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Viernes , 22.06.2018 / 04:49 Hoy

El reinado de las vísceras

Por absurdas o contradictorias que resulten las propuestas, sus millones de seguidores no buscan soluciones concretas, sino seguridad emocional.

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Eduardo Rabasa

Uno de los grandes vislumbres de George Orwell es que, cuando se trata de temas políticos, la mayoría de la gente no utiliza el sentido común con el que conduce su vida cotidiana. En algún ensayo pone el ejemplo de la señora que al ir al supermercado es perfectamente consciente de cuánto dinero lleva, de qué puede comprar y qué no; en cambio, a la hora de la política sería incapaz de razonar con la misma claridad, y puede perfectamente esperar que ocurran al mismo tiempo fenómenos contradictorios, excluyentes.

Si lo pensamos más a fondo, ello se debe probablemente a que si bien cada época considera sus formas de organización política como algo dado, en el sentido de que desde que nacemos de alguna manera ya existen para estructurar nuestras vidas (y por eso son tan traumáticos los momentos de ruptura de un sistema, pues literalmente se viene abajo toda una forma específica de estar en el mundo para millones de personas), en realidad son modelos completamente contingentes que, como la historia muestra, son sujetos a cambiar, incluso de maneras siempre difíciles de prever.

Probablemente a ello se debe que en las épocas de menor convulsión la política se vea relegada a un ámbito específico de la vida, y que en cambio en los momentos de mayor agitación la política lo devore todo, como se pone de manifiesto, por ejemplo, en los momentos electorales, cuando prácticamente cada conversación gira en torno a ella, para después dar paso nuevamente a la preeminencia de la rutina cotidiana.

En la actualidad existe una especie de consenso, en el sentido de que el actual modelo de organización arroja por doquier muestras de agotamiento, que casi todos los días generan un nuevo brote espeluznante de violencia. Entonces, es natural que amplias capas poblacionales se sientan temerosas, amenazadas, y que surjan diversas propuestas políticas extremas que generan adhesiones a partir de ese miedo y de una especie de instinto de supervivencia. Por eso, por poner un ejemplo, tantos comentaristas insisten en que no se puede analizar la actual elección estadunidense con los parámetros habituales, pues nos encontramos ante un fenómeno desconocido, en el que todo supuesto de racionalidad o de conductas predecibles por parte de los votantes queda invalidado ante la preeminencia de las emociones como factor político decisivo.

Las demagogias de todos colores campean a sus anchas frente a tal escenario, pues son discursos que no apelan a las cabezas sino a las vísceras. Por absurdas o contradictorias que resulten las propuestas, sus millones de seguidores no buscan soluciones concretas, sino seguridad emocional. La fórmula del chivo expiatorio, del Otro malvado que resulta culpable de nuestra miseria sistémica, es particularmente efectiva, pues quizá ninguna emoción aglutina una energía tan violentamente condensada como el odio. En los tiempos del pathos, lo sensato equivale a lo pusilánime, y las campañas políticas se convierten en una especie de carrera armamentista donde cada bando se empeña en demostrar que es susceptible de ir siempre un poco más lejos, con tal de obtener la adhesión de los votantes, esas almas en busca de una certeza discursiva que su complicada realidad es incapaz de proporcionarles.

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