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Viernes , 19.10.2018 / 10:51 Hoy

El reencuentro de la Blanca

Vibraciones


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Cuando llegó a Tijuana, hace cinco años, la palabra traidor resonaba en su cabeza con la insistencia diaria de las campanas. El haber traicionado a su banda era una idea que lo atormentaba. Ximena, su novia —y motivo por el cual dejó el DF—, le decía que traición era un concepto romántico pasado de moda, que su vida de pareja se les venía encima, dura y enmarañada como para además complicarla con dramas. Daniel Gómez le dio la razón y no volvió a sacar el tema. Se dedicó a sus estudios de veterinaria con pasión atenta. Se hizo doctor y al poco tiempo era un catedrático entusiasta que dictaba ponencias de pie, en continuo movimiento físico; recorría la tarima con pasos rápidos y agitaba las manos para acentuar el sentido de sus palabras. Lucía alegre y activo y, sin embargo, su voz sonaba dura y anclada, llena de una extraña rigidez que hacía pensar en la rabia.

Y Daniel ignoró su problema de sonido; imaginó —erróneamente— que el olvido lo desvanecería. En bares y fiestas de pronto la música —fuera la que fuera— actuaba sobre sus nervios de funestas maneras; lo sumía en la desesperación y la tristeza. Le recordaba —con la aciaga contundencia de las cosas que han quedado incompletas— su pasado como cantante de la Blanca Celtibérica, el grupo de rock pesado con nombre de cabra que fundó con sus amigos en Santa María la Rivera y al que le dedicó siete años (2004–2011) de mal comer y cantar, de mal dormir y componer. Siete años que se concentraban en la existencia de su voz, su voz divertida y enérgica, con facilidad para el agudo, fascinación por el grito y una expresión que se debatía entre la iracundia del metal y la angustia amorosa de lo emo.

Justo cuando los integrantes sentían que la fortuna, tras siete años de desprecio, les abriría por fin las puertas, Daniel disolvió la banda. Tenía 27 años; si no se centraba en un camino concreto quedaría perdido y viejo a la mitad de todo: del canto, del romance y de la veterinaria. De esas tres cosas la música resultaba ser la más abstracta, y en su corazón la incertidumbre —la misma incertidumbre que solía llevarlo electrizado hacia la aventura— comenzaba a llenarlo de angustia. Para que el golpe se sintiera suave, Daniel les dijo: “¿No escucharon a Oasis? No dejemos nuestras vidas en manos de una banda de rock’n roll”. La broma a nadie le hizo gracia y aunque no fue pronunciada, la palabra “traidor” se quedó vibrando —seca, oscura y afilada— al fondo de las almas de los cinco amigos que hacían música en la Blanca.

Así, en silencio acusatorio, cinco años se han ido… hasta hoy, que la Blanca Celtibérica está reunida en el patio de una casa de la calle 53, en la colonia Ignacio Zaragoza, entre el Aeropuerto y el Foro Sol. Los miembros originales. Bajo, batería, dos guitarras y Daniel, con las manos vacías frente a su micrófono retro. Rock en tu idioma. El sonido un poco metal; las letras un poco emo. Ecos ochenteros. Cada trece minutos un avión pasa; 57 personas. Fans muy antiguos. Treintañeros. Más mujeres; algunas corean las letras.

La voz de Daniel poco a poco se abre. Vino solo al DF. “Ya se llama CdMx”, le recordó su esposa cuando lo dejó en el aeropuerto de Tijuana. Su voz se abre hacia el generoso entusiasmo alegre de un sonido preocupado por hacer que la gente baile. Canta “Te falta color”, balada sucia y melosa, llena de aullidos, sobre cómo un joven ve la vida seca e inexpresiva (en grises) hasta que una mujer —besarla, pasar noches con ella— lo hace descubrir los matices y el brillo que dan magia a estar vivo.

La canción termina. Murmura el baterista: “Éramos tan buenos, cabrón, ¿por qué nos traicionaste?”, y su voz crece áspera y dura y permanece vibrando 1–2–3 segundos a través del silencio de la noche fría.
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