaba ser su compañero de plática. Yo, más que una anécdota completa, lo que recuerdo son frases cortas llenas de ingenio. Una, que me tocó escuchársela a él, y que ha sido citada por gente de otros círculos, bien podría ser el título de una sección de crítica. Si un libro no le interesaba, López Páez despachaba el asunto diciendo: “No lo leí, y no me gustó”. Con todo y la cercanía que tuve con él, mantuvo siempre su privacidad resguardada y yo educadamente tampoco preguntaba cosas que no me incumbían. Eso sí, siempre a la caza de alguna anécdota que pudiera servirle para hacer un cuento o una novela, me pedía detalles de algún chisme relacionado con nuestros amigos o algún asunto ligado a la vidita literaria. Sí me comentó cosas del medio que le tocó vivir, como la ojeriza que le tenía un poeta impulsor de revistas o el grosero trato que un joven miembro del círculo de Octavio Paz le dio, pero si bien esto le provocaba enojo, tampoco era cosa que lo obsesionara. Varias ocasiones le pregunté por qué no escribía sus memorias, pero nada más se reía cuando le hacía el comentario. Con todo y su parquedad, algo se sabe de su biografía: fue un colaborador cercano del filósofo Leopoldo Zea, en un sentido protector del grupo Hiperión, quien un día le encomendó pasear al historiador inglés Arnold J. Toynbee, algo que le enorgullecía. Lector habitual de The New Yorker, otro de sus triunfos, por decirlo así, fue haberles dado a conocer a sus compañeros de la UNAM, entre los que se contaba Alejandro Rossi, con quien nunca perdió la amistad, el número con el que Truman Capote comenzó a dar a conocer A sangre fría.

Siempre me preguntaba qué estaba leyendo y no faltaban autores que le emocionaban como W. Somerset Maugham, del cual una editorial de reciente fundación había publicado un par de volúmenes de cuentos. En ocasiones, encarrerados con la plática, me hacía sugerencias como leer a Aldous Huxley, pero como ensayista. Su afición por la historia no se ceñía a sus admirados ingleses y llegó a mencionar al francés Fernand Braudel y su monumental El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. De lo que yo escribía, lo hacía partícipe y no puedo sino sentirme satisfecho de que aprobara los proyectos de lecturas y textos que le compartía. Cuando le comenté que iba a escribir sobre el escritor peruano José Durand, autor de Ocaso de sirenas, esplendor de manatíes, quien vino a nuestro país a estudiar en el Colegio de México, me dijo que lo había conocido. Me contó una anécdota que le gustaba mucho. Durand invitaba a gente a cenar. Al llegar el momento de la sobremesa, con la gente teniendo su bebida favorita en la mano, les pedía pasar a una de las recámaras del departamento que estaba preparada para un espectáculo voyeurista. Las luces estaban apagadas y Durand abría la cortina de la ventana lo suficiente para ver el departamento de enfrente, en el que entonces aparecía una pareja que hacía el amor. El anfitrión les decía que eso sucedía siempre a la misma hora. Eso bien le podría haber servido a López Páez para alguno de sus cuentos.

Luego de que acabó la época de El Semanario Cultural de Novedades, las circunstancias hicieron que me distanciara de él. En esos días, López Páez sufrió un derrame cerebral que le afectó las piernas. En contra de lo que pudiera pensarse, tras un tiempo de convalecencia continuó yendo al Salón Palacio, ahora solo un día a la semana, porque era un modo de sentirse vivo. Igualmente en ese tiempo, comenzó a morir gente de mi generación y algunos escritores emblemáticos. Trabajando ya en Milenio, a mí me tocaba ir los viernes, el día de tomar su copa, por mi hijo que entró a la secundaria. Haciendo enojar a mi esposa, le dije que nuestro mostro ese día se iba a regresar solo (“que aprenda a vivir”) porque yo iba a estar yendo con López Páez, que estaba a finales de sus ochenta, y quería gozarlo. Pasaron siete años y las desapariciones de gente del medio se sucedieron, pero él seguía firme. Sobreponiéndose a sus males y a la fatiga, continuaba haciendo el esfuerzo por vernos, pero el viernes 26 de abril llegó a su límite. Aunque estuve preparándome para su partida, la muerte siempre nos toma por sorpresa. Adiós, Jorge, y no olvido que me dejaste una tarea.

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