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Sábado , 23.06.2018 / 06:12 Hoy

El primer libro

Ambos mundos.


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Santiago Gamboa

Para un joven novelista inédito, lograr publicar un primer libro es como caer amarrado de pies y manos a la piscina de los tiburones. Pero es lo que uno anhela, lo que uno ardientemente desea. Antes de que ocurra, parece imposible. Es un sueño inalcanzable, una utopía. Y de pronto ahí está, frente a uno, con sus tapas de cartón brillante, una ilustración, las letras del nombre y del título, y entonces uno lo mira desde todos los lados, cerrando un ojo, poniéndolo a contraluz, y piensa, ¿está todo ahí? Es extraño.

En mi caso fue así: vivía en París y había terminado una novela llamada Páginas de vuelta, un título, por cierto, al que hoy debo resignarme, pero en fin, menos mal que es un libro olvidado. De cualquier modo presenté la novela a varios editores españoles y colombianos y muchos la rechazaron, lo que en esos años parecía bastante normal. Hasta que la editorial Tusquets se interesó y un amable editor, Juan Cerezo, me invitó a Barcelona a discutir sobre el manuscrito, proponiendo infinitos cortes y reescrituras. Según él, debíamos preparar una versión final perfecta antes de presentarla a Beatriz de Moura, la directora. Hice muchos cambios, la novela mejoró y el proceso siguió adelante, pero cada vez más lento y lleno de tropiezos. Pasaron los meses hasta que un buen día un novelista mexicano amigo, Antonio Sarabia, me ofreció llevar la novela a su editor colombiano, que era Moisés Melo, director de la colección de Norma Literatura (hoy extinta). La envié por no dejar.

Moisés la leyó y me puso una cita en la Feria de Frankfurt de ese año (1994). Y para allá me fui con el fotógrafo Daniel Mordzinski, quien también tenía un proyecto de primer libro. No teníamos dinero, así que yo dormí en casa de la tía de una amiga y Daniel en la alfombra del cuarto de hotel de un escritor solidario. Moisés Melo nos recibió por turnos en el stand de Norma. Era un hombre pausado y tímido, casi bíblico. Al salir no entendí muy bien si publicaría o no mi novela, pero al otro día me preguntó cuándo pensaba ir a Colombia para que firmáramos el contrato. Le dije que al mes siguiente (improvisé).

Un mes después estaba en las oficinas de Norma, leyendo un borrador de contrato que firmé con tanta fuerza que creo haber atravesado el papel y por eso parte de mi nombre quedó impreso en el documento que estaba debajo. Luego hice un rápido trabajo de edición y el libro salió en la Feria del Libro de Bogotá de 1995. Cuando los ejemplares llegaron de la imprenta, me entregaron un volumen pequeño de tapas azules. No entendí la imagen de la portada, no me gustó, pero me aferré a él con fuerza. Ahí estaba todo lo que yo era y había sido, y lo que anhelaba seguir siendo el resto de mi vida. Con frecuencia invoco a ese joven que en abril de 1995 caminaba solo y sin rumbo por la avenida El Dorado de Bogotá, cerca de la sede de Norma, sostenido por un libro, y es por él que todavía hoy sigo escribiendo libros.

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