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Lunes , 17.12.2018 / 07:34 Hoy

El implacable monoteísmo

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"Para BB Queen "

Si bien a nivel abstracto es posible comprender con facilidad una de las más famosas frases de Jung: “La religión solo puede ser sustituida por

la religión”, un examen más concienzudo revelaría que no podemos creerla de manera literal pues sus implicaciones derrumbarían sin remedio el propio templo conceptual. Para decirlo de manera más concreta: si le dijéramos a algún militante de un partido político, a un aficionado al futbol, a un empresario obcecado en acumular la mayor cantidad de dinero posible, o a un artista que ha supeditado toda su vida a la consecución del reconocimiento, que su conducta sigue las pautas de un comportamiento religioso, probablemente reaccionaría airado, pues la meta a la que se consagra la vida aparece como una verdad secular, evidente por sí misma, que nada tiene que ver con el fanatismo de esos seres que creen en cosas intangibles. Incluso la racionalidad de los empeños viene dada por el éxito que los valida: si uno es el hombre más rico del país (siempre es un hombre, por supuesto), cualquier esfuerzo implicado en conseguirlo tiene que haber valido la pena. 

En El silencio de los animales, John Gray postula que fue Cristo quien introdujo el concepto del fin de la historia (unos cuantos años antes que Francis Fukuyama), al postular el Día del Juicio Final, momento en el que acabaría el periplo de la humanidad aquí en la Tierra, donde conoceríamos si pertenecemos al bando que gozará de la bienaventuranza eterna, o si fuimos condenados a arder en las llamas del infierno por los siglos de los siglos, amén. Con anterioridad el devenir colectivo se movía de manera circular, un tanto cíclica, pero el advenimiento del juicio final introdujo un carácter lineal a la existencia, mismo que Gray ve reflejado de manera casi idéntica en la idea del progreso. Así, probablemente sin sospecharlo, al morir por nuestros pecados Cristo introdujo el concepto de teleología como medida última de la vida humana.

En parte por eso nos resultan tan atractivas las narrativas personales de crimen, adicción, sadismo y locura, o las expresiones artísticas que retratan de la manera más visceral posible fenómenos como el narcotráfico, la migración, la miseria y la violencia extrema. Entre muchas cosas, no solo sirven para recordarnos que no somos como esos criminales o loquitos, sino que fungen como advertencia de lo que puede pasar si no orientamos el deseo según las normas prevalecientes, que incluso ahora se permiten tolerar cierta diversidad, siempre y cuando no se atente contra los principios fundamentales del sistema. Principalmente en la época actual, el apartarse de la norma del éxito y la ambición desenfrenada nos llevaría a correr el mayor peligro de todos: una vida menos rica en experiencias que la del amigo de Facebook, o estar condenados a escribir punchlines menos virulentos o ingeniosos que el tuitero de al lado (que, por cierto, siempre tiene al menos un seguidor más). Pero, pensándolo bien, todo esto es bastante normal pues, casi por definición, el monoteísmo demanda adoración absoluta, y quizá ninguno tanto como el que está más en boga en la contemporaneidad: el culto fervoroso de uno mismo.

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