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Sábado , 26.05.2018 / 17:17 Hoy

[El Santo Oficio] El hombre que estuvo allí

En la antología ‘El hombre que estuvo allí’, George Plimpton recuerda sus desafíos. El primero de ellos: antes de un partido de pretemporada entre equipos de la Liga Nacional y la Liga Americana.

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José Luis Martínez S.

El cartujo se queda con los ojos pelones toda la noche, leyendo las aventuras de George Plimpton (1927-2003), uno de los fundadores de Paris Review y periodista durante varios años de la revista semanal Sports Illustrated.

Creador del “periodismo participativo”, llamado “gonzo” por su amigo Hunter Thompson, autor de Miedo y asco en Las Vegas, Plimpton vivió una vida de fantasía. No se privó de ninguna experiencia y todas las transformó en crónicas plenas de humor y sabiduría.

Inspirado por el legendario periodista deportivo Paul Gallico, decidió no solo ser testigo sino vivir el mundo de los deportistas profesionales, estar con ellos, alinear en sus equipos como una especie de “profesional aficionado”.

En El hombre que estuvo allí, antología preparada por él mismo y publicada en España por la editorial Contra, recuerda sus desafíos. El primero de ellos: antes de un partido de pretemporada entre equipos de la Liga Nacional y la Liga Americana, celebrado en 1958 en el Yankee Stadium, se comprometió a lanzarles a todos los jugadores de ambos equipos. Al principio le fue bien, pero después comenzó a sentir desesperación, fatiga y una enorme soledad mientras más de 20 mil espectadores veían, entre indiferentes y curiosos, sus reiterados fracasos en el montículo y una voz en su interior se burlaba insistente y cruelmente de él.

El suplicio en el Yankee Stadium, en vez de hacerlo desistir, avivó sus expectativas. Patrocinado por Sports Illustrated se enfrentó en 1959 al campeón mundial de peso semipesado, Archie Moore, en una pelea pactada a tres rounds en un viejo gimnasio de Nueva York. Terminó con la nariz sangrando pero también con una excelente crónica sobre el boxeo y sus códigos, sobre el dolor y la solidaridad, sobre el amargo sabor de la derrota.

Jugó como último quaterback con los Detroit Lions, como portero de hockey sobre hielo con los Boston Bruins, fue domador y trapecista en un circo, corredor de autos de carreras. Sin embargo, escribe: “A menudo me preguntan cuál de los ejercicios participativos en los que he tomado parte ha sido más amedrentador. La gente siempre se sorprende cuando digo que el que más me amedrentó no fue el jugar futbol americano con los profesionales, o al baloncesto, o boxear, sino tocar con la Orquesta Filarmónica de Nueva York”.

Como periodista participativo había trascendido el ámbito del deporte y el anhelo de nuevas vivencias lo llevó a pedirle a Leonard Bernstein la oportunidad de tocar en su orquesta. Lo aceptó y lo mandó a aprender percusiones. Desde el principio lo supo: no podía cometer errores: “Si cometes un error, un gran error, destrozas una obra de arte”, escribe en su libro, de ahí lo aterrador del reto.

Los encuentros de Plimpton con Hemingway, Norman Mailer, Hunter Thompson, Mohamed Ali, William Styron, su fascinación por los fuegos artificiales, la muerte de su padre, todo está en el fascinante libro de El hombre que estuvo allí.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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