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El poeta en la parada del autobús

El siguiente es un diálogo imaginario en torno de Una señal del cielo (Sello Editorial de la Universidad de Concepción) y Campo Alaska (Almadía) del poeta bajacaliforniano José Javier Villarreal


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A veces uno sale a la calle y se da de bruces con un poeta vestido de civil, de modo que no reconocemos que es poeta salvo quizá por un cierto brillo en la nariz o una forma de mirar o caminar un poco rara. Pero los poetas no traen el paraguas abierto cuando no llueve, ni espetan palabras extrañas a los extraños, ni cortan flores con un machete activado por versos. Son, por fuera, como usted y yo y la señora que sale de la panadería inhalando todavía los efluvios del santo olor del pan (y que sí es poeta y tampoco lo parece).

En la parada del autobús, uno inicia una conversación con el poeta que no sabemos que es poeta. Tal vez si tuviera acento chileno o peruano…

Yo digo: estos días lo ponen a uno melancólico.

Él guarda silencio y esboza una sonrisa a medias.

Yo digo: otros días también lo ponen a uno melancólico, al mismo tiempo que alegre.

Él dice, con esa cortesía característica de los poetas:

Definamos las cosas:

estoy triste, muy triste

y mi tristeza se me sube al cuello de la camisa

y hace que ésta me quede grande,

tan grande que desaparezco en su interior.

Pero mi tristeza no desaparece,

no se va a contemplar a los ángeles a la orilla del estanque,

no saca a pasear a mi perra por las plazas de mi colonia;

no, tampoco toma mi auto y decide desaparecer por un rato,

poner el celular en buzón

y ser ilocalizable por horas y horas.

Yo digo: es una forma original y no dramática de describir su tristeza. Doy por sentado que a usted la elocuencia no le agrada; no le satisface; tal vez le dispiace

Él parece asentir. Como yo también guardo un casi indiscreto silencio, me dice:

Mi tristeza es friolenta, yo no;

/…/ no habla, no se mueve, solo suspira;

Yo la veo también en silencio, luego veo el techo,

la lámpara, y cierro los ojos.

Yo pienso: ah, es una tristeza tratable, quizá agradable.

Él me lee la mente y dice:

Ahora mi tristeza —como ya señalé— se ha instalado

en el cuello de mi camisa,

ésta se ha vuelto tan grande

que me he perdido en su interior.

Mi tristeza es como un gato;

un gato que no se ve.

Mi tristeza es el ronroneo que escucho cuando apago el clima,

toco las sábanas,

veo el techo, la lámpara,

abro los ojos.

Yo digo: a los poetas les interesa la tristeza, perdonando la rima.

Él dice: Homero, el más grande, amaba la guerra.

Yo digo: Cuando usted habla del clima, es un hombre del desierto hablando del aire acondicionado, me imagino.

Él asiente.

Yo digo esgrimiendo el periódico: la situación política se vuelve cada vez más complicada, ridícula, peligrosa, cómica y posiblemente trágica.

Él dice:

Podría hacer el experimento que un ensayista polaco propone:

Hacerme pasar por un poeta danés.

En tal caso, ya siéndolo, tendría que desconocer

mi pasaporte, mi visa y mi credencial de elector,

o al menos fingir que estos documentos, tan importantes,

también sufrieran una transformación.

Mi pasaporte dejaría de ser verde /…/.

Al convertirme en un poeta danés un reino aparecería

y otro se borraría.

Las tortugas seguirían, aparentemente, siendo tortugas:

animales verdes, pequeños y frágiles, con patitas y colita

y un caparazón que más bien parece un adorno

que un escudo anti motines,

de esos que usan los policías tanto en Dinamarca

como en México.

Los perros continuarían ladrando como siempre, pero yo

los escucharía de otra manera;

ése es el punto: el mundo estaría aquí, seguiría aquí,

pero yo lo percibiría de otra manera,

serían otros los colores, los aromas, los sabores;

las texturas guardarían otra relación con la yema

de mis dedos /…/

Me quedo pensando: si esta persona es un poeta tal vez sea un poeta místico sin Dios. O por lo menos un admirador y cuestionador de un Dios sin éxito ni culpa. Del mismo modo que su lenguaje es poesía desnuda de todo “lenguaje poético”. Al mismo tiempo, para este individuo todo es materia poética sin convertirse por ello en argumento estético, ideológico, vanguardista.

No es un antipoeta, como Nicanor Parra. Tampoco es poeta–anti o diletante. Es un poeta muy serio, con sentido del humor.

Yo le digo (con rima involuntaria): mientras llega algo que nos transporte, dígame algo que le importe.

Él se sonríe y declara escuetamente:

Estoy viendo una silla

pero pensando en un perro./…/

Las asociaciones se me dan con cierta facilidad,

incluso al escribirlas logro imprimirles

cierto metro melódico

que las hace pasar como versos.

Hay que tener cuidado —lo dijo Paz,

recordando a Villaurrutia—

de no confundir la inspiración con el facilismo

ahora que estoy viendo una silla

pero pensando en un perro.

Hace usted bien, le digo. El hecho de que ambos tengan cuatro patas no homologa al asiento con el can, aunque me recuerda ciertas extrañas asociaciones que Aristóteles hace en su Investigación sobre los animales. Debo decir, sí, que me sorprende que mencione a Paz y Villaurrutia.

Él me responde, escueto:

De un tiempo a esta parte celebro a poetas como

Ashbery, Williams, Borges y Paz,

poetas que llegaron a la vejez con una potencia expresiva

que nos rodea como los anillos de Saturno a

Saturno.

(Campo Alaska, p. 206)

Los poetas que mienta el poeta de la esquina son tan distintos no solo entre sí sino de él, que me pregunto si acaso la poesía ha dejado de ser un campo de batalla: Neruda contra Paz, Paz contra Sabines, Fidel Castro contra Lezama Lima y la poesía toda, los chilenos contra los chilenos, los peruanos entre sí, Ginsberg versus Lowell, en fin.

Como espero que el poeta me lea la mente, guardo silencio.

Pero el poeta no dice nada, y el autobús no llega. Entonces hago un poco de conversación de circunstancia: yo padezco mucho con el calor, le digo, pero a usted —que vive en medio del desierto en una ciudad industrial que genera su propia canícula— mi horror por el calor (¡otra rima!) debe antojársele ridícula.

Él me contesta muy educadamente:

Mi casa quedaba como a diez cuadras de la escuela,

pero la tundra, la estepa y la sabana

habían llegado a mi vida;

las grandes extensiones,

las enormes soledades,

los pinos oscuros y los bosques Urales.

Mirando (por así decir) las siluetas fuertemente reales y concretas de la tundra siberiana que el poeta evoca en pocas palabras que son el eco de un narrador épico o trágico jacklondoniano, uno reconoce la agudeza miope de un poeta. Uno reconoce también que en Tecate, Baja California, la tundra terrible no guarda secretos para el chavito que la recorre entrecerrando los ojos hasta llegar a la escuela de —extraña cosa en Rusia— monjas.

Algo me dice que el autobús del poeta o el mío llegarán pronto. Quiero decir: aun si es el mismo autobús para ambos, cada quien se sentará en un asiento por su parte. La poesía, en mi experiencia, es una vivencia a solas, a diferencia de la música. A menos que el poeta lea sus propias palabras ante nosotros como si acabara de escribirlas. Entonces, sí. Aunque para mí o para ti las palabras del poeta no quieran decir lo mismo que para el propio poeta y sus anillos saturninos.

Por ejemplo este poema chino de José Javier Villarreal que no cito entero:

Han pasado mil años como mil flores

se dibujan en los poemas chinos,

como el aliento de Dios en el espejo

donde no se refleja.

He leído que nos reflejamos en el cuerpo de Dios

y he sentido mucha tristeza,

me he acordado de las rosas

que una mañana abrieron,

de la sala del aeropuerto,

de hace mil años como mil flores en un poema chino.

Ahora sé que nos reflejamos en el cuerpo de Dios,

pero también sé que él no se refleja en nosotros;

y tener conciencia de ello

me ha nublado la mañana,

he dejado de oír el canto de los pájaros

y solo la lluvia

cae en mi jardín.

Este poema me gusta, me conmueve y me molesta al mismo tiempo. Me gusta porque es un poema (digamos) místico con las palabras con que uno menos se lo espera, me conmueve porque es un poema al modo chino y me molesta porque mete a Dios donde Dios no tiene cabida: no me refiero al aeropuerto y las rosas, que son lugares aceptables para el misticismo occidental de nuestro tiempo, sino a que Dios no aparece nunca en los poemas chinos. Los dioses, sí, los del Oeste y del Sur, por ejemplo, pero el dios, no.

Pero José Javier Villarreal lo hace aparecer.

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