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Martes , 25.09.2018 / 00:27 Hoy

El legado de Henry James

Ensayo

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Aunque Henry James (1843–1916) nació en el estado de Nueva York, era de origen escocés e irlandés. Estudió en la Universidad de Harvard y a los 32 años se fue a París y al año siguiente decidió establecerse en Londres donde permaneció, con algunas visitas ocasionales a Estados Unidos, por el resto de sus días. Acaso por ello gran parte de sus obras versan sobre las diferencias entre la cultura europea y la cultura norteamericana. En novelas como Daisy Miller, una gringa va a Roma sin conocer las costumbres ni los riesgos climáticos ni los avatares amorosos cuando, súbitamente, se ve contagiada por una fiebre que la conduce a la muerte; en Retrato de una dama (Portrait of a Lady), novela exquisita que presenta una serie de personajes norteamericanos en el ambiente europeo, la protagonista, Isabel Archer, “la dama”, recibe varias propuestas de matrimonio hasta que, por influencia de otra norteamericana, se decide por un snob a quien solo le interesaba su fortuna y le arruina la vida.

En su etapa posterior, escribe sus obras maestras, Las alas de la paloma (The Wings of the Dove), Los embajadores (The Ambassadors) y El recipiente de oro (The Golden Bowl), situadas en diversas ciudades europeas como Londres, París o Venecia, en ambientes elegantes en donde los personajes se enfrentan a la hipocresía, al engaño y a la traición para reflejar los esplendores y miserias del mundo mediante la exploración del comportamiento de los norteamericanos que residen en Europa. Ambición, enfermedades, herencias, fingimientos, traición, mentiras y conveniencias forman parte del universo jamesiano: los personajes se engañan a sí mismos y a los demás sobre la autenticidad de sus emociones y muestran un continuo contraste entre el ingenuo comportamiento de los ciudadanos norteamericanos en relación con la experiencia y malicia de los europeos. Se trata de dramas psicológicos en los que las mujeres desempeñan un importante papel. Explora también el temperamento y las costumbres norteamericanas en su propio país en obras como Bostonianos (The Bostonians) en la que una chica, hija de un ministro evangelista, se debate entre casarse con un joven del sur o acogerse a la protección de una rica dama de ambiguas intenciones.

Su parte norteamericana estaba bien fincada: era amigo de William Dean Howells, quien lo llevó a publicar en Atlantic Monthly y era lector y admirador de Hawthorne, Thoreau, Emerson y Whitman. También su parte inglesa, pues leyó y escribió sobre Dickens, George Eliot y Swinburne. Ese ir y venir de una a otra cultura moldearía su temperamento y su sensibilidad pues finalmente no se sentiría ni norteamericano ni europeo aunque después de la Primera Guerra Mundial (1915) renunciará a la ciudadanía norteamericana para naturalizarse como británico: Civis Britannicus sum declaró, aunque confesó que, en el fondo, no sentía mayor diferencia entre una nacionalidad y otra.

Pero no pretendo de manera alguna elaborar ni un recuento biográfico, enciclopédico o cronológico y, mucho menos, un resumen de la fecunda, azarosa, múltiple, solitaria y melancólica vida y obra de Henry James, autor que de algún modo logró revolucionar la percepción del mundo desde el punto de vista narrativo, antes de que ocurriera la gran revolución del vanguardismo del siglo XX y a la cual contribuyó en no poco. En ese sentido, Henry James resulta un gran precursor tanto de Proust como de Joyce y Hemingway, por haberse adentrado en los vericuetos y contradicciones de la psique humana para reflejarla más rigurosamente a través de su aguda percepción y del oficio de su escritura.

Me parece que el principal legado de Henry James fue permitir que personajes y situaciones actuaran autónomamente, al margen del autor o del narrador, sin que mediara necesidad de ofrecer ningún tipo de explicación o justificación de carácter editorial, causal o psicológico. Su gran aportación a la literatura universal consistió en ser capaz de involucrar al lector, forzándolo a llegar a sus propias conclusiones sobre lo narrado, ya fuera cuento o novela, sin intromisión o explicación editorial que justificara lo que sucedía bajo la superficie de la anécdota, tal y como ocurre en el diario acontecer de nuestras vidas, donde no hay quién nos señale las motivaciones que nos mueven a actuar. Su propuesta significó toda una reacción frente lo que antes se clasificaba como “novela psicológica” del tipo Dostoievsky o Dickens. A esta estrategia narrativa se le ha llamado el narrador poco confiable o narrador ambiguo y que en inglés se define como understatement, implicando que nada de lo que aparentemente ocurre en la superficie deba tomarse a pie juntillas y por consiguiente el lector tendrá que leer entre líneas para llegar a sus propias conclusiones. Los cuentos de Hemingway o la técnica utilizada por William Faulkner en El sonido y la furia, donde cuatro personajes (tres de ellos en primera persona) cuentan una misma historia desde perspectivas diferentes, son buenos ejemplos del legado jamesiano.

No sé hasta qué punto este anhelo de introducirse en la mente de sus personajes o de focalizar las escenas con una “subjetiva–objetividad” lo aprendió James de las teorías psicológicas de su hermano William o bien a través de la poesía inglesa. William, mayor que Henry, psicólogo y filósofo, refleja en su obra Los principios de la psicología la tendencia a valorar la intuición sobre la lógica. En otro de sus libros (Varieties of Religious Experience) afirma que “el mundo visible forma parte de un universo más espiritual del cual podemos extraer un mayor sentido”.

Lo cierto es que James aprendió de la poesía, y particularmente de la obra de Robert Browning, la técnica para adentrarse en los meandros de la mente de sus caracteres. Muchos de los poemas de Browning son de carácter narrativo y psicológico y algunos, como The Book and the Ring, son tan extensos como una novela. Pero tal vez el poema de Browning que mejor ilustra la técnica del llamado “monólogo dramático”, donde un personaje toma la palabra dejando entrever la fuerza oculta de sus acciones, se titula “My Last Duchess” (“Mi finada duquesa”), en el cual el “yo poético” o narrador es un viudo que habla sobre un retrato que un tal Fra Pandolf pintara de su mujer de manera que mientras el duque habla y explica el cuadro, nos permite a los lectores deducir que mandó asesinar a su esposa.

A esto se refiere el famoso crítico norteamericano Edmund Wilson cuando habla de “la ambigüedad de Henry James”. El ensayo de Wilson me parece un excelente ejemplo para ilustrar la importancia de la técnica de James. Para ello se sirve de la novela breve traducida por José Bianco con el acertado título de Otra vuelta de tuerca, que acaso sea la más célebre de todas las obras de nuestro autor. El relato se basa en el manuscrito de una institutriz que narra la historia de dos niños, Flora y Miles, de quien ella se hace cargo dentro de una vieja mansión inglesa que, en apariencia, parece estar embrujada. El ensayo de Wilson plantea el siguiente dilema en torno a la novela: ¿se trata de una novela de fantasmas o es que la institutriz padece alucinaciones debido a una neurosis causada por la represión sexual? Acto seguido Wilson se pregunta: ¿qué conclusiones saca el lector de la protagonista? La ambigüedad de las obras de James permite ambas lecturas. La novela puede leerse como un simple cuento de fantasmas muy bien estructurado o como un malévolo caso patológico en el que la institutriz alucina una alianza entre los dos niños con Peter Quint, el mayordomo de la casa ya fallecido, y Miss Jessel, la antigua institutriz. Tal parece que en la obra de James las heroínas tienden a ser emocionalmente perversas o débiles por su necesidad de afecto y por su actitud más bien pasiva, y tal vez por eso mismo sus destinos terminan siempre de manera dramática. Las obras de James se caracterizan no solo por su ambigüedad sino también por su ironía y por estar cargadas de una enrarecida atmósfera psicologista.

Además de Otra vuelta de tuerca James escribió otras historias y cuentos sobre fantasmas como “The Jolly Corner” (“La esquina feliz”), “The Third Person” (“La tercera persona”) o “The Real Right Thing” (“El hecho real”). Tal vez sea esta veta de aguda ambigüedad la que más haya influido en los autores posteriores a él, sobre todo para abrir las posibilidades entre fantasía y realidad, entre lo extraño y lo patológico. En la literatura latinoamericana, por ejemplo, un autor como José Bianco es uno de sus más claros herederos sobre todo en sus dos extraordinarios cuentos, “Sombras suele vestir” y “Las ratas”, e incluso su novela La pérdida del reino tiene algo de la influencia de Henry James. Más próximo a nosotros, Aura, de Carlos Fuentes, tiene varias fuentes de inspiración entre las que destaca Los papeles de Aspern, además del uso de la técnica de James para lograr el efecto de lo fantástico. El mismo Wilson decía que con la invención de la luz eléctrica los fantasmas habían desparecido. Pero todos sabemos que dentro de la mente humana lo fantástico, lo perverso, lo ambiguo, lo extraño y hasta lo fantasmal siguen aún vigentes.

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