• Regístrate
Estás leyendo: El Península
Comparte esta noticia
Martes , 23.10.2018 / 09:40 Hoy

El Península

Existieron años en los que exploré cada pequeña península de la calle Allende. Tacuba también era importante.

Publicidad
Publicidad

No sabremos qué sucedió en nuestra ausencia, ignoramos lo que ocurre en los sitios que no visitamos. La vida es una pequeña península, confundirla con islas es injusto, geográficamente existen casos en los que no se sabe si un pedazo de tierra pertenece a una península, el istmo no siempre se distingue con claridad. Puedo recordar algunos años, el café Tacuba se incendió en 1999, no me importó, era un sitio caro para mi presupuesto de estudiante. Los cafés de chinos, apacibles penínsulas, una abundante comida: arroz, pan al vapor, orden de nata, café con leche, después podías dormir sin ser molestado, la escala obligada tras una noche de parranda o trabajo. Empecé mi afición por esos paraísos en la zona del barrio chino. Se podía conseguir opio y café de la misma forma en los 90. Podías beber café, después buscar un fumadero clandestino y ahí, caer en cualquier rincón.

Las huestes asiáticas llegaron a México a mitad del siglo XIX, aceptaban cualquier empleo. Los más adinerados ponían negocios, panaderías, venta de ropa, lavanderías, porcelana de mala calidad, jabones de sándalo y violeta, pócimas de jengibre, budas, ranas, farolitos de papel, tapetes, joyería barata, el negocio menos visible: las piqueras, los fumaderos. Por esa razón, mi abuelo los miraba con recelo, detestaba a los chinos que comerciaban droga. Nunca faltaba para tomar aquellos jarabes, droga legal. Después de una taza, compraba kilo y medio de café en El Gato Negro, sé que así se llamaba antes gracias a él, ahora se llama El Cordobés, lo acompañaba todos los días antes de hacer la tarea, ritual de infancia, mientras compraba decía en voz alta que todos los chinos se amontonaban como ratas inmundas en los cuartos de las vecindades, se encabronaba porque recién habían comprado medio edificio al lado de su casa, un viejo departamento con patio interior, balcón de tres serenatas, una fuente inservible, recuerdo una pequeña bodega en la que guardaba las armas que pertenecieron a su padre. Mi abuelo, tan mezclado, no confiaba en los chinos, en esa época era casi natural, nunca perdía oportunidad para decir que se reproducían como ratas, los empleados lo miraban divertidos, saludándolo alegremente, salía echando chispas, cuando llegábamos a casa retumbaba la voz de la abuela al ver el paquete, “¿comprándole al ‘enemigo’ otra vez?, el que por su gusto es buey… hasta la coyunta lame”, silenciosamente acomodaba el café en la alacena roja, el piso de duela crujía, contó una vez más lo que le dijo uno de ellos, con un pasaporte pasaban más de 50.

La unión es un proceso gradual, tiene muchas capas, invisibles entre una época y otra. El Café Península: el accidente geográfico más afortunado, aquella mañana en la que encontré cerrado un café que ya no existe en la calle de López llegué al Península, solo, después me contó mi padre que de pequeño me llevaba hasta que atropellaron a un gato afuera, no lo recuerdo, dice que lloré tanto, que grité tanto que después me negaba a acompañarlo por pan, era un niño, vivíamos cerca de ahí, en Perú, en 1985 el edificio se dañó, nos cambiamos a la calle de Allende. Existieron años en los que exploré cada pequeña península de la calle que contempló gran parte de mi vida. Tacuba también era importante, el Munal, exposiciones gratuitas, aquellas elegantes escaleras, la azotea a la que me colaba para contemplar la plaza, los pianos, las ventanas. En Tacuba tuve un sitio para pensar sin que nadie me molestara. Cuando quiero regresar el tiempo, observo el único edificio que permanece intacto en mi memoria. Viejo, cuatro pisos, situado en el número 37 de la calle. Solía dormir en el último piso en una oficina abandonada. Guardaba una cobija en uno de los cajones de un escritorio viejo de color negro, un día me desalojaron, jamás me enteré quién me delató.

Esa mañana de 1999 merodeaba cerca de la calle de Tacuba, me detuve a contemplar el desastre, no existían los locales cercanos hoy al Café Tacuba. Se había incendiado el día anterior, no permitían el paso. Detestaba la universidad, todas las mañanas la misma sensación: antes de entrar al Metro me daban ganas de vomitar. Otra mañana vagando, intenté rodear, Cinco de Mayo, bajar por Motolinía hasta Tacuba, no tenía sueño, estaba cercado por el incendio; decidí caminar. La plaza Tolsá era majestuosa, no le habían borrado la cara a la estatua, no estaban los indigentes hondureños, no estaba El Cardenal, tampoco los restaurantes actuales. En el cruce con Filomeno Mata fumé un cigarro. Conté las monedas, apenas me alcanzaría para comer. Decidí tomar café. Un amigo siempre me insistía para que lo acompañara al Café Habana, me parecía tan lejana la calle de Morelos. Mis penínsulas eran otras. Crucé hasta avenida Juárez, tomé López. La cortina de mi café cerrada. No tenía mucho dinero, decidí probar suerte en un bar del barrio chino, entré al San Remo en la calle de Dolores, perdí lo poco que tenía invitándole dos cervezas a una mujer tan desgraciada como yo. Era miércoles, un día espantoso. Caminé hasta Eje Central, decidí ir a la Guerrero a las tortas Saturno. Antes de cruzar Reforma me detuve, ella estaba en la esquina de Ecuador esperando cruzar. Llevaba los tacones en la mano, un rostro duro de enorme belleza. La seguí con la mirada, entró al Península. Me senté cerca de su gabinete, dejó caer su rostro sobre la mesa. El encargado parecía conocerla. Nadie la molestó. Decidí esperar a que despertara, pensé en las clases, latín, griego, historia de Grecia y técnicas de la investigación, en ninguna aprendí nada, aprendí más de ese momento que en aquellos salones atestados de farsantes.

No sé cuánto tiempo pasó, levantó la cabeza, el torso, sacó de su bolsa una licorera, alzó como látigo la mano, el hombre de la barra puso un vaso de agua en la mesa, hilo transparente, probablemente vodka o ginebra o ron blanco. Bebió despacio, sonriendo. El Península deliró junto a ella, ¿no es hermosa una mujer que por las mañanas bebe un trago y sonríe?, se quedó mirando la puerta durante mucho tiempo. Sus rasgos elegantes combinaban con aquella ropa de buena calidad, nada de poliéster barato, llevaba un abrigo corto, ligero, un vestido negro de corte Audrey, mi madre me enseñó sobre vestidos, siempre decía que una mujer con un vestido mal cortado era una mujer triste. Elegí a todas las mujeres que amé por sus vestidos, por los zapatos, hoy podría ser considerado un macho cosificador, misógino de mierda. Lamento decepcionar a las mujeres de pantalones mal cortados, playeras de algodón, blusas mal hechas, zapatos chinos, bolsas de plástico y maquillaje exagerado, no podría enamorarme de una mujer de vestido mal cortado, de una birria, palabra que usaba la abuela.

Recuerdo aquella boca, los ojos de pantera furiosa. En algún momento le sirvieron café con leche, tras acabar con el vaso, se acercó a la barra, dejó unas monedas. Salí tras ella, se metió al portón de rejas negras al lado del café, era un edificio obscuro, de esos con puerta abierta, el pasillo me pareció más grande que la calzadita del barrio chino, me deslumbró entre la obscuridad una tierna luz que apuntaba hacia las escaleras, aquel palacio de piso agrietado, perfecto, como sus tobillos. Se detuvo. Después apresuró el paso, subió las escaleras. No pensaba con claridad, sólo la seguía, olvidé el número del departamento en el que desapareció. Muchas veces estuve en la puerta esperando a distintas horas. No volví a verla. El Península, fragmento desgajado por los navegantes ebrios que aquí se quedan varados. Soy igual a ella, lavé innumerables veces mi boca de vino con café y leche, aquí soñé cuando era niño, joven, amante de dos mujeres casadas, padre de una hija, desempleado, mesero, lava vasos, obrero, vendedor de papelería, auxiliar de almacén, barman, cadenero, licenciado. Sonrío con ese recuerdo. No me arrepiento, al no preguntar su nombre la vida me permitió acercarme a la muerte. Morir es imaginar lo que no existió. Desde algún taxi, pido al conductor que baje la velocidad al pasar frente al Península. Caminando, me asomó. No quiero saber su nombre, no quiero saber en qué año murió el hombre que siguió el único sentimiento real: ella. Me apago, como cualquiera, desde el gabinete número puedes observar la licencia #2192 de Eje Central 83-C, el retrato de Bruce Lee con chacos sigue en la barra, piso blanco, desgastado, los bancos color café, algunos rotos, los gabinetes reducidos que antes me parecían amplios. Descubro que el mar no existe afuera del Península, las olas salvajes ahora son charcos con grasa y lluvia ácida.

* Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.