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Viernes , 22.06.2018 / 13:51 Hoy

El juego de la literatura

Narrador, ensayista, traductor, crítico y guionista de cine, De la Colina es una de las figuras literarias más destacadas de nuestro tiempo. Nacido el 29 de marzo de 1934 en Santander, España, llegó a nuestro país en 1941.

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Sandra Licona

José de la Colina se pelea con el televisor, sabe poco de controles y programas por cable, no puede activar la barra de opciones, así que decide apagar el aparato y dice, resignado, que esperará a que llegue su mujer para que le ayude.

En lo que sí es experto es en el arte de la literatura, el humor y la caballerosidad. Todo el tiempo cita pasajes de la obra de Cervantes y trae a la conversación, como si estuvieran sentados ahí con él, a la mesa, a Don Quijote y Sancho Panza. Dostoievski y sus personajes también le brincan a la menor provocación. Ofrece vino tinto y luego se arrepiente pícaramente, pero solo para cambiarlo por un Calvados, un delicioso aguardiente francés. Pepe, como lo llaman cariñosa­mente sus amigos, invita a oler el licor, para saborearlo lentamente. Entonados ya, después de la segunda copa, empieza la conversación.

De la Colina, a quien primero llamaron Novel, luego Segundo y al final lo registraron como José, nació en Santander, España, en 1934, y antes de llegar a México en 1941, supo del exilio en Francia y Bélgi­ca, donde lo adoptaron a él y a su hermano Raúl “buenas personas”, mientras su madre trabajaba y creían que su padre estaba muerto, luego de luchar en el bando republicano contra las fuerzas de Franco.

Bromea con la idea de que cuando era niño soñaba con ser Fred Astaire —“y no sé bailar ni dos pasos”—, Errol Flynn o Gary Cooper y tener entre sus brazos a Rita Hayworth. Más en serio dice: “En una época soñé con ser guerrillero en España para acabar con Franco, esos eran los juegos que hacíamos en el Colegio Madrid y ahora no sé qué es lo que quiero ser. Nunca tuve el sueño de ser un gran escritor, solo un buen escritor, creo que he empezado a serlo, he sido hasta ahora un buen prosista”.

Su vocación literaria ha sido única, la principal, aunque también le hubiera gustado ser músico, pero no sabe tocar el piano: “Quise escribir incluso antes de darme cuenta de que era una vocación, para mí era un juego y lo ha seguido siendo, aparte del amor, la amistad y la buena gastronomía, escribir es algo que me gusta hacer, es decir, aun cuando he hecho trabajos por encargo, sin que rompan con mi moral, con mi idea moral del mundo, pero uno tiene que tomar trabajos de encargo para ganarse la vida y uno de esos trabajos ha sido el periodismo, que he hecho desde los 14 o 15 años, y he puesto en él todo mi empeño, lo considero como litera­tura, sobre todo el periodismo impreso, nunca he entendido muy bien a esa gente que se presenta como escritor y periodista, para mí un periodista que escribe para un medio impreso es un escritor”.

El más reciente libro de José de la Colina, De libertades fantasmas o de la literatura como juego (Fondo de Cultura Económica, 2013) es fiel al tono misceláneo de otras de sus obras: Libertades imaginarias (Aldus, 2001) y ZigZag (Aldus, 2005), en las que la literatura figura como protagonista y transitan por sus páginas los más diversos personajes y reflexiones cargadas de erudición y humor a la vez.

“Mi tema real para hacer literatura es la literatura, así como en el Quijote de Cervantes, el más grande escritor del mundo, hasta donde yo he leído la literatura del mundo, o en La cartuja de Parma, el libro de Stendhal, el tema fundamental, que no tiene por qué ser dicho, pero está, es la amistad”.

Ha dicho que escribe simplemente porque le gusta, ¿ha sido para usted la literatura un ejercicio lúdico, más que una postura seria ante la vida, personal y social?

El juego es una cosa muy seria. Creo que tiene que haber un placer en escribir, si no hay que dedicarse a otra cosa, más seria o profunda, por ejemplo, atracador o taxista pirata. Me parece que todas las artes son parte de la capacidad de juego del hombre. Hay gente que me dirá que cómo podría decirse eso de un novelista como Dostoievski, que trata temas profundos y dolorosos, bueno, si Dostoievski no hubiera querido jugar con esos temas, hubiera escrito un tratado o un ensayo moral, pero escribió novelas y al escribir narrativa puso en juego a los personajes. En Los hermanos Karamázov, por ejemplo, hay personajes que tienen diferentes posiciones ante la vida, distintas actitudes vitales, están Aliosha, que es el más místico de los hermanos, Iván que es el hombre de las ideas y que se acerca mucho al anarquismo y Dimitri que es un hombre sano, joven, queriendo gozar de la vida, y está el padre que es un hombre terrible. Las novelas de Dostoievski casi siempre son terribles, pero ponen en juego a un personaje respecto a otro, como en un partido de futbol o de ajedrez, en ese sentido creo en el juego. Eso pasa con todas las artes, el músico pone en juego los sonidos, el pintor pone en juego los colores.

¿Se considera más un explorador literario, que un autor de grandes y sesudos temas?

No, no. Me considero un hombre que encuentra placer a la hora de leer y escribir.

¿Un rescatista de joyas literarias, de personajes emblemáticos?

No tanto como un rescatista, pero sí he insistido bastante y me doy cuenta cuando reúno libros como De libertades fantasmas o de la literatura como juego, en ciertos autores —o algunos de ellos— que están menospreciados o demasiado olvidados, como es el caso de Ramón Gómez de la Serna, que me parece uno de los grandes autores, puramente lúdico. Quizá me he especializado un poco, sin darme cuenta, por el puro placer de leerlo, en ciertos autores como Gérard de Nerval (seudónimo literario del poeta, ensayista y traductor francés Gérard Labrunie, el más esencialmente romántico de los poetas franceses) que es uno de los grandes de la literatura, tan grande quizá como Victor Hugo o Balzac, pero fue considerado durante mucho tiempo un autor menor. Esos au­tores me han llamado la atención por ese sentido lúdico que a la mejor ellos mismos no sabían que tenían, otro en inglés es Robert Louis Stevenson, de La isla del tesoro.

¿Qué papel han jugado en su vida la conversación y la amistad?

Cada vez desprecio más las ideologías, inmóviles o puestas en un armazón. Para mí son esenciales el amor, la amistad y la belleza, no creo en redentores del mundo, aunque en algún tiempo tuve mis afanes como tal, fui izquierdista y hasta estuve en el bote cuando la invasión a Cuba y no me arrepiento de nada, pero ya descreo de todo eso, me parece que casi siempre los redentores del mundo terminan siendo grandes tiranos. Con Emilio García Riera discutía hasta la violencia, porque nos apasionaba el cine, pero nunca hubo enemistad entre nosotros. Creo que el juego tiene una parte de violencia también, exponíamos nuestra ideas sobre el cine, aunque nosotros en realidad coincidíamos bastante en ver el cine como un asunto de autor, o sea, que no se trata solo de dirigir una película, sino que eso exprese, como lo podría hacer un poema o un cuadro, un punto de vista, aunque el argumento lo haya escrito otro. También estaba Tomás Pérez Turrent, los tres coincidíamos en eso y todos los que hicimos la revista Nuevo Cine.

¿Sigue siendo un cultivador de amistades, de conversaciones?

Todavía quiero a mis amigos, todavía creo que hay que cultivar la amistad como hay que cultivar el amor, aunque ahora me parece que es más impor­tante cultivar la amistad que el amor, aunque yo amo a mi esposa hasta la eternidad, aun cuando ya nos quede poco de eternidad a los dos. El amor es demasiado vampírico, absorbente, devorador de uno.

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