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Lunes , 18.06.2018 / 16:12 Hoy

El misterioso agente

Escolios.

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Armando González Torres

Durante el auge romántico, la figura del escritor era la única que brillaba como protagonista de la literatura; posteriormente, y con justicia, el editor comenzó a ser visto como una suerte de coautor del canon, al imaginar e impulsar un catálogo. Sin embargo, desde hace algunas décadas otro personaje se mueve entre estos polos de la creación y la materialización literaria: el agente. El agente literario es un profesional que sirve como intermediario entre editores y autores y como un promotor del escritor en el sentido más amplio. El agente literario es una especie de embajador entre la sensibilidad literaria y la lógica mercadotécnica. Sus funciones son indudablemente útiles: resguarda los derechos del autor, lo libera de trámites onerosos y negociaciones tensas e, incluso, de acuerdo a testimonios de algunos escritores, en ocasiones lo orienta en temas de la vida práctica. No es extraño, por eso, que a veces la relación del autor con el agente literario se vuelva estrecha y entrañable. Dentro de la profesión, y pese a la discreción que caracteriza la actividad, se han desarrollado célebres personajes, en ocasiones más conocidos que sus autores, como la fallecida pionera Carmen Balcells, recién homenajeada en Barcelona. Cierto, a partir de su carisma y efectividad un agente literario, como la propia Balcells en sus inicios, puede detectar y proyectar talentos literarios, romper barreras nacionales de prejuicios y censura; crear fenómenos editoriales, como el boom, basados en excelente literatura, y ampliar las fronteras de la república mundial de las letras.

La existencia y profusión del agente literario es parte natural de la división del trabajo en la industria y mercado editorial. Con todo, una agencia literaria no siempre es un simple representante del escritor o un intermediario aliado, sino una empresa con intereses y dinámicas propias, y con el enorme poder de proyectar famas. Así, dependiendo de su tamaño y vocación, una agencia literaria puede cultivar ese vínculo personal con el autor o convertirse en un consorcio gigantesco e impersonal de relaciones públicas, orientado a colonizar y comercializar espacios literarios al mejor postor. Porque, sin duda, en ocasiones la inexplicable proyección pública de muchas figuras se debe, más que a sus méritos literarios, a la habilidad e influencia de su agencia. Así, si bien muchos agentes son un valioso gestor y un necesario filtro ético y estético entre el universo desbordado de aspirantes y el medio editorial, otros fungen como una instancia de representación de grupos de interés que propicia que el mundo del libro se colme ya no de autores, sino de una mescolanza de celebridades (políticos, actores, cantantes, deportistas) que hacen del espacio literario una nueva e indiferenciada farándula. Conviene, pues, tener en cuenta los potenciales y riesgos de este enigmático e influyente eslabón en el mercado y el panteón contemporáneo de la literatura.

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