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 El secreto de habitar el tiempo

Peripecia


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El juego de dos hombres presos injustamente, que actúan, dialogan, riñen y corrigen fallas en torno a personajes creados por Lope de Vega, que encarnan para resistir el encierro, traslada al espectador a la ficción de una comedia escrita en 1590, a un fragmento de realidad y a la diversión de estos huéspedes de una cárcel sin nombre que, adheridos al verso, al humor y a los personajes de El príncipe Ynocente, encuentran el secreto de habitar el tiempo.

Al centro del escenario desnudo, una celda de casi metro y medio contiene a los dos internos, sentados al lado de una cubeta, una guitarra y otros objetos que acomodan mientras se comunican en voz baja. El sonido de un silbato anuncia las llamadas.

Fernando Villa y Salvador Petrola, integrantes de la Compañía EFE Tres Teatro, que cumple cuatro años de escenificar esta comedia, despliegan el conocimiento que tienen de esta obra del Siglo de Oro, de los personajes, que se dividen y a ratos intercambian para plantear —como lo hacían algunas compañías teatrales de aquella época, conocidas como Ñaque, formadas solo por dos actores— la historia del destierro del príncipe Alexandro, los lances de amor y los obstáculos que debe salvar hasta recobrar lo que le pertenece.

Vestidos con saco a rayas anchas y horizontales y pantalón de lona, los actores descomponen la jaula que minutos antes los mantenía encerrados, para acomodar los dos módulos que conformaban su prisión, transformándolos en la torre de un castillo, en una fuente, en aposento femenino o en árboles del bosque.

Unas gafas y una distinta postura corporal, una almohada bajo la percudida playera para ganar abdomen en segundos y diferentes voces, son algunos elementos que Villa y Petrola utilizan en distintos momentos de su vertiginosa representación, además de un delgado trozo de tela roja a manera de banda imperial y unos naipes que mueven graciosamente como abanicos, cuando les toca representar a las damas Rosimunda e Hipólita.

Ágiles, amenos, hábiles para conseguir que los hombres de esta historia tengan una buena diversidad de matices, de forma que el espectador pueda diferenciarlos, luego de un giro del cuerpo, otro tono de voz y algo de utilería, el dueto progresa en la acción de esta comedia —escrita en verso y adaptada por Fernando Villa y Fernando Memije, con la dirección de ambos y de Allan Flores— incluso cuando un actor reclama a otro alguna falta en su interpretación o en su movimiento.

Los rompimientos que Villa y Petrola realizan, contenidos en una especie de reclamo y broma actoral, funcionan tanto para agregarle comicidad a la escena como para aclarar algunos de los enredos que pueden ser poco claros, sobre todo por los más de quince personajes que la obra integra y que son representados por los dos actores.

La espontaneidad con que hacen partícipe al público de lo que persiguen en su rol de actores aficionados es parte medular de las virtudes de este montaje, respetuoso de los códigos de un calculado juego, disperso en apariencia.

Este ingenioso espectáculo que alude a la injusticia, la impunidad, el engaño y el amor, cuenta con la escenografía de Tenzing Ortega, la iluminación de Víctor Manuel Colunga y el vestuario de Pedro Pasarán, quienes a partir de soluciones escénicas sencillas en apariencia, vinculadas a la expresión de los polifacéticos actores, construyen la ficción del siglo XVI, con lo que, en teoría, dos presidiarios podrían tener a la mano.

Esta versión de El príncipe Ynocente, de Lope de Vega, logra ese espacio único en el que actores y público se encuentran unidos en torno a una comedia viva y actual, escrita siglos atrás.
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