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Lunes , 24.09.2018 / 11:22 Hoy

El tuitero artero

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De acuerdo con la vertiginosa Cronología del progreso, de Gabriel Zaid, pasaron 1.1 millones de años entre la aparición del gen del habla y la del Homo sapiens, hace 100 mil. Y 94 mil años de ahí hasta la escritura (4000 a.C.). Y poco menos de 5 mil 500 hasta la Biblia de Gutenberg (1455). Y unos 350 hasta la máquina de escribir (1808). Y cerca de 140 hasta la computadora (1946). Y 28 hasta el correo electrónico (1974). Y 15 hasta la World Wide Web (1989). Y seis hasta el blog (1994). Y diez hasta Facebook (2004). Y dos hasta Twitter (2006). Y párale de contar.

Es desconcertante (piensas) que todos esos milenios y todos esos siglos y todas esas décadas y todos esos lustros de progreso cada vez más veloz hayan desembocado en los muchos minutos, cuando no en las horas largas, que un ocioso como Calero pasa día tras día, y buena parte de las noches, sentado frente a una pantalla de computadora o, si está fuera de casa, manoseando un teléfono dizque inteligente.

No ignoras que el imperio ecuménico de las redes sociales ha tenido consecuencias plausibles, como la de fortalecer el derecho de la gente a sublevarse contra los tiranos. Que el gobierno de China o el de Cuba limiten el acceso a internet prueba suficientemente su eficacia democratizadora. Pero la tecnología no es mejor ni peor que los usuarios, y también los terroristas se mandan correos y tuits para planificar sus matanzas.

Si “progreso es toda innovación favorable a la vida humana” (según afirma Zaid), cabe preguntarse cuánto nos favorece el ejercicio indiscriminado de la comunicación virtual. No importa (a nadie le importa) que Calero cuelgue en Facebook la portada de su último pergeño, ni que su novia ponga fotos de un pug recién bañado. Sí importa (o debería importar) que el artero Calero evacue una retahíla de tuits mefíticos para descalificar e insultar a un colega cuya única falta es discrepar con él. Importa que los compadres y cómplices de Calero se sumen en manada a los ataques. Importa que muchos otros, escudados en la anonimia de Twitter, derramen su propia hiel sobre la víctima hasta degradar una discusión trivial en una rabiosa cacería de brujas.

Y si intervienes para recordar la causa original del desencuentro y proponer que se debata sobre temas, no sobre personas, los carroñeros te rapiñan hasta dejarte en los huesos. Lo cual explica, pero no justifica, que casi todos tus amigos (y absolutamente todos tus no tan amigos) se acobarden en lo individual frente a esa rapaz cobardía colectiva, y o bien observen un silencio cauteloso, o bien te manifiesten su solidaridad o su compasión o su mero cariño solo en llamadas telefónicas o en correos personales de los que nadie más se pueda enterar. Gracias.

Del ocio al odio hay una sola letra. Si te fijas, Calero el tuitero artero y sus compinches no odian a todo el mundo. Odian a quien envidian. A quien admiran secretamente. A quien se dedica a lo suyo sin alardes. Sin prisa.

Te odian porque se saben incapaces de ser alguien mejor.

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