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Sábado , 20.10.2018 / 18:56 Hoy

El réquiem de "Globo"

Leonel, con amigos menores que él, se ganó su idolatría invitándolos a Cuba para que lo vieran esnifar cocaína y quedarse en bolas entre cubanas asqueadas.

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Leonel Globo Andrade murió de un derrame cerebral el 3 de abril a las ocho de la mañana en la regadera de su departamento en Francisco Sosa. Tenía 38. Su última década transcurrió entre cocaína y continuos viajes a Cuba en los que se entregaba al ejercicio del turismo sexual. Y justificar así, como si de un deporte se tratara, siete u ocho días en la isla de pagar a mujeres, algunas menores de edad, por tener sexo era algo que lo llenaba de orgullo.

Me voy a entregar al ejercicio del turismo sexual, decía Leonel con su voz aguda, con su sonrisa cínica y sus rosados carrillos cuya hinchazón desproporcionada le valieron, cuando tenía cinco años, el apodo de Globo.

Ahora que Alexis y Luis Alberto, sus amigos más antiguos se han reunido en un bar de Coyoacán para asimilar su muerte, es así como recuerdan a Leonel: niño… un niño raro que conseguía atención a través del asco; reunía a sus compañeros en el recreo para mostrarles cómo un caracol avanzaba lentamente sobre su lengua antes de comenzar a masticarlo. Salvo estos episodios de crueldad que les provocaban rechazo, Alexis y Luis Alberto entablaron con él —por medio del futbol, del coleccionismo de estampas, de compartir travesuras y correrías en las calles de misma colonia (Del Carmen)— una entrañable amistad que durante la adolescencia se convirtió en idolatría —le reconocían, por ejemplo, que en una fiesta multitudinaria se paseara desnudo entre las mesas con una botella de güisqui cubriéndole el pene— y luego, cuando entraron en la universidad y Leonel seguía —a los 22 y 25— haciendo lo mismo, la amistad decayó hasta el olvido.

Globo, treintón y repudiado, consiguió nuevos amigos 10 o 13 años más chicos cuya idolatría se la ganó invitándolos a Cuba para que lo vieran —cada vez más calvo, cada vez más violento, cada vez más gordo— esnifar cocaína y quedarse en bolas entre cubanas asqueadas.

Ahora Alexis y Luis Alberto beben mezcal y recuerdan la última vez que los tres se reunieron: en el departamento de Globo, en Francisco Sosa, el 21 de febrero. Esa noche, cosa insólita, les dijo que se sentía cansado y que no quería ir a Cuba en marzo. Luis Alberto le dijo: pues Leonel, si no quieres no vayas, y él le respondió: no mames, wey, soy el Globo, pendejo.

Entonces quedó tan claro que ese ridículo hombre profundamente cobarde había sido sin remedio devorado por su personaje de la preparatoria: el salvaje-incansable-cínico-soez-impúdico gordito desmadroso que le dice sí a todo.

Alexis levanta su caballito y murmura: pinche Globito, hijo de tu chingadísima madre, y deja escurrir hasta el suelo unas gotas de mezcal, como si debajo de la tierra estuviera su amigo muerto listo para lamerlas.

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