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Viernes , 22.06.2018 / 02:26 Hoy

El otro

Lo que contemplas


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Adriana Díaz Enciso

La mañana del 9 de noviembre fue, como sabemos, aciaga para el mundo. Despertar para enterarnos de que el mando del país más poderoso del planeta quedaba en un payaso que se abrió paso a fuerza de bravuconadas, vulgaridad y una campaña de racismo, misoginia, exaltación del enriquecimiento desmedido y la posesión de armas, insultos, amenazas y una ignorancia y estupidez inusitados incluso en la historia de la Casa Blanca, impregnó el día de una sensación de derrota para la humanidad; de tristeza y, cómo no admitirlo, miedo.

Ignoro si entre el alud de análisis políticos se ha cuestionado qué más podía esperarse de una cultura de campañas electorales bufas, más cercanas al reality show y la más degradante cultura del espectáculo que al debate genuino sobre el futuro de una sociedad. Sea como sea, millones de personas en el mundo amanecimos de luto esa mañana porque el poder había quedado en manos de un hombre que no parece conocer otro lenguaje que el del odio, la violencia y la descalificación de la humanidad de otros, del otro.

En momentos de tal abatimiento ante el rumbo que toma la historia, quizá sea prudente no nada más lamentarnos por los límites de la democracia, sino preguntarnos también cómo puede nuestra realidad de individuos contribuir de manera así sea infinitesimal a una necesaria resistencia. Pero esa mañana no quería pensar en ello. Las noticias me habían dejado deprimida y con un humor de perros. Me fui a trabajar en mis cosas a un café en el Strand, espléndida zona dickensiana de Londres cargada de historia y de referencias literarias, la belleza roja y dorada del otoño como un antídoto contra el efecto del rostro gesticulante de Trump.

Y entonces entraron al café: una pareja de estadunidenses, de unos setenta y tantos años, que se sentaron a mi lado. Ella llevaba demasiado maquillaje en un rostro que acusaba varias cirugías, y también demasiado perfume. Venían sonrientes, triunfantes, cada uno con su teléfono móvil en el que durante alrededor de una hora no dejaron de buscar notas sobre las elecciones, las cuales comentaban en voz muy alta, con el evidente deseo de ser oídos. Quedó claro de inmediato que no cabían en sí de gozo por los resultados. Como nadie entablara con ellos la deseada conversación, la señora se levantó a preguntarle al muchacho en la barra qué opinaba. Había en la pareja una actitud de conquista, de “el mundo nos pertenece; sí, hasta este cafetín frente a las Royal Courts of Justice”. Me empezó a hervir la sangre. Traté de enviarles silenciosamente metta (los budistas entenderán); disolver la hostilidad que me iba creciendo por dentro en un oleaje alarmante, pero no encontré dentro de mí ni un ápice de buena voluntad.

El incidente me ha dejado inquieta, casi tanto como el resultado en sí de las elecciones. ¿No es este finalmente el capital que explota Trump? La descalificación del otro. La raíz visceral del odio. No lo que este pobre mundo nuestro necesita, eso está claro.

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