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Viernes , 20.07.2018 / 08:28 Hoy

El secreto es el detalle

Ángeles Mastretta acumula lectores por legiones: tiene un encanto que simplemente no se agota. Mónica Lavín, novelista de éxito ella misma, explora las claves de esa popularidad única en el panorama literario mexicano.

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Mónica Lavín

Cuando Ángeles Mastretta decidió salir de Puebla hacia la ciudad de México donde estudiaría Letras, no imaginaba que al­gunos años después construiría mundos de palabras, edificios de ficción donde otros abrevaríamos con el mismo placer lector que a ella la llevó a escribir. No sólo eso: que revelaría a los lectores un mundo mirado desde las mujeres con una intimidad y un desparpajo como sólo las palabras precisas y la naturalidad de la narrativa permiten. Lo que escribe Ángeles Mastretta desde su ya clásico Arráncame la vida hasta el más reciente La emoción de las cosas, pasando por sus columnas en la revista Nexos o el blog en El País, lleva esa cualidad de la sinceridad, de lo cotidiano, ese hablar de las cosas importantes y dar importancia a lo aparente­mente menudo en conversación de sobremesa. Para la trasbambalina donde las mujeres han sido colocadas históricamente, Mastretta ha cedido las palabras que las colocan en primer plano como las historias de tías que conforman Mujeres de ojos grandes. Si escribir es hacer visible lo invisible, Mastretta sabe desnudar se­cretos, sabe llegar al corazón de la aceituna en los sueños, anhelos y fortalezas de las mujeres que ha elegido como protagonistas en mundos que llevan a otros tiempos: la Revolución y sus años inmediatos, un mundo de generales, de infidelidades, de poderes y astucias, de supervivencia. Mastretta ha mostrado su gran oído y sus muchas lecturas para fabricar teji­dos, tramas, bordados donde las complicidades, los mundos ocultos de las mujeres se esconden detrás del lenguaje que las expresa.

Cuando pienso en Mujeres de ojos grandes me lle­ga el olor a orégano. Debe ser porque Ángeles salpicó la historia y el cabello esmerado de la tía desfogando la pasión en la alacena, con la hierba seca. Son los detalles los que llevan la carga en la escritura de Mas­tretta, su capacidad de darles importancia y armar un mundo con ellos; pienso en la lección heredada de Jane Austen, de Katherine Mansfield o de Flannery O'Connor: el peso de las cosas. Tal vez por ello La emoción de las cosas no es sólo un título acertado para la escritura de esa memoria de familia que la autora nos acerca para entrar en el secreto no revelado del padre italiano que emigró a México, sino porque re­fleja el espíritu mismo de la escritura de Mastretta. Lo suyo ha sido recuperar otros tiempos, darle voz a las sin voz, permitirles una vida de otra altura más allá del silencio y la "decencia", tejer atmósferas con enor­me eficacia, a través de una prosa transparente por la que sus lectores trepamos sin reservas, como queriéndonos asomar a lo que hay detrás de esos ojos grandes. Los asombros y lo no dicho.

Muchas veces ha confesado su gusto por la músi­ca mexicana, y hasta cantó en la premier de la pelí­cula basada en su novela. No es casual que el libro con el que se dio a conocer lleve nombre de bolero y que no sólo lo evoque sino que reconozca en la fuerza de las tres palabras Arráncame la vida la pa­sión que lo habita. Sin duda esta novela que le me­reció el Premio Mazatlán, que se lee en otras lenguas y que colocó a Mastretta con grandes luces en el mapa literario, abrió brecha en lo que se ha llamado el boom de la literatura de mujeres. Tal vez un mem­brete mercadológico, pero lo cierto es que a partir de la publicación de novelas como esta en el 85, las lectoras aumentaron. Encontraron en las páginas de esta novela un espejo que les permitió verse de cuer­po entero, disfrutarse, y quererse al tiempo que su apetito lector se alistó para lecturas venideras. Es cierto, la literatura es mejor que la vida, aunque siem­pre he pensado que Ángeles vive un modelo envidia­ble: comparte la pasión de la escritura con su marido, Héctor Aguilar Camín. Los dos escriben y muy bien. Se toman riesgos, cuidan la palabra, tienen historias de familia que comienzan en otras geografías. ¿Se leen fragmentos de lo que escriben? ¿Se critican? ¿Los comentarios de cada uno abonan al crecimiento del otro? Sin embargo cada uno es distinto. No hay sim­biosis escritural.

Ángeles Mastretta fue la primera mujer en ganar el premio Rómulo Gallegos con Mal de amores. Supongo que su secreto está en haberse forjado un estilo literario único siendo fiel a las preguntas que le rondan la cabeza, a los personajes que le interesan, a las mujeres que co­noce, inventa, fabula. Ella ha dicho que se molestó cuan­do le dijeron que hacía literatura de mujeres. Cómo no, si nadie ha dicho a los hombres que ellos hacen literatu­ra de hombres porque sus protagonistas son varones. La historia nos colocó mucho más tarde en la escena públi­ca y por ello quizá la necesidad de señalarlo. Algún día, la distinción no será relevante. Diría yo que hasta ahora Ángeles Mastretta ha hecho de las mujeres el corazón de sus textos, y del corazón, el asunto primordial de lo que escribe, sea el mal de amores, las relaciones filiales, la memoria personal o las pasiones ocultas. Los escritores no son previsibles ni para ellos mismos. Si no, escribir dejaría de ser ese arte de descubrimiento. Por eso, afila­mos el entusiasmo para leer su nuevo libro.

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