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Domingo , 24.06.2018 / 03:10 Hoy

El sismo que vendrá

Horas después de que el terremoto azotara la Ciudad de México, el cardenal Ernesto Corripio Ahumada dijo: “Debemos mirar esta prueba como venida de Dios”. 

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David Toscana

Horas después de que el terremoto azotara la Ciudad de México, el cardenal Ernesto Corripio Ahumada dijo: “Debemos mirar esta prueba como venida de Dios”. Cosa natural en él, pues según su manual de sismología: “Por Jehová de los ejércitos serás visitada con truenos, con terremotos y con gran ruido, con torbellino y tempestad y llama de fuego consumidor”, y la causa de los movimientos telúricos es que un ángel del Señor mueva las piedras. Corripio Ahumada no era el único que desconocía el mecanismo por el que se dan los terremotos, pues los diarios de la época escribieron que “en las avenidas de Reforma, Insurgentes, Cuauhtémoc, Lázaro Cárdenas, Juárez e Hidalgo se podía apreciar cómo, asombrados, unos de pie, otros hincados y rezando, esperaban que el movimiento telúrico cesara”. E incluso aseguraron que “todavía a medianoche, millones de personas aterrorizadas se mantenían en jardines y calles principales de la ciudad implorando a Dios misericordia”.

Sin embargo, desde que un sismo azotara la ciudad de Lisboa en 1755, durante los años de esa época llamada la Ilustración, había nacido una ciencia que acabaría por explicar los movimientos del suelo y subsuelo de modo natural. Y es que muchos de los muertos en aquel terremoto ocurrido en el Día de Todos los Santos, se encontraban en las distintas iglesias de la capital portuguesa rezándole al Señor. ¿En qué modo podía eso provocar su ira? Incluso un escrito de la época en que se informaba de los efectos del dicho terremoto en Madrid, aclaraba que los únicos dos muertos fueron dos muchachos a quienes les cayó encima una cruz de la iglesia del Buen Suceso.

Queriendo absolver a Dios, los sabios de la época, entre ellos Voltaire y Kant, pusieron lo mejor de su cerebro para desentrañar los mecanismos naturales tras un terremoto. En cambio la Iglesia insistió en sus prácticas oscuras, lanzándose a publicar textos que confirmaran que “la culpa del hombre es la que pone la espada en la mano airada de Dios, de suerte que es ocioso buscar otra causa de los funestos estragos del terremoto”. La inquisición portuguesa decidió que no hubo suficientes muertos, así es que buscó judíos y pecadores para quemarlos en la plaza. “¿Con éstos basta o quieres más?”, le preguntaron a Jehová de los autos de fe.

Tales burradas se dieron hace doscientos cincuenta años; pero se confirmaron en 1985 con las declaraciones de Corripio Ahumada y con millones de personas que rezaban para apaciguar a su Dios Omniiracundo. Hoy, se calcula que el 90% de mexicanos son cristianos. Si de verdad creen en lo que dicen que creen, entonces los que estén en el DF huyan a los montes; el que esté en la azotea, no descienda a la casa, ni entre para tomar algo de su casa; y el que esté en el campo, no vuelva atrás. Mas, ¡ay de las que estén encintas, y de las que críen en aquellos días! Oren, para que su huida no sea en invierno; porque aquellos días serán de tribulación cual nunca ha habido desde el principio de la Creación hasta este tiempo, ni la habrá.

O bien, pongan su fe en Richter, Mercalli y sus discípulos, quienes conocen bien las causas e inevitabilidad de los sismos; y que a pesar de toda su ciencia, terminan diciendo bíblicamente que “de aquel día y de la hora nadie sabe”.

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